El Veneno y el Relámpago:

El niño de barrio que era yo bajaba el cerro de Los Ciruelitos, a un costado del mercado del Hospedaje con su profundo olor a verduras podridas; de los silos de la factoría de arroz Pimentel que contaminaba el arroyo del Hoyo de Bartola, y del prostíbulo de la Casa de Zoila repleto de coloridas prostitutas que se convertían en mujeres absolutamente diferentes cuando las sorprendía la vigilia, para asistir con un grupo de amigos a la velada vespertina de lucha libre en la que participarían El Santo -el Enmascarado de Plata-, haciendo pareja con Jack Veneno contra las dos Muertes (la Muerte Primera y la Muerte Segunda), El Taira y Relámpago Hernández. Detrás de nosotros, muchachos encandilados por aquella falsificación espectacular, niños pobres que usábamos nuestra imaginación para creernos más luchadores que aquellos superhéroes tercermundistas, se sentó El Vampiro Cao, que luego supimos era el empresario verdadero de aquellas presentaciones violentas en el Estadio Cibao, antes de que se construyera el Palacio de los Deportes de Santiago, donde luego mudaron sus bártulos los luchadores que fueron poco a poco decayendo, porque lamentablemente todo tiende a pudrirse en esta vida. Durante los Doce Años de Balaguer, cada fin de semana a través del canal nacional, venía lo mejor y lo peor de aquellos combates que nosotros veíamos en un Toshiba a blanco y negro a pesar de que ya existía la televisión a color: Dominicana de Espectáculos presenta a Jack Veneno y a Relámpago Hernández en una lucha eterna entre el bien y el mal. Jack Veneno, que es el bueno, le lanza salchichones regalados al público presente, es decir, se preocupa por ellos, los alimenta, como hacen los políticos, los diputados, los ministros, la gente buena. El malo, Relámpago Hernández, líder de la cuadra de los luchadores rudos, envidia la popularidad, la fuerza, el éxito de su contrincante. Tal vez incluso tiene celos de su bondad, pero qué puede hacer si su naturaleza es malvada. Relámpago Hernández es un pobre Lucifer sin poderes especiales. Pero Lucifer posee sus propios demonios: las dos Muertes, que luego desaparecieron sin dejar rastro; Hugo Savinovich, que era ecuatoriano; el Bronco, que era mexicano. Jack Veneno cuenta también con acólitos, con sus ángeles y sus arcángeles que luchan por él en el cuadrilátero, aunque a veces el dios menor se encuentre en el camerino maquillándose y ensayando para el espejo las menciones comerciales.

Aquel niño que era yo, el primer hombre, como lo llamó Albert Camus, puede recordar con vehemencia, nostalgia e incluso admiración aquellos días en que éramos todos felices, a pesar de nuestra pobreza. Por eso el hombre maduro que soy yo en estos momentos sabe que el culpable de la controversia que se ha levantado (una controversia menor, como todo lo que tiene que ver con renglones socialmente deprimidos, como es la cultura en la República Dominicana) con respecto a que el ministerio de cultura –así, en minúsculas- le haya dedicado una estatua a Jack Veneno no es culpa del gran luchador, figura mediática y mejor persona. Incluso su nombre es inmensamente literario, súper heroico: Jack Veneno; pero más literario aún era el del rudo, ya fallecido: Relámpago Hernández. El Veneno y el Relámpago. No, Jack Veneno no es culpable de nada. Quizás sólo de formar parte de nuestros recuerdos más entrañables. El culpable es el ministerio de cultura. Puesto que, en medio de su nada cotidiana, hace llegar una invitación para dedicarle una estatua a nuestro queridísimo Jack Veneno, a quien vi yo luchar de pareja con El Santo, antes de que desembarcara el norteamericano Ric Flair y las luchas sin repetición en Santo Domingo a las cuales, por supuesto, sólo podían asistir los capitaleños. Aunque toda la lucha era un montaje teatral: qué importa. Y precisamente por toda la dramaturgia y la capacidad circense, y también atlética, de la que participaba la lucha libre, sabemos que vivimos en el país de Alicia puesto que Relámpago Hernández no puede tener su estatua: era el malo de la película. Parece un chiste de mal gusto, puesto que todo era, como dijimos, un montaje teatral. Pero del ministerio de cultura ya creemos cualquier cosa. Danilo de los Santos, Carlos Fernández Rocha, Claudio Pacheco, los artistas e intelectuales muertos –quizás el problema sea, creo yo, que hacían su trabajo desde Santiago-; a cuántos otros artistas dominicanos vivos, proyectos vivos, manifestaciones culturales vivas, muestras artísticas vivas, se les ha dado la espalda, mientras vamos inaugurando por ahí estatuas de Jack Veneno; cuando hay que recuperar el sencillo monumento homenajeando a Eduardo Brito en Altamira, Puerto Plata, que se cae a pedazos; o la estatua al cantautor Juan Lockward, también en Puerto Plata, cuya fecha de nacimiento está equivocada, porque la buscaron en google -donde aparece equivocada-, para hacer la tarja (les advertí que todo esto es como una mala broma). Es una burla al arte dominicano, de la que no tiene nada que ver nuestro querido héroe sin máscara Jack Veneno. Parece un chiste, porque en realidad lo es. No obstante, no nos reímos para nada de él.

Jack Veneno participa aún de la imaginería popular, y de la nostalgia individual, puesto que yo aún lo recuerdo con mucho cariño. Es lamentable que un ministerio que apenas funciona le dedique una estatua a una figura que debió merecer de otra manera su estatua, aunque los políticos saben, y quizás por eso lo hacen, que el tiempo borrará las circunstancias. Pero por suerte nos quedará el momento, el absurdo: un ministerio de cultura que no apoya el arte ni la cultura, que no tiene proyectos ni presupuesto, que todo lo gasta en su nómina, le dedica una estatua a un superhéroe dominicano, en medio de su nada normal. Falta la del Relámpago, por supuesto, la de El Santo, Mil Máscaras, Blue Demond, la del Buddy Montes que lamentablemente murió mientras luchaba con el Veneno, y es posible que por ahí aparezca también la de El Chapulín. Para los niños, digo yo, todo sea para los sectores populares, para los que más lo necesitan.

 

 

 

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