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Virgilio Díaz Grullón: Había una vez un día cualquiera

Por Máximo Vega

Hace ya unos años conocí a don Virgilio Díaz Grullón, la tarde de un sábado lento en el patio de Casa de Arte: invitado por el taller que lleva su nombre en la extensión de Santiago de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (CURSA-UASD), visitó además el Taller de Narradores de Santiago, en donde conversó con todos nosotros y algunos invitados acerca de su obra y otras obras, la Literatura y su esposa doña Aída Bonelli, sus años juveniles y su vida bancaria. Nosotros, pigmeos por nuestra juventud y nuestra obra todavía inconsistente (aún hoy inconsistente), nos sentíamos un poco incómodos ante la estatura de un gran escritor dominicano que tenía la presencia –aunque él mismo no lo supiera, ni lo demostrara, por supuesto- de un gran escritor dominicano.

Hay una frase con la que empieza el prólogo de su libro “Un Día Cualquiera”, Premio Nacional de Cuento de 1958: “La obra de arte es la obra de la angustia, porque la angustia es la causa primera, el ancestral impulso, el atávico germen de toda creación”, lo que significa que don Virgilio vivió una existencia llena de angustias. Nació en Santiago de los Caballeros. Se crió en San Pedro de Macorís, lo que marcó la temática y el carácter urbano de su obra, puesto que San Pedro era una de las ciudades más adelantadas del país en los años treinta del siglo pasado; luego se graduó de doctor en Derecho en la UASD en el año 1946, lo que significa que desde principios de la década del cuarenta vivió en Santo Domingo, la ciudad capital. Sus cuentos son psicológicos y fantásticos. Sus primeros libros son psicológicos (“Un Día Cualquiera”, “Crónicas de Altocerro”), pero el ambiente enrarecido y extraño de los cuentos de esos libros presagiaba su incursión en lo fantástico. En la tertulia con nosotros aquella tarde inolvidable y turbia, como uno de sus espejos literarios, admitió que fue influenciado por un librito de cuentos de Cortázar (“Bestiario”), empujón definitivo para que experimentara con lo fantástico en “Más Allá Del Espejo”: como buen escritor dominicano y latinoamericano, hasta ese momento pensaba que lo fantástico le estaba vedado, en un país con tantos problemas sociales.

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Tengo en mis manos sus obras completas, reunidas en un libro que se tituló “De Niños, Hombres y Fantasmas”: no es más voluminoso que una sola de las novelas largas de García Márquez. Los narradores dominicanos pecan de brevedad: veo en mi librero los cuentos completos de René del Risco, los pocos cuentos de Miguel Alfonseca, los cuentos reeditados de Hilma Contreras. René del Risco murió, Alfonseca encontró en la mística un aliciente a la pasión literaria, Contreras escribió muy poco; hasta Juan Bosch, nuestro cuentista paradigmático, renegó de la ficción. Aunque esta escasez se ha ido superando, la realidad es que, hasta hace unos años, los buenos narradores dominicanos no se han preocupado en tener una obra amplia, en escribir sistemáticamente, lo cual les crea problemas en el terreno mercadológico. Anteriormente nos consolábamos con la realidad de un Juan Rulfo, que con dos libros era un escritor consagrado; nos consolábamos con Monterroso, que con sus cuentos brevísimos se convirtió en un gran y reconocido escritor. Volveremos sobre el problema del mercado más adelante.

Ahora debemos hablar un poco de don Virgilio en esos años de iniciación literaria. La responsabilidad de escribir en medio de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, escribir posteriormente en medio de trágicos y vertiginosos acontecimientos sociales. La generación cercenada o comprada por Trujillo tuvo en él a un hijo tardío, a un creador que nunca se interesó, en un sentido literario, por lo político o por la situación meramente social.

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Tendríamos que preguntarnos más de una vez por qué la literatura dominicana no derivó, por ejemplo, hacia el realismo mágico, y por qué don Virgilio es un caso poco menos que único en toda nuestra narrativa. Por qué no nos interesa el género fantástico, y qué obró en él para que se sintiese atraído. Si esto tiene alguna importancia, lo cual dudamos, la respuesta se encontraría en la propia personalidad del autor: su parsimonia, su tranquilidad, su vida contemplativa. Tuvo ideas políticas claras, incluso su novela “Los Algarrobos También Sueñan” tiene un fuerte contenido político, pero nunca fue un comprometido, un combatiente. Ante nosotros, aquella tarde, leyó un poema muy comprometido sobre el asesinato de las hermanas Mirabal. Fue antitrujillista de corazón, pero no de hecho. La Literatura universal presenta casos parecidos a cada momento: Azorín, Juan José Arreola, Mieses Burgos, Proust, Mahfuz. Solamente una personalidad de ese tipo podría encerrarse en sí misma y apostarlo todo a la imaginación, no a las miasmas del exterior. Mientras el resto de los escritores dominicanos se abandonaba al más puro naturalismo, él escribió “Más Allá Del Espejo”; mientras se buscaba una literatura políticamente más comprometida, apoyada en Sartre y el marxismo, el libro de don Virgilio se poblaba de pesadillas. Pero, ¿acaso no vivíamos una pesadilla, acaso la realidad no parecía un sueño de locos? Mientras el marxismo decapitaba a nuestros intelectuales, que luego, sin avergonzarse, regodeándose en ello, renegaron de él, don Virgilio volvía (como Bioy Casares, como Borges, pero sobre todo como Cortázar y como Arreola), al espejo como puerta dimensional, como objeto fantástico destinado a escapar hacia el sueño placentero, o hacia la pesadilla. Esta preocupación la comparte, en nuestro país, con los cuentos de Manuel del Cabral, aunque los cuentos del poeta son parábolas. Pero, ¿por qué? Bueno, en este punto, la pregunta ya no sería por qué él, sino por qué solamente él. ¿Por qué no realismo mágico, por qué no Literatura fantástica? Por qué, por qué, por qué.

