Cultura Dominicana

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El recuerdo de Isabelita me ha llegado a través de su imagen sonriente en una fotografía a blanco y negro encima de la repisa. Me perturba la presencia de esa imagen antigua. Isabelita siempre estaba sonriendo, aunque es posible que me engañe la memoria: en realidad la conocí muy poco. Tenía quince años de edad cuando desapareció, aunque en la fotografía debe tener once o doce. Debo admitir, después de tantos años, que no era muy bonita. Esa foto viaja conmigo a todas partes, la imagen perdurablemente joven de mi única hermana, evaporada en el aire enrarecido durante la dictadura.

(…)

Nada nos predispone para la sorpresa de la muerte, a pesar de que sabemos desde el principio que debemos morir. Cuando pienso en Isabelita aparecen en mi mente un vestido, varios olores, el sonido de una voz que se desgasta, la imagen difusa de un rostro que empieza a pudrirse. Pero eso no quiere decir que ella sea ese vestido, esos olores, ese sonido o ese rostro, sino que todo eso representa lo poco que ha quedado de ella en mí, rescatado no por la memoria sino por la imaginación. Es como esa poca gente que camina allá abajo por una calle de Nueva York, envuelta en sus abrigos y sus guantes: a cuántas personas queridas habrán visto morir, a cuántas habrán tenido que sepultar. Llegará el día en que cada una de ellas morirá.

(…)

Sentado en la mecedora de caoba de la galería podía observar como desde un palco la pequeña procesión barrial anterior a la Semana Santa. Ese domingo sería el de Ramos, cuando Jesús entró a Jerusalén algunos días antes de la traición, el beso y el apresamiento, y los habitantes lo recibieron agitando ramos de palma. Esa noche, un pequeño grupo de más o menos cincuenta personas caminaba por las calles hacia la iglesia cantando y llevando delante una lámpara de gas con una base de madera, como una antorcha a punto de quemar una pantalla de papel. La lámpara la cargaba la rubia secretaria general de la Junta de Vecinos, mientras el presidente estaba mezclado con la gente, de la mano de una anciana obesa que supuse sería su esposa. Cuando llegaran a la iglesia continuarían cantando, se oficiaría una misa, el sacerdote pronunciaría algún sermón sobre el matrimonio, la familia o la situación política, según lo que se le ocurriera. Trataría de manipular desde el púlpito a los creyentes, recomendándoles que apoyaran las acciones gubernamentales. O diría algunas líneas sobre la muerte y resurrección de Jesús, e instaría a todos los presentes a que guardaran la Semana en los templos y no se marcharan de vacaciones, como todos los años, a las playas, a los ríos o a las montañas de un país que siempre está soleado.

En Montecristi, en la Línea Noroeste, en Semana Santa los fieles apenas salen los fines de semana, porque en las calles andan los diablos rondando el día, los Cachúas, con látigos en las manos para golpear a todo aquel que camine entre ellos sin permiso. Los diablos andan sueltos, exorbitantes. Disfrazados de demonios juguetones pero igual de peligrosos, los hombres convertidos en Cachúas con sus máscaras de cartón adornadas con cabellos de papel crepé se mueven libres por todo el pueblo, asustando a los niños y castigando a los hombres, y sobre todo a las mujeres, pero a todos, porque todos somos pecadores. Los látigos son reales, los fuetes te dejan marcas en la piel el resto del año. Durante la Semana Santa, en Montecristi, es mejor convertirse en un diablo que continuar siendo un simple y débil mortal.

