Poemas de Domingo Moreno Jimenes:

Melancolía

Dejaré mis niños.
Partiré del pueblo.
Me roerá la angustia que a los peregrinos
acoge en silencio.

El día que parta,
todos a sus puertas saldrán a verme;
encontraré en mi senda alguna anciana
de las que socorría algunas veces…

Cuando unos pinos cruce
fustigaré mi potro;
y aunque el norte no empañe ni una nube,
mi pañuelo de hilo me llevaré a los ojos.

Al verme las perdices
levantarán el vuelo;
llorará en una palma una tórtola triste,
y tal vez un can sucio me seguirá a lo lejos…

Por unas semanas y aun meses
me instigará una sombra;
luego… mis cantos en la mañana alegre.
¿Y después?… el olvido y algunas muertas rosas

 

 

Poema de la hija reintegrada

Agonía

I

Hija, yo no sé qué decirte si la muerte es buena
o si la vida es amarga;
sólo te aconsejo que despiertes, adulta de
comprensión más que tu Padre!

II

Hija, ya no habrá oriente ni poniente para tu porvenir:
una sábana blanca serán tus días,
una sábana blanca será tu pasado
y tu recuerdo una estrella que frente a frente
me iluminará el porvenir!

III

No sé por qué tu agotamiento
me trae una recóndita dicha anegada de lágrimas,
que me hace auscultar el corazón de la tarde.

IV

Tu infancia y tu silencio me parecen hermanos.

V

Hija, hazme tomar la resolución de los otros:
vuelve mi proa añicos
y mi voluntad una piragua;
que nada sea mío desde hoy, que no quiera
poseer nada mañana;
desnudo de bienes y desnudo de virtudes hazme;
sin egoísmo de lealtades y sin egoísmo de pureza;
hazme entero el milagro de darme todo a los elementos,
como si fuera en sustanciación un ser increado!…

VI

Tu vida fue microscópica, pero grande;
el segundo de tu existir, eterno!

VII

Hija, cuántas nubes,
cuántos pájaros,
cuántos horizontes insospechados me abre
en el amanecer tu ruta!

VIII

Hija mía, para ti la mañana no será clara ni fresca;
verás envuelta el alba en la noche,
y las cosas de mayor transparencia
tomarán ante tus ojos la actitud de un largo crepúsculo.

IX

En este mundo donde sólo se premia la
capacidad de fingir mejor,
era justo que llegaras, y después de breves instantes,
ya estuvieras confundida con la cal y con la
mariposa, con el carbón y con la piedra.

X

¡Cómo me alivianas la sombra, al advertir
desde que te dormiste que en mi
derredor todo es sombra!

XI

¡Oh tú, que me enseñaste desde que naciste
a ver la vida con ojo más sabio
y a la humanidad con ojo más triste!
Triste, triste; ¿y no es acaso la suprema alegría
de los seres mudables el ser tristes?
Triste fue la faz de la tierra cuando se
desperezó el primer hombre!
Triste tiene que quedar la tierra cuando se
desentuma en su regazo el último hombre!

XII

¡Oh, tú, que desde que naciste pude decir:
boleta de la tumba
Oh, tú, que ya crecida pude decir, por tu desvalidez,
la preferida mía.

XIII

Por ti quise cambiar y que la fortuna me sonriera;
por ti no cambié
y la fortuna no me sonreirá nunca!

XIV

Hija, cada vez que examino tu vida
me doy cuenta que tú eres como mi vida:
una sombra entre dos crepúsculos!

XV

Iba a decir entre dos agotadoras auroras
y ya ves, reincindí, sin querer, entre dos crepúsculos!

XVI

¿Por qué tan pura, tan casta y tan leve, te
debas parecer al crepúsculo?

XVII

Olvidaba que toda adjetivación es cruel y ruda:
Dios dio desnudo a los hombres el verbo,
y del lenguaje, sólo debe quedar desnudo el verbo!

XVIII

Toda filigrana de síntesis es una profanación
¿verdad, hija mía?
Ya no te puedo buscar sin parcializaciones,
sin atributo contingente:
¡serás en mi incompleto nombrar, sencillamente,
el vaho de las cosas!

XIX

No te puedo asir con una palabra,
y no debe extrañarte, recónditamente,
porque estás para mí más alta que la región
de las palabras!

XX

Y vuelvo a caer en las comparaciones.
¡Oh, hija, cuán subordinado estoy a la vida!

XXI

Miserable hombre que osa creer que
después de la sombra la vida es vida!

XXII

De imperfecciones se forman nuestras excelencias
y es toda la existencia del hombre un brazo tendido
hacia el turbio por qué de los enigmas!

