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La pelea Bosch-Jimenes Grullón no fue por el amor de una mujer

Por: Roberto Valenzuela

 

La poeta y ensayista Chiqui Vicioso acaba de publicar un libro con documentos inéditos de los destacados escritores Juan Isidro Jimenes Grullón y Juan Bosch, donde ambos niegan rotundamente que su enemistad tuviese que ver con el amor de la poeta Julia de Burgos.

En la puesta en circulación del libro “Julia de Burgos en Santo Domingo”, Vicioso explicó que los dos se indignaron mucho, cuando ella (por separado) los entrevistó sobre si su distanciamiento se debió a una lucha por el amor de la Poeta Nacional de Puerto Rico. “En las entrevistas que me dieron, que fueron las únicas que dieron en vida sobre Julia, ambos aclaran que eso es una falacia; que Julia era una hermana de don Juan Bosch y siempre la trató como la esposa de Juan Isidro. Es decir, los dos descartan esa tesis; y se indignan de que se plantee eso”. Esto indicó Vicioso a la prensa, en el acto de puesta en circulación de su libro en el Centro Cuesta del Libro. Agrega que la esposa de don Juan era muy buena amiga de Julia y que los cuatro vivieron en la misma casa en Cuba, y también andaban siempre juntos.

“Ellos (Isidro y Bosch) se enemistaron porque tenían diferencias políticas fundamentales”, explicó Chiqui. En los círculos de intelectuales, políticos y seguidores de Bosch, siempre se ha dicho que los dos grandes amigos, intelectuales, luchadores antitrujillistas y fundadores del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), pelearon por un asunto sentimental. Se alega que Bosch “le quitó la mujer” a Grullón: es decir a Julia.

juan isidro y julia de burgos
Juan Isidro Jimenes Grullón y su esposa Julia de Burgos

El golpe de Estado:

Las peleas entre ellos fueron tan despiadadas, que después de fundar el PRD en el exilio, en 1939; y a la muerte del dictador Rafael L. Trujillo Molina, regresan al país y cada uno acude a las elecciones de 1962 con su propio partido. Bosch por el PRD y Jimenes por la Alianza Socialdemócrata.

Como la guerra fue a muerte, Grullón llegó al extremo de que, después que Bosch ganó las elecciones, fue de los principales conspiradores para el golpe de estado, el 25 de septiembre de 1963.  Jimenes y Mario Read Vittini fueron los que, según denunció Bosch, elaboraron el documento público justificando su derrocamiento.

En la entrevista, que aparece en el libro de Chiqui Vicioso, Jimenes expresa que es “un absurdo” y “monstruoso” que se dijese que se distanció de Bosch por una mujer, e indica que ya había hecho la aclaración a una reportera del periódico El Sol. Incluso expresó que podían ser testigos sobre esa falacia Ángel Miolán y Virgilio Mainardi Reyna, quienes pertenecían al mismo círculo y estuvieron con ellos en el exilio.

“Nuestra separación tiene un origen esencialmente político. Fíjate que en la Habana Juan y yo vivíamos (en la misma casa) con nuestras respectivas amantes. Juan con Lilis, su mujer belga y su hijita, y Julia y yo. Julia y Juan fueron grandes amigos y la respetaba como mi mujer; como respetaba yo a Lilis, una muchacha de gran ternura y dulzura. Julia se ganaba el aprecio de todo el que la conocía y era además muy espiritual”, narra Jimenes.

Juan Bosch
el profesor Juan Bosch, escritor y ex-presidente de la República Dominicana

Con Pablo Neruda:

Bosch confirma que entre ellos había una relación de hermandad y que por eso Jimenes y Julia vivieron en su casa en La Habana, Cuba. Y que fue en su casa donde Julia de Burgos conoció al afamado poeta Pablo Neruda, durante un almuerzo, pues el chileno había ido a conocer a don Juan.

Bosch explica que tenía tanto respeto y aprecio a Julia que cuando su amigo, el escritor Nicolás Guillén (principal representante de la poesía negroide) concertó la cita con Neruda, le pidió a Julia que buscase sus poemas para que se los presentara a Neruda. Este quedó maravillado con los escritos de la poeta puertorriqueña. Neruda, quien luego ganó el premio Nobel de Literatura, el 21 de octubre de 1971, profetizó que Julia estaba llamada a ser una de las grandes de la poesía en el continente americano.

chiqui vicioso
la escritora Chiqui Viciosa, autora del libro
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cuento de Altagracia Pérez:

Los cuentos de Altagracia Pérez abordan temas que son escasamente tratados por los escritores de nuestro país. Ella nació en Santiago Rodríguez, en la Línea Noroeste, y sus cuentos se encuentran ambientados en ese específico espacio rural, aunque ella no lo comente, o en los barrios urbanos marginados formados por emigrantes de las zonas rurales, con toda su carga de miseria, de desarraigo cultural, con toda su realidad caótica e interesante. Todos sus cuentos se encuentran enmarcados en este ambiente mezquino, desolador y desventurado.

Si algo define a estos cuentos de Altagracia, si algo los comunica, sería cierta cualidad poética parecida, pero de ningún modo extraída, a la de los dos libros de Juan Rulfo. El cuento “Bajo la Lluvia”, por ejemplo, apenas cuenta una historia, puesto que es más bien la definición de un personaje, con un lenguaje que lo convierte en opaco y esquivo, casi intangible. Contado en segunda persona, se encuentra alevosamente escrito en clave poética, de manera que la historia cede a las palabras, y a veces es más importante cómo se encuentra escrito, que la historia en sí que se narra, a pesar de su final sorprendente.

Para los que han leído “La Pasión de Mallías González”, antologado en varias ocasiones, no será una sorpresa la historia desdichada de esa familia venida del campo, instalada en un barrio periférico de la ciudad de Santiago, la historia poderosa de ese retrasado mental que vive en su propio mundo, aunque ese mundo sea, por supuesto, terrible. Puesto que dos cuentos pueden ser descontextualizados de este pequeño libro, cuentos que a su vez presentan puntos en común: el ya mencionado “La Pasión de Mallías González”, y “Fin de Semana”: ambos suceden en barrios marginados, sus personajes han emigrado del campo, y ambos tienen un signo trágico que completa la historia.

Los demás transcurren en zonas rurales: están escritos de forma diferente, enfocados de forma diferente; a pesar de que sus personajes no son individuos felices, la poesía de su lenguaje es, a veces, más importante que la historia en sí. En los dos cuentos ya mencionados, se narra abiertamente, y el lector podrá encontrarse con varias imágenes muy bellas, pero la historia es tan vigorosa que olvidamos por completo su forma. En los cuatro restantes (debemos recordar que la infancia de Altagracia transcurrió en el campo, entonces estas historias le llegan, quizás, difuminadas por el recuerdo) el lenguaje y la evocación, cierta melancolía y cierto candor, cierta ternura hacia los personajes en medio de tanta dureza, de tanta tristeza, reflejan la nostalgia de la autora por un tiempo y un espacio que ya ha abandonado, es posible que definitivamente.

Quiero también llamar la atención del lector en el hecho de que la mayoría de los personajes importantes de este libro son mujeres, y que esta preponderancia femenina presagia la inclusión de Altagracia en cierta literatura escrita por mujeres que responde a los intereses de su propio género, a su problemática y a su marginación, que despierta en toda América Latina, aunque no sé si, todavía, podríamos hablar de felices resultados. Futuros trabajos creativos demostrarán el compromiso de la autora con esta temática, con este “ojo femenino” con el que se ve la vida. A pesar de que sus cuentos pueden dar la impresión “de que los estamos leyendo como a través de un cristal”, como se le objetó en algún momento a Virginia Woolf, son completamente sinceros, auténticos, salidos de una experiencia o un dolor, y, más importante aún: son diferentes. En un tiempo literario en el cual todos escriben lo mismo y todas las historias se parecen, este logro, que se manifiesta de manera natural en ella, no es poca cosa.

Siempre es agradable saludar un primer libro. Que ella me haya escogido a mí para representar este papel, me enorgullece profundamente. Al mismo tiempo, cuando varios escritores jóvenes le piden a uno que prologue sus libros –me ha ocurrido dos o tres veces ya –significa que, lamentablemente, uno empieza a madurar, empieza a envejecer. Pero está claro que éstas son sólo algunas escuetas palabras de apoyo y presentación. Espero que Altagracia, mi gran amiga, aprecie la Literatura con la seriedad y la entrega, con la pasión obsesiva que toda actividad que le da sentido a nuestra vida se merece.

MÁXIMO VEGA-2007

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Bajo la lluvia

 

¡Nonona, no te sentarás más en la calzada del frente! ¡No! Los niños no contemplarán más tu garganta abultada,   tus maldiciones  que espantan y esta lluvia que no cesa,  como jarina lenta cae sobre las aceras, sobre una tarde que va mordida, porque un estallido de luz rojiza va hiriendo su paso sobre los tejados y las canas ensopadas, que filtran chorritos de agua sobre tu cama llena de muñecas de trapo y  de cántaros

Y  pronto entra  la noche y tú sola debajo del alero, tan obstinada, en este pequeño espacio de tu morada, presenciando las nubes como rastros de heridas sangrientas  que deshacen el horizonte, porque celebras junto al chillido de tus amigas que el Sol y la lluvia hacen pareja, porque también harán del Sol su marido, pero todo es oscuro sobre este vecindario de palmas retorcidas y cubiertas de canas.

