La lectura en la época digital:

Por: Máximo Vega

(charla compartida con los estudiantes de maestría durante la Feria del Libro de la Universidad Abierta para Adultos (UAPA), sobre la necesidad de la lectura)

 

En la novela Cien Años de Soledad, del colombiano Gabriel García Márquez, los habitantes del pueblo inventado por el escritor, Macondo, sufren de un mal que él llama La Enfermedad del Insomnio. El primero en padecerla es el fundador del pueblo, José Arcadio Buendía, y su familia se la contagia al resto de los habitantes. Los síntomas de esta enfermedad empiezan cuando el enfermo no puede dormir, no tiene sueño y nunca se siente cansado. Poco a poco, los enfermos empiezan a sentir aburrimiento, porque llega un momento en que no saben qué hacer con tanto tiempo que les sobra. Como no pueden dormir, tampoco pueden soñar, y al final la enfermedad manifiesta un síntoma peligroso: los enfermos empiezan a olvidarlo todo, hasta el punto de que comienzan a olvidar los nombres de las personas, de los animales, de las cosas, y para qué sirven los aparatos que usan. Para recordar cómo se utilizan las cosas, para recordar sus nombres, a José Arcadio Buendía se le ocurre escribir los nombres y los usos en pequeños letreros, para que, cuando olvide poco a poco el nombre de todo, solamente tenga que leer los letreros pegados a los objetos y los animales. Lo que hace Gabriel García Márquez es recordarnos a los lectores de su gran novela, que la escritura tiene el mismo funcionamiento de la memoria, y que todo lo que se ha escrito sirve como memoria colectiva de toda la humanidad.

Se ha descubierto que los primeros indicios de escritura aparecieron en Mesopotamia, alrededor del año 4000 antes de Cristo, con figuras que representaban palabras completas, pero también en China, donde la escritura tenía más o menos la misma función. A partir de esas civilizaciones, la escritura sirvió para comunicar el conocimiento, los números, las historias antiguas que antes se contaban sólo de forma oral, de generación en generación, pero esa escritura era sólo privilegio de las clases dominantes, de los escribas, de los empleados de los reyes y faraones, de los nobles, de la élite social, puesto que, evidentemente, conocer la escritura significaba una forma de poder. Sólo los grandes imperios, las sociedades evolucionadas, contaban en la antigüedad con el privilegio de la escritura: los egipcios, los sumerios, los cretenses, los babilónicos, los chinos, los hindúes, los hebreos, luego los griegos, los romanos. Existe una separación de la humanidad, tal como se estudia hoy día, que tiene que ver con la escritura: la Historia empieza cuando comienza la escritura, el tiempo anterior a la llegada de la escritura pertenece a la llamada Prehistoria. El comercio fue decisivo para la creación de lo que hoy conocemos como escritura, hasta que las imágenes escritas fueron evolucionando para representar no sólo los números, la necesidad de contar las cosas (de esa necesidad proviene precisamente la palabra “cuento”, cuando nos referimos al género literario), sino ya como una forma de expresión, de transmisión imprescindible del conocimiento, de fantasía, de creación y de memoria.

Al principio, la escritura se realizaba sobre el barro. Luego en losas, como lo hicieron los egipcios, en lienzos, en papel, ahora también en pantallas electrónicas. Una sociedad compleja necesita de una forma de escritura compleja, y cada vez más abstracta. La escritura no sirve sólo para aquello en que la utilizó ingenuamente José Arcadio Buendía, sino que, debido a su característica ambigüedad, sirve también para transmitir emociones. Y con la escritura surgió además otra forma de comunicación que conlleva esa escritura en sí misma: la lectura.

Hay una anécdota sobre la escritura, quizás falsa, atribuida al emperador inca Atahualpa, y al conquistador español Francisco Pizarro, que lo encarceló y luego lo asesinó en el año 1533. Un escribiente español escribía algo durante la crónica que se hacía sobre el encarcelamiento de Atahualpa para la corona española, y cuando Atahualpa preguntó lo que hacía, el escribiente trató de explicarle que lo que hacía era escribir, porque los incas no conocían la escritura. Atahualpa le pidió al funcionario que escribiera algo, y que se lo diera a leer a Pizarro, si era cierto que cualquier persona podía traducir los pensamientos de otra si los escribía en un papel. Francisco Pizarro no pudo leer lo que había escrito el escribiente porque el conquistador era analfabeto. Así que Atahualpa nunca creyó en la magia que le explicaba el escribiente español.