En el prólogo de su libro “Un Día Cualquiera”, don Virgilio insinúa que sus cuentos describen la cotidianidad de la República Dominicana. Como Faulkner, como García Márquez, como Pedro Peix, Onetti o Rulfo, se inventó un pueblo imaginario, al que llamó “Altocerro”, y allí transcurren todos los cuentos de su segundo libro, aunque también podrían ocurrir los de sus demás obras. Ese Altocerro es, evidentemente, San Pedro de Macorís, y más ampliamente la República Dominicana. En sus cuentos psicológicos, don Virgilio nos describe muy bien: seres fatalistas y acomplejados, mezquinos y traumatizados. No nos describe de manera despectiva: todos los seres humanos son más o menos así. Nuestras miserias están allí, la verdad de vivir en un país sumamente pobre, rodeados de promiscuidad y de violencia, de traumas de tineyers en burdeles desaseados, de odios escondidos desde la infancia y que afloran en una adultez gris y rutinaria, de jamonas que en la víspera de quedarse solas reconocen que el sobrino que al final se marcha con sus padres no es realmente su hijo a pesar de sus ilusiones, de cornudos que solamente pueden demostrar su hombría hecha pedazos asesinando al amante de su mujer, de dobles personalidades, de supermanes que no pueden volar y se destrozan sobre la acera luego de lanzarse al vacío, de travestis que sueñan que se convierten en mujeres desvirgadas y sexis… Como todo pueblo pobre y subdesarrollado, soñamos con ser lo que no somos. Porque un travesti puede aparecer en un cuento de don Virgilio, un drogadicto, un burócrata, un empresario, un torturador arrepentido o un aprendiz de cosmonauta que sueña con naves espaciales. Pero todo eso tiene un sentido: sus personajes casi siempre sueñan, siempre creen que son. Cuando leemos los cuentos de don Virgilio nos reconocemos en lo que nos cuenta, sabemos que lo que escribe es la representación de algo, que quiere decirnos algo, no solamente contarnos una historia que luego podrá ser fácilmente olvidada. Nosotros somos los protagonistas de sus cuentos, nuestras vidas, las cosas que hacemos cotidianamente y que pueden tener algún tipo de trascendencia que las salve de la mediocridad con que las observamos o las ejecutamos. ¿Con cuántos narradores dominicanos podemos sentir ese tipo de representación? ¿Cuántos de ellos intentan “decirnos algo” que se encuentre más allá de la propia historia, en un ejercicio simbólico que nos permita comparar nuestra propia realidad con lo leído, independientemente de lo fantástico de la historia? ¿Cuántos de ellos tienen “una búsqueda” concreta que permita saber “qué les interesa como escritores”, en palabras de Borges?

 

Este texto aparece en el libro de Máximo Vega:

LIBRO MAXIMO VEGA

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Aquella tarde en Casa de Arte, rodeándolo como fans mientras él explicaba su visión de la Literatura, acompañado por doña Aída que lo veía a lo lejos mientras era a su vez entrevistada por una periodista local (siempre acompañado por ella a pesar del espacio físico que los separaba), notamos de inmediato por qué nosotros, jóvenes que empezábamos, jóvenes que queríamos aprender, teníamos y tendríamos que leer y seguir leyendo a don Virgilio: porque él parecía uno de los personajes de sus cuentos, casi etéreo y muy correcto, alto y cortés, delgado y misterioso. Uno de nosotros lo encontró después en la Primera Feria del Libro de Santiago: le confesó que estaba muy enfermo, se excusó por no reconocerlo, puesto que ya no podía reconocer a casi nadie. Vivía, prácticamente, entre fantasmas. Pocos años después murió. Hoy sabemos que Don Virgilio “quería decirnos algo” sobre el ser humano a lo que todavía no hemos sido capaces de acceder completamente, pero estoy seguro que el tiempo y las lecturas continuas ayudarán. Tal vez mis hijos o los hijos de mis hijos sean más inteligentes; hoy día tengo una idea vaga sobre lo que quiere, pero, obviamente, esa llave personal a sus cuentos me sirve solamente a mí.

 

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