– ¡Lo que nos corresponde! ¡Hemos comprado un rancho en este pueblo, casi al final del río!

En torno a este poblado tan pequeño, puro enjambre de murmullos sobre tu cabeza, que dice: ¡Anda, entra, Nonona, no quiero que nos asustes, ya! No cruces el frente de nuestra calzada, que todos temen verte caminar bajo la lluvia, con ese vestido negro hecho jirones.  ¡Ya, no cruces el frente de nuestra calzada!

De chismes cuando se cierran las puertas y las ventanas, es que temen cuando la noche cae, y la noche y tú no tienen miedo, con ella fabricas  secretos, pero la muerte  violenta a la noche: ¡Anda, Nonona, vete que ellos te odian,  temen verte caminar bajo la lluvia, con esas flores de campanillas moradas y las de cayuco, que trajiste del monte!

¿Y el paraguas  que hicieron añicos los años?! Pero, ya los niños ríen.

– “! Es Matarile!” “! Roba La Gallina!” ¡Vete, no aparezcas por esta casa,  no cruces nuestro frente! Tampoco permanezcas sentada que no soportaremos tu lengua morada ni tu mirada sin fondo. ¿Dónde escondiste los resguardos, las pócimas que te trajiste de tu último viaje?

Tienen miedo, lo sé, esa lengua se revuelve incisiva en tu boca desdentada….

-¡Yo la ví, ella chupa la sangre de los niňos!  Justo donde escondió el paraguas, también escondió las pócimas y los resguardos al lado de una escoba que guarda santiguada, la que hizo de los charamicos,  que trajo de los montes y las praderas, en noches donde conjuraba junto al silencio.

La muerte ahora absorbe a la noche, que nadie sepa que te consume, que te atrapa, y tu sola, con cuajarones de sangre junto a la saliva que va resbalando de  tu boca. ¡Que te asfixia, que te estrangula, sin que nadie te tienda la mano! ¡Muérete, Nonona! No  molestes más a los niños, no te queremos más por estos lugares.

-¡Ah,  desde esa tarde, cuando el sol y la lluvia hicieron de mí su novia,  supe que ser bruja era el mejor de los sueños…! ¡Esta tarde también es perfecta,  me caso con la muerte bajo la lluvia!

 

ALTAGRACIA PEREZ PYTEL nació en la provincia de  Santiago Rodríguez,  perteneciente a la región de la Línea Noroeste, República Dominicana. Es egresada de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), con un Secretariado Ejecutivo Español;  y Bilingüe mediante el “Advanced English  Program” del Centro Cultural Dominico Americano y de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), con una Licenciatura en Comunicación Social, mención Periodismo. Ganadora del Primer Lugar  del XII Concurso Literario Alianza Cibaeňa en el Renglón Cuentos con su libro “A Mitad del Sendero”, año 2007. Además obtuvo la Tercera Mención del XIX Concurso de cuentos Radio Santa María, con “La Cid OLYMPUS DIGITAL CAMERACampeadora”, 2012. Cuarte mención en el mismo concurso, año 2013, con “Mi belly dance”. Cuentos y poemas de su autoría pueden ser leídos en la antología de Cuentos “Para Matar la Soledad”, Ediciones El Bolsillo, Taller de Narradores de Santiago, año  2000. La antología “La Creación Interiorista”, por Bruno Rosario Candelier, Ateneo Insular, año 2001. La antología de Jóvenes Poetas Dominicanas “Safo”, Ediciones Ángeles  de Fierro, año 2004. La antología “El Cuento Contemporáneo de Santiago”, Ediciones Ferilibro, año  2005. La antología de cuentos “Y éste era el Principio”   y  “Caleidoscopio”, Taller de Narradores de Santiago, años 2010 y 2013 respectivamente. Ha sido profesora de inglés y redactora del periódico Listín Diario, en sus revistas Ritmo Social y Oh! Magazine; asimismo,  para la revista  automotriz Makinas y las revistas literarias Mythos y CriticArte. Desde el año 2008 reside en Eslovaquia.

 

 

 

 

 

 

 

Cuentos breves de Sandra Tavárez:

Infierno

Pintas, y mientras lo haces sabes que te acercas a las puertas del infierno. Acuarelas diluidas en Chardonnay te atraen hasta ese abismo, esa pendiente en la que te dejarías caer si pudieras hacerlo.

El lienzo está frente a ti. ¿Pero, qué has hecho? Son sólo dos cuerpos cubiertos con un manto verde. ¿Por qué verde? No lo sabes. Ellos sí. Cada detalle tiene un significado especial, tú has sido el medio para que se expresen, para que salgan a luz; sin embargo temes, temes verlos tal cual son, por eso los has cubierto, y apenas puedes ver sus cabezas. En ellos, no hay rastros de excitación, ni de cansancio, simplemente están dormidos.  El cabello de ella sobre la almohada, su respiración tocando su cuello, su cuello erizado. A él no quieres mirarlo, pero su rostro se ha reflejado en la copa de vino medio vacía, que yace sobre la mesita de noche; no recuerdas en qué momento la has pintado, el cristal de la copa proyecta lo que eres incapaz de admitir.

El agotamiento se manifiesta en tu rostro. Dos meses sin dormir es mucho tiempo, aunque no exageremos, dos meses durmiendo una o dos horas al día, quizás para otros no sea nada, en tu caso, es fatal. Y ahora que has concluido tu obra, usando el único medio de comunicación que tienes con el mundo exterior, sientes que no tienes nada. Son sólo dos cuerpos bajo un manto verde, un verde cálido. Tomas tu paleta de colores, empiezas a desdibujar la sábana, descubres sus pies. Nunca has visto sus pies, bueno los de la mujer sí, pero los de él nunca los has visto, sigues lentamente desdibujando y aparecen sus piernas, tan blancas, tan suyas. ¡Oh, artistas! Semidioses con poderes extraordinarios.

Entras en una catarsis que te impide detenerte, el manto sigue desapareciendo, ahora quedan al descubierto los muslos de la mujer, ligeramente inclinados sobre los del hombre. Continúas, descubres que están desnudos. ¿Qué esperabas? Cierras los ojos por un segundo, quisieras volver a cubrirlos, pero ya es tarde, la pureza de su desnudez te ha deslumbrado. El dorso de él está totalmente inclinado hacia abajo, el de ella inclinado hacia él. Así que, sólo ves sus nalgas, las de ella, pero ya las habías visto. Se encuentran tan unidos; si no fuera por el tono beige de la piel de ella, se confundirían en un solo ser.

Te sirves una copa de vino, tomas un sorbo y la sábana continua con su largo camino hacia la nada. Las mamas de la mujer se oprimen suavemente sobre la espalda del hombre. Los brazos de él se esconden bajo la almohada, mientras los de ella se pierden en él.

Das tres pasos hacia atrás, sientes el calor de las llamas de tu infierno; miras los cuerpos con timidez y aprensión. ¿Y si despertaran y al verse descubiertos intentaran, de nuevo, protegerse bajo el manto verde? ¿Y si vieras sus ojos… los de él?

Tus manos tiemblan, la paleta resbala de tus manos, en tu intento por detener su caída has golpeado la copa, el estrépito del cristal al chocar contra el piso te exaspera. Una gota de vino ha caído sobre uno de los envases de pintura. Es una señal. Observas los cuerpos, y como un verdugo te aproximas a ellos, con cada pincelada van desapareciendo. Te has detenido ante la copa, pero sin su rostro reflejado en ella su presencia carece de sentido.

Das tres pasos hacia atrás. Tomas un trago directamente de la botella. Olvidas por un instante que estás frente a las puertas del infierno. Miras hacia el cuadro con orgullo y satisfacción. Sonríes, es tu obra maestra… Es negro, sobre negro.