XXIII

-Tiene el pulso demasiado débil,
pero este letargo no es la muerte-.
Su médico era mi propia almohada de cabecera
y yo quedé perplejo ante su callado
sufrimiento y la miseria de la vida!

XXIV

Si fuera bizco de pensamiento
y tuviera la boca siempre llena de mentidas palabras;
hija, iba a blasfemar por tu dolor… pero, ¡perdona!

XXV

¡Compran caro el suelo donde colocan a los muertos,
y ellos son más dueños de la tierra que los
hombres que comercian con ellos!

XXVI

¡Al través de los milenios, los hombres son
puñados de tierra
que se deforman a su antojo!

XXVII

Hija, ya han venido a avisarme que tus pies están fríos.
Hija, resígnate a que lo blanco no sea blanco
y a que lo negro no sea negro.

XXVIII

Hija, cuán brilla el sol sobre el tamiz de los guayabos,
cómo se agiganta la nada sobre la soledad
de tu aposento,
cómo nace y renace la esperanza por entre
los ámbitos de la vida!

XXIX

Tibien la leche, terciada con agua,
para si mi chiquitina despierta.
Cuídemela hasta que se vuelva esperma como
capullo inmortal el cuidado.
Ella es carne de mi vida, flor de mi
pensamiento, cemento de mi alma.

XXX

(¡Eres, amada mía,
como flor del higüero joven,
como el azogue del crepúsculo,
como la diafanidad de la Naturaleza toda!).

XXXI

No seas padre; sé Hombre,
sencillamente.
¡Gira tu vida a tu derredor
y que tu amor a una abstracta “Humanidad”
no te haga olvidar jamás de que eres Hombre!

 

El diario de la aldea

¡Ay Dios, que ves el viento y ves la nube,
compadécete de mi alma
que es una nube fría en un cielo claro!

Mi andar no es andar de consciente sino
de sonámbulo;
llevo las manos en el aire
y el pensamiento en el azul;
llamo «madre» a las plantas
y a las margaritas «hermanas»;
en cualquier riachuelo veo la faz de mi padre,
y los luceros, carbunclos de la noche,
son mis «hijos».

Esta síntesis del mundo que llevo conmigo
a veces me sume en la tiniebla;
¡pero siempre me arrastra a la luz!

Oh naturaleza, ¿qué mal te he hecho
para que me castigues con una carga tan
desapacible?
Yo sé que vine del misterio,
pero los cambiantes de la vida son más inexplicables
que las flaquezas de la muerte, o que
la sencillez de la nada.
Tú no me podrás dar la alegría riente
de lejanos días y lejanos tiempos;
en ti vengo a curarme de viejos males,
en ti vengo a reposar.

El pájaro herido busca el antiguo albergue
de sus dichas.
Junto a aquella rama, yo soñé;
bajo la sombra de aquel árbol yo medité;
el susurrar del río ya no me sabe a música, pero a
un despertar próximo me suena.
Mariposillas: no voléis,
brisas: no entremezcléis mi cabello cano.
¡Siga mi frente erguida y luminosa como
una antorcha!

Este hueco de cañada me recuerda la vida
y esta placidez de soledad me quiere como
hablar de niñez.
Yo fui un niño como todos los otros,
aunque un poco más cándido y más triste.
De ayer a hoy, ¡qué abismo!
y de ayer a mañana, ¡qué universo!

Con moras frescas me teñí las manos
y tengo la mirada cansada de soñar cosas tristes.
El cielo que tengo por delante no es doloroso;
pero el horizonte de mi vida presente, sí que lo es!

El maíz brillaba en las manos del hombre,
la polla se internaba entre los matorrales,
el cielo se encapotaba sereno.
¡Quién fuera madreselva!
¡Quién fuera río!
¡Quién fuera cañada!

Flores,
flores,
flores.
¡Oh mayo!
¡oh dolor!

Tal cuando el sol tramonta,
y las nubes oscuras se entretejen de grana
y los aires se llenan de infinitos vapores;
tal cuando la torcaz da el grito que espanta la
nidada y el ruiseñor;
tal cuando las montañas que están por arriba de mi
cabeza sueñan;
tal cuando los árboles tiemblan y los arroyos cantan.

Relinchos de caballos en mi puerta,
más luego, pasos y voces;
a poco, un loco sobresalto de mi ser solamente;
en seguida, el sol, la alegría de los pájaros,
la mañana,
dos aldeanas rientes,
una mujer pálida,
dos niñas, sus hijas, enmascaradas de riguroso luto,
la cruz de un muerto,
mi estupefacción al ver, hasta el dolor
metamorfoseado de esa manera;
mi expresión: «vuestras lágrimas sean benditas»;
al momento, mi pretexto de buscar la lechera.