Así pues, la escritura no sirve para nada si no existe un lector que sepa interpretarla. Puesto que la lectura es una forma de interpretación de la palabra escrita. Cada persona que lee un libro de texto, una palabra, un poema, un letrero de una tienda en la calle, lo que hace es que interpreta una serie de signos que él ya ha aprendido anteriormente, y esos signos varían de acuerdo a nuestra formación cultural, es decir, esos signos varían de acuerdo a nuestra lengua, a nuestro idioma. Yo puedo conocer muchas lenguas, pero necesito saber sólo una para comunicarme con otro ser humano que pertenezca a mi mismo grupo cultural. Incluso el idioma varía de acuerdo al país, al grupo cultural al que pertenezco: un ciudadano español, que habla más o menos mi mismo idioma, no se expresa igual que un dominicano, así como nosotros no hablamos como los argentinos. Al mismo tiempo, como mencioné anteriormente, la escritura ha tenido una serie de soportes sobre los cuales podemos leer, interpretar esas palabras: al principio se hacía con juncos sobre el barro, sobre piedras, losas, ladrillos, sobre el plomo, el bronce, papiros, lienzos, el papel. Una cantidad de soportes han servido para colocar allí las palabras de las diferentes civilizaciones, pero lo que es importante no son los soportes, sino las palabras. En el año 1821 el francés Jean-Francois Champollion pudo descifrar el idioma egipcio gracias a la piedra de Rosetta, donde se encontraba un texto egipcio traducido al griego antiguo y al demótico. Champollion no viajó hasta Egipto para interpretar los signos en la piedra (lo cual dio inicio a un nuevo estudio científico: la Egiptología), sino que realizó su interpretación trabajando en el Museo del Louvre, en Francia. Si no hubiese existido la escritura, la lectura, ¿cómo hubiésemos conocido la historia de la civilización egipcia? ¿Cómo conoceríamos todo lo que nos legó la civilización griega, la democracia, la polis, la filosofía, el descubrimiento del átomo, la medición de la tierra? ¿Cuántas civilizaciones, tribus, grupos humanos, han desaparecido de nuestra memoria, sólo porque no conocieron la escritura? El poeta Homero describe la Osa Mayor en La Odisea, siete siglos antes de Cristo. El griego Hiparco de Nicea, en la isla de Rhodas, alrededor del año 150 antes de Cristo, descubrió que las estrellas se mueven, que nunca se encuentran estáticas en el firmamento, y nosotros sabemos que es así porque él dejó escrito un catálogo de 850 estrellas con sus coordenadas, y esas coordenadas no coinciden con la posición en que se encuentran actualmente. Hiparco también dividió el día en 24 partes exactamente iguales, tal como lo hacemos hoy día. El matemático y astrónomo persa Al Juarismi escribió un tratado del que deriva el libro de Álgebra que estudiamos en el bachillerato, en el año 820 después de Cristo: ¿cómo serían nuestras vidas si no se hubiese escrito ese tratado, puesto que el Álgebra se utiliza en economía, en la ingeniería, en las matemáticas, en arquitectura, en las ciencias de la computación? Las vidas de los aztecas, de los incas, de los mayas, de los taínos, ¿cómo las conoceríamos si los españoles no hubiesen dejado constancia de lo que encontraron cuando llegaron a lo que ellos pensaban eran Las Indias? En el mundo hay alrededor de 2,170 millones de cristianos, y todos esos cristianos leen un libro sagrado que es La Biblia: no existirían esos 2,000 millones de cristianos si no hubiese quedado para la posteridad la vida de Jesús escrita por los apóstoles. Sin la lectura de sus libros sagrados, no hubiesen crecido a lo largo del tiempo el judaísmo, el islamismo, el cristianismo o el hinduismo. Las leyes, la astronomía, la ciencia, la literatura, todo ello es transmitido a través de la escritura y la lectura. Nosotros pertenecemos a una distinguida estirpe, y no estoy hablando de la  élite económica, militar o religiosa, a la nobleza, a la corrupción del poder, sino que formamos parte de la distinguida estirpe de los lectores.

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De acuerdo al “Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC)”, en Hispanoamérica hay cinco países donde se leen y se venden más libros: México, Argentina, Chile, Perú y Colombia. Argentina es el país de Hispanoamérica donde más se lee, con un promedio de 5.4 libros por persona al año, y Chile se encuentra en segundo lugar con 4.5 volúmenes al año. En España, que cuenta con una sólida industria editorial, se leen 10.3 volúmenes al año, prácticamente el doble que en Argentina, con un índice de lectura del 61%. De acuerdo a la encuesta sobre hábitos de lectura que publicó en el año 2003 la Fundación Global y Desarrollo (FUNGLODE), dirigida por José Rafael Lantigua, el 65% de los dominicanos le dedica menos de una hora a la semana a la lectura, y el 32% no lee nunca, ni siquiera los periódicos. Pero también esa encuesta arrojó algunos datos sumamente interesantes, resaltados en el prólogo por José Rafael Lantigua: los estudiantes que más leen son los mejores estudiantes. Los profesionales que más leen, son los mejores profesionales en su área. Los ciudadanos que más leen, son los mejores ciudadanos.