El nieto de Doña Chea

Andrés se despertó súbitamente cuando sintió la claridad del día filtrándose por una rendija de su habitación. Encendió la radio con la esperanza de que dijeran que el paro era total. Esperó cinco minutos hasta escuchar que, aunque con temor, algunas personas se estaban aventurando a salir. Por eso no lo pensó más y se preparó tan rápido como pudo. Ya iba a salir cuando recordó a Doña Chea, su abuela, que esa mañana no le había preparado el desayuno, aquejada de una fuerte gripe. Conversó con ella y su abuela le aseguró que estaría bien. Sólo entonces encontró el valor para marcharse.
Al salir no le extrañó en lo absoluto el espectáculo: calles inundadas de desperdicios, troncos y ramas de árboles impidiendo el tránsito, y por último un carro viejo que hacía años alguien había abandonado, estaba atravesado justo en el centro de la vía. En ese momento deseó no haber salido, pero recordando la circular que habían pasado en la empresa el día anterior no le quedó más que continuar. Alcanzó a ver a uno de los muchachos del barrio vecino que se dirigía a su trabajo en una motocicleta y se fue con él hasta la fábrica. Al llegar, se encontró con el encargado de personal que se limitó a pasear la vista entre él y el reloj de la empresa que ya marcaba las 8:49 a.m. Andrés trató de ignorarlo, pero la impresión de su superior le causó un malestar que no se apartó en ningún momento de él. A la 1:00 ya lo habían despachado porque la huelga se había recrudecido y sólo algunos empleados se habían presentado a laborar. De haberlo imaginado se habría quedado en casa.
Pero volver no se presentaba tan fácil. Esto le tomó dos horas moviéndose por calles apartadas, saltando paredes y escondiéndose, cada vez que se armaba un corre-corre. Por fin llegó al barrio y alcanzó a ver la casa de madera de la abuela. Se sintió feliz porque el día ya se le hacía interminable. Cuando estaba a unos cincuenta metros de la casa, un grupo de revoltosos que era perseguido por la policía lo sorprendió corriendo en dirección contraria a la suya. No le quedó más remedio que unirse al grupo y darse a la fuga.
Cuando pudo detenerse, asfixiándose por la carrera, por el humo de las bombas lacrimógenas lanzadas por los policías y los neumáticos encendidos, pensó por un segundo en lo cerca que había estado de su casa. No se atrevía a regresar por temor a que lo confundieran. Así estuvo unos 30 minutos hasta que de repente vio aparecer una patrulla mixta de guardias y policías y detrás de ésta, otra y otra más. Una súbita lluvia de piedras empezó a caer desde los callejones hasta las patrullas. Los militares empezaron a disparar en toda dirección. Andrés se tiró al suelo, pero se puso de pie al ver que unos guardias se dispersaban detrás de los responsables. Era seguro que no le creerían si lo encontraban en aquel callejón. Por eso se arrastró, y cuando se consideró fuera de peligro empezó a correr. Mientras corría se encontró con otros muchachos, que también escapaban de la policía.
– Esto se va a poner feo, vale– le dijo un tipo al que Andrés nunca le había dirigido la palabra.
– Vámonos por este lado– dijo otro del grupo.
Andrés los seguía porque no tenía opción. No sabía qué hacer hasta que reconoció los patios por donde transitaban. Ahora sí llegaría a su casa. Ya se había apartado de los otros y saltaba la última pared, cuando el disparo le alcanzó la mano derecha. Cayó al suelo atontado por la novedad y la sorpresa. Cuando se miró la mano, apenas se vio tres dedos. Seguramente esto le habría preocupado si otro problema mayor no hubiese venido hacia él.
– ¡Ah! Conque otro tira piedras- Andrés abrió la boca para intentar explicar. Fue su último gesto consciente.

 

* * *

 

Tanto los sindicalistas como las autoridades se congratulaban al día siguiente. A pesar de la magnitud de la huelga, sólo hubo un muerto.

 

Incontinencia

 
Tres de la tarde. Aún estoy nerviosa por lo sucedido la última vez. Sólo faltan quince minutos para su llegada y entonces qué haré. ¿Y si no viniera? Quizás sea lo mejor. Pero no puedo contar con eso. De seguro estará aquí, puntual como siempre… ¿Y si me voy? No puedo. Debo permanecer ahí, anónima, con una aparente tranquilidad que me asfixia. Vacilo un poco, pero al final entro, me siento, respiro, espero y espero…

Llegó la hora… Escucho un saludo de rutina:

—Buenas tardes.

Me ve, pero no me mira. Cierro los ojos y de repente siento su aliento cerca de mi cuello, sus manos tocan mis hombros y suavemente se deslizan por mi espalda. Toca mi vientre… Empieza a ascender y encuentra mi pecho y ahora son sus labios quienes imitan el recorrido, centímetro a centímetro, con pausas incandescentes. Mi pulso se acelera y un calor que me sofoca empieza a subir dentro de mí y ya no sé ni dónde estoy, mientras él repite mi nombre con insistencia:

—Claudia… Claudia… ¡Claudia Ramírez!

—Presente.

 

El informe

Al recibir la noticia de que lo dejarían en libertad, la sonrisa que había exhibido segundos atrás se convirtió en una mueca. Aunque en este último año no había caído preso, conoce bien el procedimiento. Tal vez por eso se quejó ingenuamente de que si no lo iban a procesar, para qué lo habían detenido. Todos nos miramos. Yo incluso estuve a punto de reírme. Al muy malagradecido parece que se le olvidó que teníamos más de un mes buscándolo. Desapareció después de lo del asalto a la agencia de envíos. Pero dimos con él. Lamentablemente, cuando lo encontramos, estaba por casualidad el padre Victorio y lo que pudo haber sido un interesante intercambio de disparos, se convirtió en un vulgar arresto. Por eso lo trajimos a este destacamento. Ahora está frente a nosotros y luce como si el silencio repentino lo alertara sobre la gravedad de su situación. Miró al teniente tratando de encontrar protección, pero no había nada que el teniente pudiera o quisiera hacer. Sus manos empezaron a temblar y un sudor frío empezó a descender por su rostro. Se tiró al suelo y de rodillas pidió que le dieran una oportunidad, argumentó que todos nos equivocamos alguna vez y juró por su madre que eso no volvería a ocurrir, que siempre estaría localizable, que nunca se atrasaría con las cuotas e incluso se atrevió a insinuar que si era necesario hasta se buscaría un trabajo.

Es posible que él tuviera la intención de cumplir sus promesas, pero la orden venía de más arriba. Creo que de algún modo lo entendió, así que simplemente decidió abandonarse a lo irremediable.

Se puso de pie, sacó un cigarrillo y pidió que le diéramos lumbre. Lo encendió y se dirigió a la puerta.

Había un brillo en sus ojos parecido al que produce la proximidad de las lágrimas, pero a lo mejor fue el humo.

Mientras se alejaba, recordé que ayer me había levantado temprano para adelantar el informe. Así que sólo tendré que reescribirlo, cambiándole la fecha.

 

 

Sandra Tavárez:

sandra tavarez

Licenciada en Contabilidad por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA). Obtuvo Mención de honor en el Primer Concurso de Cuentos sobre Béisbol, organizado por la Secretaría de Estado de Cultura (2008). Mención de honor en el XVI Concurso de Cuentos de Radio Santa María (2009).  Mención de honor en el Segundo Concurso de Cuentos sobre Béisbol de la Secretaría de Estado de Cultura (2009).  Mención de honor en el XXII Concurso de Cuentos de Radio Santa María  (2015).  Mención de honor en el XIV Concurso de Cuentos de la Sociedad Cultural Alianza Cibaeña (2015). En el año 2012, recibió el reconocimiento como “Joven Escritora”, por los méritos adquiridos en su carrera literaria, otorgado por el Taller Virgilio Díaz Gullón del Centro Universitario Regional de Santiago (CURSA-UASD).  En el año 2017 recibió el reconocimiento como “Embajadora de la Paz”, por la Federación por la Paz Universal. Perteneció al Sistema Nacional de Creadores Literarios (SINACREA). Es coordinadora del Taller Experimental de Literatura, de la Leal Logia Juan Pablo Duarte y es miembro del Taller de Narradores de Santiago. Libros Publicados: Matemos a Laura (2010),  Límite Invisible (2012) y En tiempos de vino blanco (2016). Además, sus cuentos han sido publicados en la Antología Jueves Literarios (Sosúa), en las antologías del Taller de Narradores de Santiago: “Y Este Era el Principio” y “Caleidoscopio”,  y en la antología “Kill the Ámpaya!”, editada y traducida al idioma inglés y por Dick Cluster. 

 

Cuento de Máximo Vega:

EL AZAR:

 

Al no tener una muñeca con qué jugar, y ya la maternidad pulsando terrible en el corazón de las huérfanas, las niñas más despiertas habían escondido de la monja la muerte de una de las chicas. Guardaron el cadáver en un armario hasta que salió la monja, y jugaron con la niña muerta, le dieron baños y comiditas, le impusieron un castigo solamente para después poder besarla, consolándola.

Clarice Lispector.