El sargento Delgado me confió que, cuando me hallaron desmayado detrás de unos laureles, en el jardín de un parque público (puesto que Puñal y los suyos tuvieron la astucia de sacarme a la calle para que no se supiera en cuál edificio nos encontrábamos, lo que significaba que el cuarto ensangrentado sería utilizado para otras personas), Carlos halló la foto de Isabelita muerta en uno de mis bolsillos, la sacó y la guardó para sí, pero aún no me la había devuelto. Me hubiese gustado mostrársela a mi madre, aunque no sabía cuál sería su reacción. Es conveniente, como dijo William James, que todas las acciones que realicemos sean las que más incrementen la felicidad humana. Es decir, debemos mentir si la verdad produce la infelicidad de la gente. Pero qué estoy diciendo. Me estoy negando a mí mismo. Debo ser inculto, estúpido, incluso medio analfabeto, como me decían algunos alumnos blancos en los Estados Unidos. No puedo citar a William James. Eso no es lo que se espera de mí. Qué cultura podía tener un caribeño casi negro, aunque haya pasado catorce años siendo un ciudadano de tercera categoría en los Estados Unidos.

Pero necesitaba esa fotografía, así como necesitaba la foto que le entregué a Martín Minier, porque eran las únicas imágenes que me quedaban de Isabelita. Si Carlos estaba de acuerdo, podía cambiársela por las que tenía en mi poder, metidas en mis maletas trancadas, en las que también aparecía él como un intruso, aunque no sabía si tendría otras más comprometedoras.

Hubiese o no energía eléctrica, es decir aunque la calle se encontrara o no iluminada, de todas maneras la procesión continuaba su camino cantándole a Dios y levantando, ahora lo veía, un Cristo crucificado que se retorcía de dolor, un Cristo de yeso. La sangre pintada parecía resbalar hacia el suelo, más allá de la cruz y de los antebrazos de quienes la cargaban. No era un objeto muy grande, la levantaba un señor sin ningún esfuerzo, aunque cuando se cansaba luego de un rato se la entregaba a alguien más, siempre a un hombre, no sé si esto tendría algún significado ritual. Dentro de algunos días sucedería la Santa Cena, Jesucristo les confesaría a sus discípulos que uno de ellos lo iba a traicionar, y todos preguntarían Seré yo, Maestro, como si el culpable no supiese ya que la traición se encontraba pagada. Carlos estaba ahora dentro de la casa, detrás de la pared que nos separaba, pero casi no nos hablábamos. Estaba mucho más serio, menos conversador, y como dije había vuelto a beber, aunque no todos los días. Luego de mi larga sesión diaria de galería, a veces lo encontraba sobre el whiskie -llamando a Brunilda, que la mayoría de los días no se encontraba allí a esa hora-, con los pantalones orinados o corriendo por los pasillos buscando el baño más cercano para vomitar en el inodoro. Y sin embargo, cuando se marchaba de nuevo en las mañanas para la fábrica, seguía siendo el mismo Carlos, elegante, bien vestido, sin exageraciones en el corte de pelo o en las campanas de los pantalones, a pesar de las presiones de la moda. Brunilda la que fingiría de nuevo ser Isabelita pero esa vez besándose con quien llamaba “hermano” falsamente mientras Carlos los observaba encima de la cama, borracho o no, ebrio o despierto ante una obra teatral que exigía demasiado de dos actores impúdicos. Eso era lo que sospechaba, aunque no estuviese completamente seguro. Los jóvenes se desnudarían, se tocarían las lenguas con sus lenguas, fingirían ser Isabelita y Carlos o Benjamín y Luisa o Silvina y el sargento Delgado o a quien le pasara por la cabeza a mi primo, que se masturbaría o no delante de ellos, que dormiría o no en el suelo o encima de la misma cama en la cual los sometía para que se amaran, para que reprodujeran en vivo una relación pornográfica casi infantil. Todo lo que puede lograr el dinero. Todo lo que puede comprar el dinero. El muchacho anémico, quizás un vecino de Brunilda en Salcedo, un noviecito convencido por la fortuna de Carlos, era posible que poseyera un miembro enorme que exageraría el acto, que partiría en dos a Brunilda, vestida de colegiala o de sirvienta, de niña o de campesina miserable.