La meta de toda gestión cultural es la creación de un ciudadano ilustrado, que tenga un mayor acercamiento con la lectura, puesto que un ciudadano ilustrado es una mejor persona y un mejor ciudadano, un mejor esposo, un mejor padre, un mejor conductor, una persona más tolerante con los demás. El desarrollo sostenible de una nación se encuentra íntimamente ligado a la lectura. No existe un solo país que haya alcanzado un alto nivel de desarrollo sin el fomento de la lectura, porque la lectura es sinónimo de conocimiento y de información. No existe la ciencia sin la lectura, que fomenta la imaginación y promueve el pensamiento abstracto, la capacidad de los individuos para resolver problemas. No existe el emprendimiento, la creación, ni científica ni literaria, la prensa, sin la presencia de la lectura, ni el desarrollo de las profesiones como la medicina, la arquitectura, el derecho, la ingeniería, etc., sin la lectura. Una sociedad no puede resolver sus problemas, ni siquiera cotidianos, si no existe un grupo de ciudadanos, quizás una nueva “élite” ilustrada, que se decida a participar de la lectura.

Dice un presentador de televisión español, en un video que circula en las redes sociales, que siempre ha habido analfabetos, pero que antes la incultura y la ignorancia se vivían como una vergüenza. Nunca como en este momento, la gente había presumido de no haberse leído un solo libro en su vida, o de no leer regularmente, como si fuese un orgullo, de no importarle nada que tenga que ver con cultura, o de no acercarse a algo que implique una inteligencia mínimamente superior a la de los primates. Todo es simple, ligero, todo es elemental, porque la mayoría de la gente no entiende lo profundo o lo complicado, porque no lee. Los analfabetos de hoy son los peores porque saben leer y escribir, pero no ejercen. Esa es la nueva clase dominante, pero realmente es la clase dominada, debido a su analfabetismo y a su incultura.

Como hemos dicho, la nueva plataforma para la lectura es una pantalla: de una PC, de una tablet, de un celular, de un kindle, de una laptop. Las pantallas sirven para leer los e-books, que son los libros electrónicos, no en papel. Pero también para leer periódicos digitales, páginas web con los temas más variados. De acuerdo a las estadísticas de la industria del libro española, en el año 2018 se lanzó al mercado un 28% de e-books del total de libros publicados, sin embargo, la venta de libros electrónicos solamente alcanzó el 5% del total de libros vendidos, es decir que el porcentaje de e-books en el mercado del libro en español es apenas de un 5%. Esto ya lo sabíamos, porque amazon, la plataforma que vende y publica libros en internet, ha empezado a inaugurar librerías que no son electrónicas, o sea, librerías de libros en papel en los Estados Unidos.

Pero no importa cuál sea el soporte para la lectura. Simplemente ha llegado un soporte nuevo, un soporte digital. “La Mujer”, del profesor Juan Bosch, o “Compadre Mon” de Manuel del Cabral, seguirán siendo las mismas obras literarias si se leen en un libro o en una computadora. El Álgebra de Baldor será la misma Álgebra si se lee en papel o en una tablet. La Biblia es el mismo libro sagrado en cualquier soporte que la leamos.

La escritura es un código, una codificación que se enseña de una persona a otra, y que sirve para registrar el lenguaje hablado, pero también para modificar el lenguaje, para mejorarlo, para transmitir historias y emociones, y que nos sirve para reflexionar y mejorar el mundo, a los seres humanos y a la naturaleza. Como escribió Gabriel García Márquez en esa obra maestra que es Cien Años de Soledad, la enfermedad del insomnio provocó que los habitantes de Macondo dejaran de soñar. La falta de sueños les trajo el olvido. Para evitar el olvido, para recuperar la memoria, José Arcadio Buendía escribía todo lo que hacía, y para qué servían todas las cosas. José Arcadio Buendía inventó una máquina de la memoria a través de la escritura (ficcionado por un narrador para el cual la memoria es un elemento creativo tan importante); hubiese sido incluso mucho más fácil para él que la propia máquina, si hubiera sido digital, transcribiera las palabras. José Arcadio inventó una máquina para que, a través de la lectura y el conocimiento, las grandes creaciones humanas, la ciencia, el arte, la cultura, la literatura, la filosofía, nuestras creencias más arraigadas, nuestros pensamientos más profundos, pero también nuestros sueños, no cayeran en el olvido.

Muchas gracias.

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