 

 

         Nayib  miró la calle morosa del mediodía, el contén y la acera deteriorada. Se dio cuenta de que una miríada de hormigas caminaba hacia él, en fila india como siempre hacen las hormigas, siguiendo ciegamente a la obrera adelante. Era incómodo percatarse de que la fila lo alcanzaría con rapidez y se le subiría por el pantalón; era desagradable no poder moverse para apartarse, o manotearlas o lanzarles tierra para enterrarlas. Hubiese sido feliz practicando la simple crueldad de tomar una hoja enrollada de periódico para agitar el aire, aterrorizarlas pisando los soldados colorados con las pinzas enormes levantadas, crear un minúsculo caos asesinando a varias decenas de obreras. Recostado como un motete de la pared de la tienda de ropa para niños, tratando de llamar a su hermano que lo cuidaba desde lejos, por lo menos desde la esquina –y en estos momentos no puede ver a su hermano sentado sobre la lata vacía de salsa de tomate habitual; se encuentra orinando quizás, o enamorando sin futuro a la piperita que estaría dispuesta a acostarse con él por cien pesos- se da cuenta, como lo ha hecho innumerables veces, que está solo. Pero Nayib no se da por vencido. Trata de moverse (no puede) pero no se da por vencido. Sopla hacia el suelo (Nayib está sentado junto a la pared con el jarro de aluminio a su lado, en el que la gente echa la limosna por lástima, por fe o espanto, lo que significa que se encuentra muy cerca del concreto de la acera), pero el aire no puede alcanzar a las hormigas; escupe, pero la saliva le cae sobre las piernas desnudas e inservibles. Así que Nayib cierra los ojos, piensa, se concentra: Si Dios quiere, y sé que Dios querrá, por qué no va a querer, las hormigas se irán para otro lado, con la ayuda del Señor. Eso es no darse nunca por vencido.

         Antes, cuando él y su hermano vivían con su madre, tenían otra hermana que era bonita y rubia aunque algo escuálida, y él jugaba con ella a que estaba muerto. Las amigas de su hermana le movían el cuerpo que no respondía, y Nayib, para no contrariarla (él la amaba mucho), cerraba los ojos y casi no respiraba, aunque esto le resultaba dificultoso, de modo que las niñas vecinas podían jugar con el muertito como si fuese un muñeco flaco, un maniquí, a veces lo desnudaban y lo bañaban, lo cargaban entre todas, lo pinchaban con tijeras y agujas de coser, lo vestían de nuevo, lo acostaban en la cama de guate y le daban besos de niñas, ingenuos, no dirigidos a él sino a lo que ellas pensaban que representaba, al juguete, a la marioneta, pero besos al fin y al cabo. Llegaba su hermano y sacaba a las vecinas de la habitación, le reprochaba a su hermana que permitiera que lo mataran, lo acostaran, lo arroparan, a veces lo vistieran de mujercita. Cuando su madre se marchó a vivir para siempre a la capital, se llevó con ella solamente a la niña y los dejó abandonados a ellos dos, a su hermano de catorce años y a él de diez; quizás a su madre no le gustaban las continuas discusiones con su hermano, que era áspero, orgulloso, zamuro, tosco. De modo que hacía mucho tiempo que no veía a su hermana, que quizás extrañaba los juegos atroces con el niño muerto que repentinamente abría los ojos, pensando que nadie lo miraba, y las vecinitas se asustaban con el cadáver que había revivido como un zombi, o el muñeco de trapo que se volvía niño de pronto, como un Pinocho de trapo.

         Las hormigas se desviaron de repente, no llegaron a subírsele a las piernas. Antes había logrado esto: una cucaracha en la casa hacia su cara, un mosquito que chupa la sangre de un muslo. Vuela, mosquito, y el insecto salía volando hacia otras sangres; Muere, cucaracha, y su hermano llegaba y mataba el bicho a chancletazos. Su hermano, callado y hosco, esta vez le sonreía: Por poco te cae arriba, suerte que yo llegué, le decía, y le acariciaba el pelo, siempre el pelo porque si le tocaba el pecho no lo sentía, ni los brazos, ni las piernas, solamente sentía la piel del cuello, de la cara, el cráneo a través de los cabellos, las lágrimas cuando recordaba a su madre y a su hermana (bueno, un poco de melodrama no le hace daño a nadie, además de que esta es la pura verdad).

         Nayib creía que las cosas que deseaba siempre se hacían realidad. Así que trataba de imaginar cosas pequeñas, mínimos apocalipsis, para no quebrar el hechizo, la posible ilusión. Era feliz pensando que las cosas sucedían porque él las anhelaba (una moneda que lanza un aprendiz de filántropo, por ejemplo, parece que caerá fuera del jarro pero al final, gracias a que él lo quiere, se voltea en el aire y desciende hasta el aluminio; está nublado y va a llover, desea que no caiga el vendaval hasta que su hermano no llegue con él cargado al barrio y a la casa, y se desparrama la lluvia cuando ambos se encuentran dentro del barracón). Otras veces recuerda que por culpa de su hermano se marcharon hasta nunca su hermana y su madre, y desea con fervor que caiga la lluvia en el camino, aunque eso signifique que él también se mojará, o pide que la piperita delgada como una línea no le haga caso aunque ya tenga ahorrados los cien pesos, y así sucede, de forma invariable. ¿Es posible que Nayib posea algún don; es decir, ya que no puede mover el cuerpo, que se le hubiese concedido alguna clase de bendición?

         Nayib pensó entonces que debía practicar sus deseos en empresas más grandes, más riesgosas. Algo importante demostraría si tenía o no algún tipo de poder especial. Pensó: Voy a desear que se muera mi hermano. Sin él, mamá volverá, acompañada de mi hermana, aunque sobre su madre los vecinos dicen que no va a regresar porque vive con un hombre feo que trabaja en los muelles, llevando todos los días a su hija a la escuela pública, en Gualey, y yéndola a recoger de nuevo al mediodía. La niña rubia que ha crecido tanto (él no puede crecer, se encuentra aún a la altura del muñeco de trapo que era antes), que ya está hecha una señorita, con la mochila en la espalda y la pregunta en la boca que nunca se atreve a pronunciar: ¿Yo no tuve hermanos alguna vez, dos de ellos, uno muerto, el otro alto, o fue sólo un sueño que tuve de pequeña, o una pesadilla?

         El accidente sucedería como sigue: al cruzar la calle detrás de la piperita, que siempre lo esquiva, a su hermano lo atropellaría un automóvil. Lo haría de forma terrible y lapidaria, de manera que no pudiese sobrevivir, así tampoco padecería luego en la acera o en el hospital. Se imaginó la marca del automóvil, la hora del día con la calle vacía y soleada, los gritos destemplados y ridículos de los peatones. La cabeza destrozada debajo de una llanta, una sonrisa en la boca a pesar de todo, detrás de la sangre. La escena tan real, tan satisfactoria. Y sin embargo tan fácil, como decirle a una hormiga obrera: Apártate, aléjate, no vengas hacia mí, te puedo hacer daño.

         Pero entonces, ¿quién mataría la cucaracha, quién lo movería? ¿Quién levantaría una cuchara hasta su boca? Cerró los ojos: si no respiraba era un cadáver, si no sonreía, si no movía el cuello. Nayib sintió en el  cráneo la caricia de su hermano: No me asustes así, nunca, nunca te hagas el muerto delante de mí, tú eres lo único que me queda. Su hermano pudo ver a la adolescente adicta que lo llamaba con la mano desde la acera de enfrente. Estaba tan entusiasmado que cruzó sin mirar, a esa hora de calles vacías, sin esperar algún auto a alta velocidad. Llevaba los cien pesos en la mano derecha. No empezó a caminar hasta que no le dio un beso a Nayib. Era raro en él ese gesto. Le dio el beso en la mejilla, encima del cuello, para que pudiese sentirlo.

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Máximo Vega nació en el año 1966, en Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Ha publicado los libros: “Juguete de Madera”, “Ana y los Demás”, “La Ciudad Perdida”, “El Final del Sueño”. Ha sido premiado en varios concursos nacionales, en los renglones de cuento, ensayo y novela, y ha sido antologado nacional e internacionalmente. Su obra ha sido traducida parcialmente al inglés, al alemán, al francés, al italiano y al polaco. En el año 2000 el Taller Literario Virgilio Díaz Grullón de la extensión de Santiago de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (CURSA-UASD), lo reconoció como el Joven Intelectual del Año. En el 2002 obtuvo el Premio de Ensayo sobre los 200 años del nacimiento de Víctor Hugo, con el trabajo “Víctor Hugo en la Historia”, traducido al francés. En el año 2005 la editorial de la Feria del Libro de Santo Domingo, publicó la antología “El Cuento Contemporáneo de Santiago”, preparada por él. En el 2005 ganó el Premio Nacional de Cuento de la Universidad Central del Este (UCE), con su libro “El Final del Sueño”. En el 2008 ganó el Primer Premio del Concurso de Novela Corta de la Fundación Global y Desarrollo (FUNGLODE), con la novela “El Mar”. Ha aparecido en antologías literarias en Puerto Rico, México, Italia, España, Colombia, Estados Unidos, Polonia, Venezuela y la Rep. Dom. En 2011 publicó “El Libro de los Últimos Días”, un volumen que recoge varios de sus ensayos. Es fundador y coordinador del Taller de Narradores de Santiago. También publicó el libro “Era Lunes Ayer”, recopilación de sus cuentos editado por el Departamento de Cultura del Banco Central de la Rep. Dom. Participó como invitado en el volumen “Cien Años de Genocidio Armenio”, que recopila artículos y reflexiones sobre el Genocidio Armenio que empezó en el año 1915, traducido a múltiples idiomas y recopilado por Arthur Ghukasian. En el 2018 publicó el libro de cuentos “La Reacción Phillips”, publicado por Ediciones Mediaisla, del cual se extrae este cuento.