Era notable que todas esas personas caminaran en medio de las calles vacías cargando la lámpara y el Cristo que sufría, y tardaran más de una hora dando vueltas hasta una iglesia ubicada tres cuadras más allá, esperando que se les unieran los demás creyentes, ancianas y ancianos con sus hijos o sus nietos, beatas, solteronas maduras, jovencitos a los que había convencido la religión, sin cansarse, dispuestos a terminar la caminata como todos los años, sin agotarse con la monotonía del canto y el camino. Ya habría tiempo de descansar en la iglesia, cuando el sacerdote con falda oficiase la misa nocturna. Mi Coronel presidía la procesión, deteniendo automóviles invisibles, empujando a los transeúntes para que dejaran pasar la fila, gritando Aleluya Aleluya como un poseso. Empezaron a cantar algo que hablaba de que Dios estaba en todas partes. Pero eso significa que en la mierda de una enferma está Dios, en un niño con la barriga enorme llena de lombrices, en las lombrices está Dios, en la muerte también está Dios. En el orín de un sifilítico se encuentran todos los elementos de los que está constituido el universo. La rubia de la Junta de Vecinos me sonrió cuando me vio en la galería, me llamó con la mano para que me uniera a ellos pero le mostré el yeso en la pierna, le presenté mis excusas puesto que en esas condiciones era imposible que los acompañara, aunque, claro está, completamente sano tampoco me les hubiese unido. Ya no estaba para ilusiones y esperanzas, para inmortalidades e infinitos. Cuando muera, espero morir para siempre, desaparecer, cesar. No ser. Eso es lo que espero, de todo corazón.

Empezaron a cantar Ven con nosotros a caminar, Santa María ven, y había algo de atractivo en su unidad, en su compenetración. Y sin embargo los odiaba a todos porque no sentían el dolor que yo sentía debido a mi hermana, los odiaba porque no podían acompañarme en mi sufrimiento. Porque Isabelita no estaba y ellos ni siquiera lo sabían, no les interesaba, como a mí tampoco me interesaría si hubiese muerto la hija de la rubia, si era que ya tenía alguna descendencia o si acaso estaba casada; o el hijo o el nieto del presidente de la Junta de Vecinos y su esposa gorda, no: pero si ellos me hubiesen odiado porque no me importaba su dolor, lo hubiese entendido. No hubiese hecho ninguna reclamación por un desprecio que alguien podría calificar de infundado. Ni siquiera Carlos, que exteriorizaba su angustia emborrachándose una noche más que la anterior, podía jactarse de sentir un odio y un dolor más grandes que los que yo creía sentir.

Puedes leer completa esta historia:

En papel de tapa blanda:

cada demonio

Cada Demonio, novela negra

 

Como e-book:

 

Cada Demonio, click aquí

 

cada demonio

“Cada demonio no es una novela histórica, sino una novela negra, narra una historia detectivesca. Con notable habilidad, su autor describe dos épocas históricas de su país, la República Dominicana, pero sobre todo el libro es la pesquisa de un personaje sin nombre para descubrir los detalles de una vida, la de su hermana, pero también otras vidas y otros misterios, en un ambiente y una era llena de sombras y oscuridades. Es una novela apasionante en su misterio, muy amena, y conformada por la realidad de un país caribeño azotado por dictaduras, presidentes autoritarios, invasiones, corrupción, pero que al mismo tiempo es desconocida por el resto de los países. Aprendiendo del pasado también podemos conocer el presente”.

Manuel Vicioso-lector

 

