Hacia el medio milenio latinoamericano:

Por Manuel Maza, s. j.

(Publicado en el suplemento cultural “Coloquio”, en el año 1991)

 

Medio siglo ¿de qué?

Este año y los venideros la conmemoración del 12 de octubre se colorea intensamente por la expectativa de la celebración del medio milenio de vida latinoamericana. Nos parece que la ocasión no es para dejarla pasar de lado sino para celebrar y así afincarnos en la memoria histórica por la que nos reconocemos y desde la que nos proyectamos.

En la historia los hechos brutos son insignificantes y cuando se presentan acontecimientos caen irremediablemente en el conflicto de las interpretaciones. Decir que una expedición de tres carabelas, bajo el pendón de Castilla y comandada por Colón, llegó a una isla enclavada en lo que hoy llamamos Antillas Menores y que allí tomó contacto con sus habitantes, puede ser exacto pero no transmite conocimiento ni comprensión. Pero lo que pase ahí transmite la luz que arroja una ubicación particular, una identidad y un proyecto. El descubrimiento de América es obviamente la versión europea: es Europa quien inventa en unas tierras vírgenes o primitivas una civilización derivada y periférica a la que por eso da también un nombre. El descubrimiento del Nuevo Mundo es una expresión imperialista: América es la segunda oportunidad para Europa, que gracias a ella libera sus tensiones, adquiere los recursos que le faltan para desarrollarse y se expande: el Nuevo Mundo lo es para el Viejo Mundo en tres sentidos: 1) no es para sí sino para Europa, 2) eso está justificado porque América carece de antigüedad, de consistencia, de linaje, 3) los europeos más audaces elevan en América lo europeo a una dimensión gigantesca que deja todo lo anterior. El encuentro de dos mundos interpreta todo el proceso como el concurso más o menos simbólico de dos historias que han confluido en un mismo espacio y han interactuado conservando su condición de sujetos hasta procrear un nuevo sujeto histórico. Esta versión elude el dramatismo del encuentro, signado hasta hoy por la violencia, la voluntad despótica del blanco y su limitado desprecio de las razas y culturas que hasta hoy mantiene sometidas. El nacimiento de un mundo nuevo refleja la perspectiva del mestizaje entendido, bien como ideología en el sentido de la cultura vigente que interpreta lo occidental como dominante y lo demás como recesivo, bien como la novedad aún en gestación y no reconocida y combatida. La destrucción de las Indias es, desde el punto de vista indígena e indigenista (la expresión es de Bartolomé de las Casas), la definición de lo que comenzó hace quinientos años y aún no ha concluido: la usurpación del derecho de posesión, el genocidio, la servidumbre, el desprecio, la marginación y más aún el despalabramiento, la destrucción sistemática del núcleo ético-mítico de los indígenas y sus culturas.

MAPA HISTÓRICO 1606-America-Joducus-Hondius

¿Conviene celebrarlo?

Este elenco de interpretaciones no es fruto de un ejercicio retórico sino la expresión del modo como captan su ser histórico diversos grupos de seres humanos que viven en América Latina. Esa diversidad no es componible. Ese es nuestro drama. Si es así, ¿para qué conmemorar este medio milenio? ¿No servirá para la autoglorificación de los vencedores, para reforzar ideológicamente su hegemonía al imponer su versión? ¿No servirá sistemáticamente para acabar de introyectar al vencedor en la mente del vencido? ¿No servirá también para aumentar el resentimiento, la frustración y la rabia de los sometidos con conciencia? ¿No servirá incluso para alimentar sueños alternativos?

Podemos decir que servirá para todo eso, y que el objetivo de los ideólogos del poder es inculcar desde ya para los medios masivos su versión, para que cuando llegue la conmemoración las masas asistan a los actos desde la perspectiva vigente. Entonces, ¿para qué conmemorar este medio milenio?