 

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Ahora que vuelvo, Ton:

Por René del Risco Bermúdez

 

Eras realmente pintoresco, Ton; con aquella gorra de los Tigres del Licey, que ya no era azul sino berrenda, y el pantalón de kaky que te ponías planchadito los sábados por la tarde para irte a juntarte con nosotros en la glorieta del Parque Salvador a ver las paradas de los Boys Scouts en la avenida y a corretear y bromear hasta que de repente la noche oscurecía el recinto y nuestros gritos se apagaban por las calles del barrio. Te recuerdo, porque hoy he aprendido a querer a los muchachos como tú y entonces me empeño en recordar esa tu voz cansona y timorata y aquella insistente cojera que te hacía brincar a cada paso y que sin embargo no te impedía correr de home a primera, cuando Juan se te acercaba y te decía al oído “vamos a sorprenderlos, Ton; toca por tercera y corre mucho”. Como jugabas con los muchachos del “Aurora”, compartiste con nosotros muchas veces la alegría de formar aquella rueda en el box “¡rosi, rosi, sin bom-ba – Aurora – Aurora – ra- ra- ra!” y eso que tú no podías jugar todas las entradas de un partido porque había que esperar a que nos fuéramos por encima del “Miramar” o “la Barca” para darle “un chance a Ton que vino tempranito” y “no te apures, Ton que ahorita entras de emergente “.

¿Cómo llegaste al barrio? ¿Cuándo? ¿Quién te invitó a la pandilla? ¿Qué cuento de Pedro Animal hizo Toñín esa noche, Ton? ¿Serías capaz de recordar que en el radio en casa de Candelario todas las noches “Mejoral, el calmante sin rival, presenta “Cárcel de mujeres”, y entonces alguien daba palmadas desde la puerta de una casa y ya era hora de irse a dormir, “se rompió la taza…”

Yo no sé si tú, con esa manera de mirar con un guiño que tenías cuando el sol te molestaba, podrías reconocerme ahora. Probablemente la pipa apretada entre los dientes me presta una apariencia demasiado extraña a ti, o esta gordura que empieza a redondear mi cara y las entradas cada vez más obvias en mi cabeza, han desdibujado ya lo que podría recordarse de aquel muchacho que se hacía la raya a un lado, y que algunas tardes te acompañó a ver los trainning de Kid Barquerito y de 22-22 en la cancha, en los tiempos en que “Barquero se va para La Habana a pelear con Acevedo” y Efraín, el entrenador, con el bigote de Joaquín Pardavé, “¡Arriba, arriba, así es, la izquierda, el jab ahora, eso es” y tú después, apoyándote en tu pie siempre empinado, “¡can-can-can-can!” golpeando el aire con tus puños, bajábamos por la calle Sánchez, “¡can-can-can! “jugabas la soga contra la pared, siempre saltando por tu cojera incorregible y yo te decía que “no jodas Ton” pero tú seguías y entonces, ya en pleno barrio, yo te quitaba la gorra, dejando al descubierto el óvalo grande de tu cabeza de zeppelin, aquella cabeza del “Ton, Melitón, cojo y cabezón!” con que el Flaco Pérez acompañaba el redoble de los tambores de los Boys Scouts para hacerte rabiar hasta el extremo de mentarle “¡Tumadrehijodelagranputa”, y así llegábamos corriendo, uno detrás del otro, hasta la puerta de mi casa, donde, poniéndote la gorra, decías siempre lo mismo “¡a mí no me hables!”.

Para esos tiempos el barrio no estaba tan triste Ton, no caía esa luz desteñida y polvorienta sobre las casas ni este deprimente olor a toallas viejas se le pegaba a uno en la piel como un tierno y resignado vaho de miseria, a través de las calles por donde minutos atrás yo he venido inútilmente echando de menos los ojos juntos y cejudos del “búho Pujols”, las latas de carbón a la puerta de la casa amarilla, el perro blanco y negro de los Pascual, la algarabía en las fiestas de cumpleaños de Pin Báez, en las que su padre tomaba cervezas con sus amigos sentado contra la pared de ladrillos, en un rincón sombrío del patio, y nosotros, yo con mi traje blanco almidonado; ahora recuerdo el bordoneo puntual y melancólico de la guitarra de Negro Alcántara, mientras alrededor del pozo corríamos y gritábamos y entre el ruido de la heladera el diente careado de Asia salía y se escondía alternativamente en cada grito.

Era para morirse de risa, Ton, para enlodarse los zapatos; para empinarse junto al brocal y verse en el espejo negro del pozo, cara de círculos concéntricos, cabellos de helechos, salivazo en el ojo, y después “mira como te has puesto, cualquiera te revienta, perdiste dos botones, tigre, eso eres, un tigre, a este muchacho, Arturo, hay que quemarlo a golpes”; pero entonces éramos tan iguales, tan lo mismo, tan “fraile y convento, convento sin fraile, que vaya y que venga”, Ton, que la vida era lo mismo, “un gustazo: un trancazo”, para todos.

Claro que ahora no es lo mismo. Los años han pasado. Comenzaron a pasar desde aquel día en que miré las aguas verdosas de la zanja, cuando papá cerró el candado y mamá se quedó mirando la casa por el vidrio trasero del carro y yo los saludé a ustedes, a ti, a Fremio, a Juan, a Toñín, que estaban en la esquina, y me quedé recordando esa cara que pusieron todos, un poco de tristeza y de rencor, cuando aquella mañana, (ocho y quince en la radio del carro) nos marchamos definitivamente del barrio y del pueblo.

Ustedes quedarían para siempre contra la pared grisácea de la pulpería de Ulises. La puya del trompo haciendo un hoyo en el pavimento, la gangorra lanzada al aire con violenta soltura, machacando a puyazos y cabezazos la moneda ya negra de rodar por la calle; no tendrían en lo adelante otro lugar que junto a ese muro que se iría oscureciendo con los años “a Milita se la tiró Alberto en el callejoncito del tullío” escrito con carbón allí, y los días pasando con una sorda modorra que acabaría en recuerdo, en remota y desvaída imagen de un tiempo inexplicablemente perdido para siempre.

Una mañana me dio por contarles a mis amigos de San Carlos cómo eran ustedes; les dije de Fremio, que descubrió que en el piso de los vagones, en el muelle, siempre quedaba azúcar parda cuando los barcos estaban cargando, y que se podía recoger a puñados y hasta llenar una funda y sentarnos a comerla en las escalinatas del viejo edificio de aduanas; les conté también de las zambullidas en el río y llegar hasta la goleta de tres palos, encallada en el lodo sobre uno de sus costados, y que una vez allí, con los pies en el agua, mirando el pueblo, el humo de la chimenea, las carretas que subían del puerto cargadas de mercancías, pasábamos el tiempo orinan-do, charlando, correteando de la popa al bauprés, hasta que en el reloj de la iglesia se hacía tarde y otra vez, braceando, ganamos la orilla en un escandaloso chapoteo que ahora me parece estar oyendo, aunque no lo creas, Ton.

Los muchachos quedaron fascinados con nuestro mundo de manglares, de locomotoras, de cigüas, de cuevas de cangrejos, y desde entonces me hicieron relatar historias que en el curso de los días yo fui alterando poco a poco hasta llegar a atribuir a ustedes y a mí verdaderas epopeyas que yo mismo fui creyendo y repitiendo, no sé qué día en que quizás comprendí que sería completamente inútil ese afán por mostrarnos de una imagen que, como las viejas fotos, se amarilleaba y desteñía ineludiblemente. La vida fue cambiando, Ton; entonces yo me fui inclinando un poco a los libros y me interné en un extraño mundo mezcla de la Ciencia Natural de Fesquet, versos de Bécquer, y láminas de Billiken; me gustaba el camino al colegio cada mañana bajo los árboles de la avenida Independencia, el rostro de Rita Hayworth, en la pequeña y amarilla pantalla del “Capitolio”, me hizo olvidar a Flash Gordon y a los Tres Chiflados. Ya para entonces papá ganaba buen dinero en su puesto de la Secretaría de Educación, y nos mudamos a una casa desde donde yo podía ver el mar y a Ivette, con sus shorts a rayas y sus trenzas doradas que marcaban el vivo ritmo de sus ojos y su cabeza; con ella me acostumbré a Nat King Cole, a Fernando Fernández, los viejos discos de los Modernaires, y aprendía a llevar el compás de sus golpes junto a la mesa de Ping-Pong; no le hablé nunca de ustedes, esa es la verdad, quizás porque nunca hubo la oportunidad para ello o tal vez porque los días de Ivette pasaron tan rápidos, tan llenos de “ven-mira-esta es Gretchen el Pontiac de papi dice Albertico – me voy a Canadá” que nunca tuve la necesidad ni el tiempo para recordarlos.