Después… el campo y yo con el campo y los
pájaros, solo.

 

Ligelia

Tengo una novia

trigueña y silenciosa

que me ama en las sombras.

Sus dientes son joyas de marfil

y sus manos parecen rosas;

tiene unos ojos mágicos que asombran y deslumbran

y ella toda,

es como una libélula que huye

no sé si es el temor

o un río que se desborda.

que me la roba

o un cielo sombrío que la guarda,

ello es que siempre sola

la descubro,

y cuando trato de atraerla a mi dominio se encoleriza como

[una loba;

y de mis artificios

vencedora

me contempla sonreída mucho tiempo,

y luego, cual una frágil ola,

parte dejándome aterido sin saludarme a veces

y otras,

dejando que me digan la punta de sus dedos

lo que sólo en la oscuridad confía a su alcoba

en un derroche de delirio,

cuando la media luna por sus jardines ronda.

Y sin embargo,

cuando en las cimas nace la aurora,

me advierte en las nubes que se deslizan ledas

y el encanto de las alondras.

Tengo una novia

trigueña y silenciosa

que me ama en la sombra.

 

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Domingo Moreno Jimenes nació en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana, el 7 de enero del año 1894. Nieto del presidente de la República Juan morenoIsidro Jimenes. Fue un autor prolífico, que también escribió ensayos y crítica literaria. Líder (“sumo pontífice”, de acuerdo al propio grupo) del movimiento poético Postumismo, que eliminó la rima de la poesía dominicana, y buscaba una forma de poetizar más natural, menos regida por cánones clásicos. También pertenecieron al grupo los poetas Andrés Avelino,  Francisco Ulises Domínguez, Ricardo M. Lora, Esteban Polanco Billini y Rafael Augusto Zorrilla, pero su fundador lo fue Domingo Moreno Jimenes. Se puede definir al Postumismo como “una actitud del espíritu expresada por medio de un acento emocional (…)”, de acuerdo a sus propios creadores. Domingo Moreno Jimenes solía viajar por todo el país dando a conocer la poesía y sus poemas, que vendía en pequeños folletos, muchas veces a campesinos analfabetos que no podían leerlos. Debido a esto, la mayoría de sus libros incluyen sólo uno o dos poemas. Para ganarse la vida, también fue educador. Tuvo una infancia sin problemas económicos, pero abandonó todo esto para dedicarse a la poesía y viajar por el país. Al principio, los poemas postumistas fueron objeto de burlas por los poetas tradicionales, que no entendieron lo que el nuevo movimiento intentaba hacer. Su poesía es considerada hermética, dedicada muchas veces al misterio de la muerte y al sentido de la existencia, aunque también escribió poemas amorosos y bucólicos. Moreno Jimenes es uno de los poetas dominicanos más importantes de todos los tiempos, no sólo debido a la calidad de sus poemas, sino a su importancia histórica como renovador de la poesía dominicana y caribeña, que aún se encontraba atada a cánones envejecidos en otros lugares del mundo. Falleció en la ciudad de Santo Domingo el 23 de septiembre de 1986. Entre sus libros se encuentran: Promesa (1916); Vuelos y duelos (1916); Salmos (1921); Del anodismo al Postumismo (1924); Mi vieja se muere (1925); El diario de la aldea (1925); Canto a la ceiba de Colón (1925); Decrecer (1927); Elixires (1929); Los surcos opuestos (1931); Sésamo (1931); Días sin lumbre (1931); El  Movimiento postumista interplanetario (1932); Palabras sin tiempo (1932); Moderno apocalipsis (1934); El poema de la hija reintegrada (1934); El caminante sin camino (1935); América-mundo (1935); Embiste de raza (1936); Nueva cosmogonía americana (1936); Sentir es (la) norma (1939); Fogata sobre el signo (1940); Indice de una vida: Del mar viene todo (1941); Advenimiento (1941); La religión de América (1941); Canto al Atlántico (1941); Poemario de la cumbre y el mar (1942); Evangelio americano (1942); Cuatro (que se yo) estambres (1942); Antología mínima (1943); Exalté el ideal y sufrí ante la vida (1944); Los milenios del tercer mundo (1945); Palabras en el agua (1945); Emociona-damente (1945); Tres pasos en la sombra (1946); Siete vías poéticas (1947); Burbujas en el vaso de una vida breve (1948); Antología poética (1949); Santa Berta y otros poemas (1959), Del gemido de la fragua: obra poética (1975).

 

 

 

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