Máximo Vega  nació en el año 1966, en Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Ha publicado los libros: “Juguete de Madera”, “Ana y los Demás”, “La Ciudad Perdida”, “El Final del Sueño”. Ha sido premiado en varios concursos nacionales, en los renglones de cuento y de ensayo, y ha sido antologado nacional e internacionalmente. Su obra ha sido traducida parcialmente al inglés, al alemán, al francés, al italiano y al polaco. En el año 2000 el Taller Literario Virgilio Díaz Grullón de la extensión de Santiago de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (CURSA-UASD), lo reconoció como el Joven Intelectual del Año. En el 2002 obtuvo el Premio de Ensayo sobre los 200 años del nacimiento de Víctor Hugo, con el trabajo “Víctor Hugo en la Historia”, traducido al francés. En el año 2005 se colocó un cuento suyo en un libro de texto para estudiantes universitarios, en México y Puerto Rico, y ese mismo año Ediciones Ferilibro, la editorial de la Feria del Libro de Santo Domingo, publicó la antología “El Cuento Contemporáneo de Santiago”, preparada por él. En el 2005 ganó el Premio Nacional de Cuento de la Universidad Central del Este (UCE), con su libro “El Final del Sueño”. En el 2008 ganó el Primer Premio del Concurso de Novela Corta de la Fundación Global y Desarrollo (FUNGLODE). Ha aparecido en antologías literarias en Puerto Rico, México, Italia, España, Colombia, Estados Unidos, Polonia, Venezuela y la Rep. Dom. En el 2011 publicó “El Libro de los Ultimos Días”, un volumen que recoge varios de sus ensayos, y en 2015 el Banco Central de la República Dominicana publicó su libro “Era Lunes Ayer”, que recoge toda su producción cuentística hasta la fecha. También en el 2015 participó del libro “100 años de genocidio armenio”, junto a intelectuales latinoamericanos y europeos, que ha sido traducido a múltiples idiomas como el armenio, el ruso, el francés, el alemán, el inglés, etc. Es fundador y coordinador del Taller de Narradores de Santiago.

 

 

Máximo Vega es narrador desde muy temprana edad. Nació en 1966 y ya para 1984,  a los 18 años, tenía escritos varios cuentos y una primera novela. Los cuentos no sobrevivieron; la novela, sí. Hablo de Juguete de Madera, corta, que, con cuatro ediciones, se ha convertido quizás en la obra literaria más conocida del mundo literario del Cibao. Aunque también tiene adeptos en la Capital. Yo recuerdo haber oído de esta obra en los 90, cuando estudiaba toda la narrativa que se producía en el país. En los trabajos que he leído sobre Máximo Vega, no se habla de que tenga ningún otro interés que no sea la literatura. Estamos, entonces, frente a un autor convencido de su vocación, que se ha dedicado a trabajar una obra literaria que poco a poco ha tomado cuerpo, convirtiéndose en una de las más representativas del país, aunque los santiagueros y el mismo Vega insistan en decir que sólo es reconocida en el Cibao.

            Sobre Máximo Vega, la escritora también santiaguera Rosa Silverio, en la introducción a una entrevista que le hace a nuestro autor sobre Juguete de Madera, novela publicada en 1996, nos dice: “A través de su literatura nos remite a un universo en donde predomina lo oscuro, la derrota, la infamia y el abismo. Una literatura en donde se nos muestran las cicatrices del alma humana y sus más viles o secretas aficiones, en donde los sueños se vuelven una causa perdida y en donde apenas queda un resquicio para la luz. Esa literatura honda, cruda y pesimista que muchas veces se contrapone a cualquier esperanza, logra remover los cimientos del lector y lo lleva a cuestionarse sobre la realidad que le rodea y sobre su propia naturaleza”.

 Es una percepción que comparte el reconocido escritor José Alcántara Almánzar, en la presentación del último libro de Vega, publicado por el Banco Central en el 2014, titulado Era Lunes Ayer, donde nos dice: “Los textos de Vega pueden interpretarse como transgresiones a la moral establecida, un frontal ataque a la doble moral que nos ahoga. Son intentos de penetrar en la sordidez y la desesperanza de unas vidas sin alicientes ni destino. Pero más allá del efecto perturbador de una escena o una frase implacable, lo que impresiona es la crudeza para contar los aspectos más venenosos de las relaciones entre hombres y mujeres. Algunos son cuentos desgarradores y crueles sobre una violación, un infanticidio, un incesto en primer grado, en todos late algo macabro que nos estremece”.

Manuel Salvador Gautier, Premio Nacional de Literatura, “Máximo Vega por Manuel Salvador Gautier” (fragmento).

 

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