¿Tú sabes qué fue del Andrea Doria, Ton? Probablemente no lo sepas; yo lo recuerdo por unas fotos del “Miami Herald” y porque los muchachos latinos de la Universidad nos íbamos a un café de Coral Gables a cantar junto a jarrones de cerveza “Arrivederci Roma”, balanceándonos en las sillas como si fuésemos en un bote salvavidas; yo estudiaba el inglés y me gustaba pronunciar el “good bay…” de la canción, con ese extraño gesto de la barbilla muy peculiar en las muchachas y muchachos de aquel país. ¿Y sabes, Ton, que una vez pensé en ustedes? Fue una mañana en que íbamos a lo largo de un muelle mirando los yates y vi un grupo de muchachos despeinados y sucios que sacaban sardinas de un jarro oxidado y las clavaban a la punta de sus anzuelos, yo me quedé mirando un instante aquella pandilla y vi un vivo retrato nuestro en el muelle de Macorís, sólo que nosotros no éramos rubios, ni llevábamos zapatos tennis, ni teníamos caña de pescar, ahí se deshizo mi sueño y seguí mirando los yates en compañía de mi amigo nicaragüense, muy aficionado a los deportes marinos.

Y los años van cayendo con todo su peso sobre los recuerdos, sobre la vida vivida, y el pasado comienza a enterrarse en algún desconocido lugar, en una región del corazón y de los sueños en donde permanecerán, intactos tal vez, pero cubiertos por la mugre de los días sepultados bajo los libros leídos, la impresión de otros países, los apretones de manos, las tardes de fútbol, las borracheras, los malentendidos, el amor, las indigestiones, los trabajos. Por eso, Ton, cuando años más tarde me gradué de Médico, la fiesta no fue con ustedes sino que se celebró en varios lugares, corriendo alocadamente en aquel Triumph sin muffler que tronaba sobre el pavimento, bailando hasta el cansancio en el Country Club, descorchando botellas en la terraza, mientras mamá traía platos de bocadillos y papá me llamaba “doctor” entre las risas de los muchachos; ustedes no estuvieron allí ni yo estuve en ánimo, de reconstruir viejas y melancólicas imágenes de paredes derruidas, calles polvorientas, pitos de locomotoras y pies descalzos metidos en el agua lodosa del río, ahora los nombres eran Héctor, Fred, Américo, y hablaríamos del Mal de Parkinson, de las alergias, de los test de Jung y de Adler y también de ciertas obras de Thomas Mann y François Mauriac.

Todo esto deberá serte tan extraño, Ton; te será tan “había una vez y dos son tres, el que no tiene azúcar no toma café ” que me parece verte sentado a horcajadas sobre el muro sucio de la Avenida, perdidos los ojos vagos entre las ramas rojas de los almendros, escuchando a Juan contar las fabulosas historias de su tío marinero que había naufragado en el canal de la Mona y que en tiempos de la guerra estuvo prisionero de un submarino alemán, cerca de Curazao. Siempre asumieron tus ojos esa vaguedad triste e ingenua cuando algo te hacía ver que el mundo tenía otras dimensiones que tú, durmiendo entre sacos de carbón y naranjas podridas, no alcanzarías a conocer más que en las palabras de Juan, o en las películas de la guagüita Bayer o en las láminas deportivas de “Carteles”.

Yo no sé cuáles serían entonces tus sueños, Ton, o si no los tenías; yo no sé si las gentes como tú tienen sueños o si la cruda conciencia de sus realidades no se lo permiten, pero de todos modos yo no te dejaría soñar, te desvelaría contándote todo esto para de alguna forma volver a ser uno de ustedes, aunque sea por esta tarde solamente. Ahora te diría cómo, años después, mientras hacía estudios de Psiquiatría en España, conocí a Rosina, recién llegada de Italia con un grupo de excursionistas entre los que se hallaban sus dos hermanos, Piero y Francesco, que llevaban camisetas a rayas y el cabello caído sobre la frente. Nos encontramos accidentalmente, Ton, como suelen encontrarse las gentes en ciertas novelas de Françoise Sagan; tomábamos “Valdepeñas” en un mesón, después de una corrida de toros, y Rosina, que acostumbra a hablar haciendo grandes movimientos, levantaba los brazos y enseñaba el ombligo una pulgada más arriba de su pantalón blanco. Después sólo recuerdo que alguien volcó una botella de vino sobre mi chaqueta y que Piero cambiaba sonrisitas con el pianista en un oscuro lugar que nunca volví a encontrar. Meses más tarde, Rosina volvió a Madrid y nos alojamos en un pequeño piso al final de la Avenida Generalísimo; fuimos al fútbol, a los museos, al cine-club, a las ferias, al teatro, leímos, veraneamos, tocamos guitarra, escribimos versos, y una vez terminada mi especialidad, metimos los libros, los discos, la cámara fotográfica, la guitarra y la ropa en grandes maletas, y nos hicimos al mar.

“¿Cómo es Santo Domingo?”, me preguntaba Rosina una semana antes, cuando decidimos casarnos, y yo me limitaba a contestarle, “algo más que las palmas y tamboras que has visto en los afiches del Consulado”.

Eso pasó hace tiempo, Ton; todavía vivía papá cuando volvimos. ¿Sabes que murió papá? Debes saberlo. Lo enterra-mos aquí porque él siempre dijo que en este pueblo descansaría entre camaradas. Si vieras cómo se puso el viejo, tú que chanceabas con su rápido andar y sus ademanes vigorosos de “muñequito de cuerda”, no lo hubieras reconocido; ralo el cabello grisáceo, desencajado el rostro, ronca la voz y la respiración, se fue gastando angustiosamente hasta morir una tarde en la penumbra de su habitación entre el fuerte olor de los medicamentos. Ahí mismo iba a morir mamá un año más tarde apenas; la vieja murió en sus cabales, con los ojos duros y brillantes, con la misma enérgica expresión que tanto nos asustaba Ton.

Por mi parte, con Rosina no me fue tan bien como yo esperaba; nos hicimos de un bonito apartamiento en la avenida Bolívar y yo comencé a trabajar con relativo éxito en mi consultorio. Los meses pasaron a un ritmo normal para quienes llegan del extranjero y empiezan a montar el mecanismo de sus relaciones: invitaciones a la playa los domingos, cenas, a bailar los fines de semanas, paseos por las montañas, tertulias con artistas y colegas, invitaciones a las galerías, llamadas telefónicas de amigos, en fin ese relajamiento a que tiene uno que someterse cuando llega graduado del exterior y casado con una extranjera. Rosina asimilaba con naturalidad el ambiente y, salvo pequeñas resistencias, se mostraba feliz e interesada por todo lo que iba formando el ovillo de nuestra vida. Pero pronto las cosas comenzaron a cambiar, entré a dar cátedras a la Universidad y a la vez mi clientela crecía, con lo que mis ocupaciones y responsabilidades fueron cada vez mayores, en tanto había nacido Francesco José, y todo eso unido, dio un giro absoluto a nuestras relaciones. Rosina empezó a lamentarse de su gordura y entre el “Metrecal” y la balanza del baño dejaba a cada instante un rosario de palabras amargadas e hirientes, la vida era demasiado cara en el país, en Italia los taxis no son así, aquí no hace más que llover y cuando no el polvo se traga a la gente, el niño va a tener el pelo demasiado duro, el servicio es detestable, un matrimonio joven no debe ser un par de aburridos, Europa hace demasiada falta, uno no puede estar pegando botones a cada rato, el maldito frasco de “Sucaril” se rompió esta mañana, y así se fue amargando todo, amigo Ton, hasta que un día no fue posible oponer más sensatez ni más mesura y Rosina voló a Roma en “Alitalia” y yo no sé de mi hijo Francesco más que por dos cartas mensuales y unas cuantas fotos a colores que voy guardando aquí, en mi cartera, para sentir que crece junto a mí. Esa es la historia.

Lo demás no será extraño, Ton. Mañana es Día de Finados y yo he venido a estar algún momento junto a la tumba de mis padres; quise venir desde hoy porque desde hace mucho tiempo me golpeaba en la mente la ilusión de este regreso. Pensé en volver a atravesar las calles del barrio, entrar en los callejones, respirar el olor de los cerezos, de los limoncillos, de la yerba de los solares, ir a aquella ventana por donde se podía ver el río y sus lanchones; encontrarlos a ustedes junto al muro gris de la pulpería de Ulises, tirar de los cabellos al “Búho Pujols”, retozar con Fremio, chancear con Toñín y con Pericles, irnos a la glorieta del parque Salvador y buscar en el viento de la tarde el sonido uniforme de los redoblantes de los Boys Scouts. Pero quizás deba admitir que ya es un poco tarde, que no podré volver sobre mis pasos para buscar tal vez una parte más pura de la vida.