Celebrar la hora de los pueblos desde la noche

La respuesta es sencilla, aunque no obvia: queremos celebrar nuestra vida. Nosotros, comprometidos con nuestro pueblo, queremos celebrar con él lo que somos y sobre todo lo que él es. No queremos celebrar la figura histórica vigente sino el fruto de tanta resistencia y aprendizaje, de la astucia y el sentido de oportunidad, de los mestizajes y las colaboraciones; queremos celebrar la voluntad de vivir y de echar para adelante, a pesar de todo; queremos festejar el deseo de celebrar que gracias a Dios no hemos perdido. Y esto lo celebramos en una hora bien negra, mientras atravesamos la noche oscura de la injusticia, cuando los dominadores arrecian la guerra económica contra el pueblo de la manera más cínica y despiadada, cuando la ofensiva política e ideológica invade todos los ámbitos buscando robarle al pueblo el alma y la conciencia, cuando la represión policial y aún militar se ceba contra el pueblo tanto o más que cuando estaba constituyéndose el orden colonial. En esta situación dramática celebramos porque “la alegría que nos da el Señor es nuestra fortaleza” (Ne 8,10). Por eso la critican tanto los opresores y está cerrada también para quienes pretenden liberar al pueblo desconociéndolo, desde una perspectiva ajena.

No celebramos el orden establecido sino que tras quinientos años está llegando por fin la hora de los pueblos. La misma guerra de los de arriba contra los de abajo, llevada a cabo con tanta ceguera y saña, evidencia que ellos perciben que los que parecían resignados empiezan a moverse inconteniblemente; por eso reaccionan con miedo. No saben que no buscan revancha sino vida, respeto y un orden más dinámico donde quepamos todos.

Así pues, nosotros invitamos a celebrar el doloroso alumbramiento de un pueblo tras una gestación prolongadísima y dramática. A celebrar que no han podido hacer abortar la esperanza y los sueños de los pobres, a celebrar que, a pesar de tantos siglos de occidentalización forzada, aún viven los “bárbaros” y su fuerza formidable, y que son precisamente ellos quienes van a salvar nuestra pretendida civilización.

Convocar para la superación de la figura histórica vigente

Desde esta perspectiva fundamental, desde el reconocimiento de este sujeto histórico surgente, podemos también reconocer lo que de válido tienen las otras perspectivas y antes que eso la aceptación de su desnuda existencia. Porque el pueblo es el único lugar posible de universalidad y ecumenismo en América Latina. En América Latina existen los enclaves indígenas, negros y occidentales, y existen legítimamente; pero lo que más abunda y tal vez lo más característico es el diálogo de esas sangres y culturas, tanto en el interior de las personas como en el cuerpo social. Desde la perspectiva del pueblo no se trata de demonizar ni de desvalorizar lo occidental ni a los occidentales latinoamericanos (criollos) como venganza por la opresión ancestral. Sólo se pide más imaginación y respeto para construir juntos una verdadera ecúmene. El pueblo no tiene interés en rumiar eternamente agravios. Desde la perspectiva popular importa más reconocer los surcos roturados y regados con sudor y sangre, los caminos abiertos, las tradiciones que son nuestros haberes. Y en esas tradiciones más genuinas, positivas y abiertas al futuro han puesto su contribución gentes de distintas procedencias y culturas. La celebración de estos quinientos años es ocasión propicia para tomar conciencia de estos elementos dinámicos y liberadores que van tomando cuerpo a lo largo de nuestra historia. En ellos nos encontramos los latinoamericanos, ellos son el reverso de esa historia de ignominia que aún es la vigente, ellos son los que nos libran de la tentación de negaciones infecundas y a la vez que alimentan nuestra esperanza nos sirven de base para superar esta figura histórica de un modo genuino y no alienado.

Porque de lo que se trata en esta ocasión es sobre todo de levantar los corazones y mirar al futuro con esperanza y proponernos con coraje la superación de la figura histórica vigente. Y esto no será posible desde posturas meramente antitéticas o nostálgicas de un pasado perimido. Tampoco excluyendo a nadie. Nuestro proyecto será inviable sin una asimilación profunda de muchos aspectos de la modernidad y sin la colaboración de quienes hoy la representan en América Latina. El objetivo del proyecto es el reacomodo profundo de la correlación de las clases y las culturas de modo que pueda encontrar caminos el dinamismo y la originalidad de nuestros pueblos. El costo social de este proyecto depende de la capacidad que tengamos para proponerlo de un modo consistente y viable, pero sobre todo depende de la perspicacia de quienes hoy ostentan el liderazgo político, ideológico, económico y militar para comprender el sentido del proceso y aceptar el lugar que tendrán en él y no adversarlo, como hasta ahora, en una guerra a muerte.

“Llevaban la espiga” (y también la espada)

“Llevaban la rosa” (con muchas espinas)

“Y los mandamientos” (todos conculcados)

“Y el Avemaría” (llena de desgracias para la Amerindia)

(Mons. Casaldáliga, completando a Pemán, y avisando, a tiempo, para las conmemoraciones de los 500 años…)

 

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