Por eso hace un instante he dejado el barrio, Ton, y he venido aquí, a esta mesa y me he puesto a pedir casi sin querer, botellas de cerveza que estoy tomando sin darme cuenta, porque, cuando te vi entrar con esa misma cojera que no me engaña y esa velada ingenuidad en la mirada, y esa cabeza inconfundible de “Ton Melitón cojo y cabezón” mirándome como a un extraño, sólo he tenido tiempo para comprender que tú sí que has permanecido inalterable, Ton; que tu pureza es siempre igual la misma de aquellos días, porque sólo los muchachos como tú pueden verdaderamente permanecer incorruptibles aún por debajo de ese olvido, de esa pobreza, de esa amargura que siempre te hizo mirar las rojas ramas del almendro cuando pensabas ciertas cosas. Por eso yo soy quien ha cambiado, Ton, creo que me iré esta noche y por eso también no sé si decirte ahora quién soy y contarte todo esto, o simplemente dejar que termines de lustrarme los zapatos y marcharme para siempre.

Noviembre 3, 1968, Santo Domingo, R. D.

rene del risco bermúdez

René del Risco Bermúdez nació en la ciudad de San Pedro de Macorís en el año 1937, y murió el 20 de diciembre del 1972 en un accidente automovilístico. Poeta y cuentista. Publicó los libros “El viento frío”, poemas, 1967; “Cuentos y poemas completos”, 1981; “Obra Completa, 1992-1996”. Se publicó una novela póstumamente de su autoría, pero no se le considera un novelista puesto que la novela se encontraba incompleta y en estado de corrección. Fue también publicista, creador de varios de los más importantes anuncios comerciales del país de las décadas del 60 y 70 del siglo XX, lo cual lo alejaba de la literatura, algo de lo cual se quejaba constantemente. También escribió canciones populares. Está considerado como uno de los más importantes cuentistas dominicanos, cuya carrera literaria quedó truncada debido a que murió muy joven, a la edad de 35 años.

Juan Bosch: La nochebuena de Encarnación Mendoza

Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos, razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Anduvo acertado en su cálculo; donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite, y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Para su desgracia, escogió el cañaveral. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza, que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña.

A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo; nadie había pasado por las trochas cercanas. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería, como casi todos los años en Nochebuena. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega, donde estarían desde temprano consumiendo ron, hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. En cambio, de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. Él conocía bien el lugar; las familias que vivían en las hondonadas producían leña, yuca y algún maíz. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo, estaba perdido. En leguas a la redonda no había quién se atreviera a silenciar el encuentro. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza: y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquél que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano.

Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza, porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día, cuando comenzó el destino a jugar en su contra.

Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana, y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera, que le quedaba al poniente, a casi medio día de marcha. Con esos centavos podía mandar a Mundito a la bodega para que comprara harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera pobremente, quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos, siquiera fuera comiendo frituras de bacalao.

El caserío donde ellos vivían -del lado de los cerros, en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas- tendría catorce o quince malas viviendas, la mayor parte techadas de yaguas. Al salir de la suya, con el encargo de ir a la bodega, Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. Era largo el trayecto hasta la bodega. El cielo se veía claro, radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña; era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. ¿Por qué ir solo, aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino, donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Los dueños del animal habían regalado cinco, pero quedaba uno “para amamantar a madre”, y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría, el niño era consciente de que si llevaba al cachorrillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo, porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. De súbito, sin pensarlo más, corrió hacia la casucha gritando:

-¡Doña Ofelia, emprésteme a Azabache, que lo voy a llevar allí!

Oyénranle o no, ya él había pedido autorización, y eso bastaba. Entró como un torbellino, tomó el animalejo en brazos y salió corriendo, a toda marcha, hasta que se perdió a lo lejos. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza.

Porque ocurrió que cuando, poco antes de las nueve, el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo, cansado, o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños, Azabache se metió en el cañaveral. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. Estaba clara la mañana. Con su agudo ojo de prófugo él podía ver hasta dónde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. Allí, al alcance de su mirada, estaba el niño. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido; lo mejor sería hacerse el dormido, dando la espalda al lado por dónde sentía el ruido. Para mayor seguridad, se cubrió la cara con el sombrero.

El negro cachorrillo correteó; jugando con las hojas de caña, pretendiendo saltar, torpe de movimientos, y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. Llamándolo a voces y gateando para avanzar, Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible; era un cadáver. De otra manera no sé explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. El terror le dejó frío. En el primer momento pensó huir, y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado, expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí, el niño sentía que desfallecía. Sin intervención de su voluntad levantó una mano, fijó la mirada en el difunto, temblando mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. En su miedo, pretendió adelantarse al muerto: pegó un saltó sobre el cachorrillo, al cual agarró con nerviosa violencia por el pescuezo, y a seguidas, cabeceando contra las cañas, cortándose el rostro y las manos, impulsado por el terror, ahogándose, echó a correr hacia la bodega. Al llegar allí, a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor, gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura:

-¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto!

A lo que un vozarrón áspero respondió gritando:

-¿Qué tá diciendo ese muchacho?

Y como era la voz del sargento Rey, jefe de puesto del Central, obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho. El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver, pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. Pero el sargento era expeditivo; quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza.

El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas, desde las primeras estribaciones de la Cordillera, en la provincia del Seybo, rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos, corrales y cortes de árboles o quemas de tierras. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares, y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. No debía dejarse ver de persona alguna, excepto de Nina y de sus hijos. Y los vería sólo una hora o dos, durante la Nochebuena. Tenía ya seis meses huyendo, pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que le costaron la vida al cabo Pomares.

Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir, una fuerza ciega a la cual no podía resistir. Con todo y ser tan limpio de sentimientos, Encarnación Mendoza comprendía que con el deseos de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. Pero además necesitaba ver la casucha, la luz de lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino, que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda.

Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba; nunca deseaba nada malo, y se respetaba a sí mismo. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan, cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara, a él, que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Sucediera lo que sucediera, y aunque el mismo Diablo hiciera oposición, Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. Solo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes, sin un peso para celebrar la fiesta, tal vez llorando por él, le partía el alma y le hacía maldecir de dolor.

Pero el plan se había enredado algo. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. Se había ido corriendo, a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos, y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí, meterse en otro tablón de caña. Sin embargo, valía la pena pensarlo dos veces, porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta, y le veía cruzando camino y le reconocía, era hombre perdido. No debía precipitarse; ahí, por de pronto, estaba seguro. A las nueve de la noche podría salir; caminar con cautela orillando los cerros, y estaría en su casa a las once, tal vez a las once y un cuarto. Sabía lo que iba a hacer; llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera, que era él, su marido. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas, los ojos oscuros y brillantes, la boca carnosa, la barbilla saliente. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida; no podía arriesgarse a ser cogido antes. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. Lo mejor sería descansar, dormir…

Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía:

-Taba ahí, sargento.

-¿Pero en cuál tablón; en ése o en el de allá?

-En ése -aseguró el niño.

“En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación, hacia uno vecino o hacia el de enfrente. Porque a juzgar por las voces el niño y el sargento se hallaban en la trocha, tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. La situación era realmente grave, porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. El momento, pues, no era de dudar, sino de actuar. Rápido en la decisión, Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela, cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. Había que salir de allí pronto, sin perder un minuto. Oyó la áspera voz del sargento:

-¡Métase por ahí, Nemesio, que yo voy por aquí! ¡Usté, Solito, quédese por aquí!

Se oían murmullos y comentarios. Mientras se alejaba, agachado, con paso felino, Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas.

Feas para él y feas para el muchacho, quienquiera que fuese. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido, maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos, y no vieron cadáver alguno, empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela.

-¿Tú ta seguro que fue aquí, muchacho? -preguntó el sargento.

-Sí, aquí era -afirmó Mundito, bastante asustado ya.

-Son cosa de muchacho, sargento; ahí no hay nadie -terció el número Arroyo.

El sargento clavó en el niño una mirada fija, escalofriante, que lo llenó de pavor.

-Mire, yo venía por aquí con Azabache -empezó a explicar Mundito- y lo diba corriendo asina -lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo-, y él cogió y se metió ahí.

Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando:

-¿Cómo era el muerto?

-Yo no le vide la cara -dijo el niño, temblando de miedo-; solamente le vide la ropa. Tenía un sombrero en la cara. Taba asina, de lao…

-¿De qué color era el pantalón? -inquirió el sargento.

-Azul, y la camisa como amarilla, y tenía un sombrero negro encima de la cara…

Pero el pobre Mundito apenas podía hablar; se hallaba aterrorizado, con ganas de llorar. A su infantil idea de las cosas, el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda a vida.

De todas maneras, supiéralo o no Mundito en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón, y después hacia otro más; y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero cuando el niño, despachado por el sargento, pasaba corriendo con el perrillo bajo el brazo. Su miedo lo paró en seco al ver el torso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. No podía ser otro, dado que la ropa era la que había visto por la mañana.

-¡Ta aquí, sargento; ta aquí! -gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo-. ¡Dentró ahí!

Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa, ahogándose, lleno de lástima consigo mismo por el lío en qué sé había metido. El sargento, y con él los soldados y curiosos que le acompañaban, se había vuelto al oír la voz del chiquillo.

-Cosa de muchacho -dijo calmosamente Nemesio Arroyo.

Pero el sargento, viejo en su oficio, era suspicaz:

-Vea, algo hay. ¡Rodiemo ese tablón di una ve!-gritó.

Y así empezó la cacería, sin qué los cazadores supieran qué pieza perseguían.

Era poco más de media mañana. Repartidos en grupos, cada militar iba seguido de tres o cuatro peones, buscando aquí y allá, corriendo por las trochas, todos un poco bebidos y todos excitados. Lentamente, las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. Sólo que a diferencia de sus perseguidores -que ignoraban a quién buscaban-, él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan.

Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados, el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar; y se corría de un tablón a otro, esquivando el encuentro con los soldados. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. Al cruzar una trocha fue visto de lejos, y una voz proclamó a todo pulmón:

-¡Allá va, sargento, allá va; y se parece a Encarnación Mendoza!

¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado. ¡Encarnación Mendoza!

-¡Vengan! -demandó el sargento a gritos; y a seguidas echó a correr, el revólver en la mano, hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo.

Era ya cerca de mediodía, y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente, los cazadores del hombre apenas lo notaban; corrían y corrían, pegando voces, zigzagueando, disparando sobre las cañas. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante, sólo un momento, huyendo con la velocidad de una sombra fugaz, y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil.

-¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! -ordenó a gritos el sargento.

Nerviosos, excitados, respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo, los perseguidores corrían de un lacia a otro dándose voces entre sí, recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas.

Pasó el mediodía. Llegaron no dos, sino tres números y como nueve o diez peones más; se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones, lo cual entorpecía los movimientos, pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer; y en la bodega no quedó sino el dependiente, preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”.

Encarnación Mendoza no era hombre fácil. Pero a eso de las tres, en el camino que dividía el cañaveral de los cerros, esto es, a más de dos horas del batey, un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la realeza. Se revolcaba en la tierra, manando sangre, cuando recibió catorce tiros más, pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana.

Estaba muerto Encarnación Mendoza. Conservaba las líneas del rostro, aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa, no en el batey, vivo o muerto. Comenzaba a llover, y el sargento estaba pensando algo. Si él sacaba el cadáver a la carretera, que estaba hacia el poniente, podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán; si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a la Romana, y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche, tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. En la carretera las cosas son distintas; pasan con frecuencia vehículos, él podría detener un automóvil, hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión.

-¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera -dijo dirigiéndose al que tenía más cerca.

No apareció caballo sino burro; y eso, pasadas ya las cuatro, cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. El sargento no quería perder tiempo. Varios peones, estorbándose los unos a los otros, colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron cómo pudieron. Seguido por dos soldados y tres curiosos a los que escogió para que arrearan el burro, el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia.

No resultó fácil el camino. Tres veces, antes de llegar al primer caserío, el muerto resbaló y quedó colgado bajo el vientre del asno. Éste resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro, que ya empezaba a formarse. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio, los soldados echaron mano a pedazos de yaguas, a hojas grandes arrancadas a los árboles, o se guarecían en el cañaveral de rato en rato, cuando la lluvia arreciaba más. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar la mayor parte del tiempo; en silencio, la voz de un soldado comentaba:

-Vea ese sinvergüenza.

O simplemente aludía al cabo Pomares, cuya sangre había sido al fin vengada.

Oscureció del todo, sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia; y con la oscuridad el camino se hizo más difícil, razón por la cual la marcha se tornó lenta. Serían más de las siete, y apenas llovía entonces, cuando uno de los peones dijo:

-Allá se ve una lucecita.

-Sí, del caserío -explicó el sargento; y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. El sargento quería algo más. Así, cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar, ordenó con su áspera voz:

-Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro, que no podemo seguir mojándono.

Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar; y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de la casucha justo a tiempo para que la mujer que salió a abrir recibiera sobre los pies, tirado como el de un perro, el cuerpo de Encarnación Mendoza. El muerto estaba empapado en agua, sangre y lodo, y tenía los dientes destrozados por un tiro, lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible.

La mujer miró aquella masa inerte; sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura; y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente, hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba:

-¡Hay m’shijo, se han quedao güérfano… han matao a Encarnación!

Espantados, atropellándose, los niños salieron de la habitación, lanzándose a las faldas de la madre.

-Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror:

-¡Mamá, mi mamá!… ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral!

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Juan Bosch (La Vega, 1909, Santo Domingo, 2001, República Dominicana), escritor y político dominicano. Fue el primer presidente del país luego de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, en el año 1963, pero fue derrocado por las fuerzas armadas siete meses después. Su gobierno ha sido considerado como el mejor de toda la historia republicana de la nación. Fundó los dos partidos más importantes del país luego de la caída de Trujillo: el Partido Revolucionario Dominicano (PRD, con el cual ganó las elecciones en 1963), y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Como escritor, fue cuentista, poeta, novelista y ensayista. Entre sus principales libros se encuentran: “Cuentos escritos antes del exilio”, “Cuentos escritos en el exilio” y “Cuentos escritos después del exilio”. Escribió las novelas “La Mañosa” y “El Oro y la Paz”. Tiene dos libros sobre temas bíblicos: “David, biografía de un rey”, y “Judas Iscariote, el calumniado”, además de libros sobre temas sociológicos y políticos: “Composición social dominicana”, “Pentagonismo, sustituto del capitalismo”, “De Cristóbal Colón a Fidel Castro”, entre otros. La editorial Alfaguar publicó sus Cuentos Completos, con prólogo del nicaragüense ganador del Premio Cervantes Sergio Ramírez.

Reseñas de libros:

“Voces propias” recoge conversaciones con escritores, artistas y personalidades latinoamericanas. René Rodríguez Soriano se concentra más en las obras de los voces propiasentrevistados que en sus vidas privadas, lo cual también se agradece. Cada conversación intenta ser una pieza literaria. Rodríguez Soriano entrevista sobre todo a personas que conoce, a escritores que él quiere entrevistar, por lo cual es el libro de un conocedor, no de alguien a quien se le ha impuesto escribir sobre unos temas específicos, o sobre una serie de artistas específicos: él ha decidido libremente quiénes quiere que se encuentren en su libro, y quiénes no. Entre los “elegidos” para estas conversaciones se encuentran: Sergio Ramírez, Máximo Vega, Marcio Veloz Maggiolo, Casandra Damirón, etc. Editado por el Departamento de Cultura del Banco Central de la República Dominicana.

 

 

 

Esta antología recoge los cuentos de toda la vida de René Rodríguez Soriano, uno de jugar al sollos cuentistas más importantes de la República Dominicana. El libro entrega una muestra representativa de sus cuentos, originales, impecablemente escritos, urbanos, llenos de humor y al mismo tiempo de cierta melancolía. El prólogo y la selección son de Máximo Vega, que escribe sobre el autor: “La dificultad al escoger cuáles textos llenarían las páginas de “Jugar al Sol, más de 13 cuentos de René Rodríguez Soriano”, residió precisamente en esto: no se escogieron los cuentos atendiendo sólo a su calidad formal, puesto que debimos entonces escogerlos casi todos, sino a su representatividad, a que transmiten una idea precisa al lector de una forma de narrar, la del autor, placentera antes que nada en la forma, independientemente de la historia que se cuenta, lo cual parece en desuso hoy día”. Editado por Mediaisla Editores y Ediciones Juguete de Madera.

 

 

13 cuentos cortos editados por Mediaisla Editores, que comprueban la fortaleza de la nueva narrativa dominicana. La fantasía y la realidad se unen para crear historias a veces sórdidas, a veces sorprendentes. De este libro de Máximo Vega se dice, en su portada finalcontraportada: “Braceando entre impedidos, piperos, abusadores y abusadas, Máximo Vega realiza un viaje equilibrado y ciego por las turbias aguas de la alucinación y el tedio; ausculta, disecciona, siente y resiente la desafección, la inquina y el maltrato con los que la turba va empozando esa masa oscura que sólo tiene precio y nombradía a dos o tres columnas en la crónica roja; narra y se narra, en una crónica que nos en-vuelve a todos, nos revuelve con repulsión, con rabia. La reacción Philips constituye una galería de espejos rotos, sucios, tapados a posta; espejos a los cuales la prosa equilibrada y sobria del narrador vira de revés para mostrarnos que, detrás del azogue o el barniz, late la ciudad real; no el espejismo o el recuerdo que lucimos en el selfie. En las esquinas y arrabales donde se mueven los personajes de Máximo Vega —diría Piglia— todo existe sin tensión; todo es real y uno se mueve o se retira con repulsión o pena, deslumbrado. El asco, el estupor, es singular y múltiple. Uno termina odiándose a sí mismo, impotente ante la abulia y el desdén con los cuales a diario posamos y, como los gatos, con arena lo cubrimos todo. La reacción Philips, pieza por pieza, constituye un conjunto de imágenes perfectamente sincronizadas que nos permiten ver y oír esa realidad borgeana que normalmente queremos traslapar.”