Junot Díaz, los escritores caribeños, el mercado y el Boom:

No tienen nada de mágico ni de maravilloso la corrupción extrema, la desigualdad social, la inseguridad ciudadana, la miseria, la fragmentación social o la mediocridad política. Esa es la realidad de muchos de nuestros países. Poetizar nuestra realidad actual no tiene que ver ya con realismos mágicos ni con metáforas que pertenecen a la vida cotidiana, como se mencionaba con verdadero orgullo durante la visita de André Breton a México. El mundo no ha cambiado, lo ha hecho la literatura. Es como si despertáramos de pronto y nos diésemos cuenta de que nos rodea una realidad sórdida, nada fantástica, alejada de sincretismos mágico religiosos que hoy día sólo sirven para atraer a los turistas, y llena de corrupción. Quizás menos entretenida, pero más real. Sobre eso trata la literatura latinoamericana actual.

Debemos reconocer que, durante el llamado Boom latinoamericano, en aquella época llena de poesía en la cual sólo existía para el público masivo un puñado de escritores latinoamericanos, quizás no más de diez, surgió otro grupo que descubrió esa realidad nada romántica llena de sordidez, de corrupción, de desigualdad y de mediocridad política antes que los demás: Marcio Veloz Maggiolo, Luis Rafael Sánchez, Jacques Stéphen Alexis, Jacques Roumain,  Manlio Argueta, Carmen Naranjo, Aída Cartagena Portalatín, José Soler Puig. Se intenta colocar a algunos de esos escritores como pertenecientes a un “posboom” que no tiene ningún asidero académico, sólo porque descubrieron, antes que sus contemporáneos, la realidad de unos países que nunca abandonaron, aunque algunos de ellos ya no viviesen allí. Es más: los escritores del Boom (Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, incluso Carlos Fuentes: los cuatro), intentaron, algunos desde el principio (Vargas Llosa y Fuentes), y los otros dos (García Márquez y Cortázar) ya en una etapa avanzada de sus carreras literarias y de sus vidas, acceder a ese realismo en medio de sociedades llenas de inmundicia, pobreza y violencia, que ya cultivaban estos escritores que mencionamos empezando este párrafo, y que no llegaron nunca al “realismo mágico” ni a un “realismo maravilloso” que no se encuentra ni siquiera en las novelas del propio Alexis, aunque él haya teorizado lo contrario en sus ensayos y discursos sobre la “negritud” de Aimé Césaire y un “realismo maravilloso” supuestamente diferente a lo real maravilloso de Alejo Carpentier. La literatura actual, la de los nietos, le debe más a estos escritores mencionados, y a otros muchos que volvieron a la realidad de sus sociedades inacabadas, que a aquellos del Boom original. No les debe mucho a los imitadores de sus padres (Allende, Esquivel, Eliseo Alberto, Restrepo), pero tampoco a aquellos que intentaron alejarse concientemente del Boom creando una literatura antilatinoamericana y, supuestamente, “culta”, “erudita”, “universal”, basándose en el turismo y en temas que suceden en Europa, en África, en los Estados Unidos, aunque a veces –pocas veces- los personajes sean latinoamericanos.

Tal vez ya es un concepto del pasado la idea del poeta como guardián de su idioma. Es posible que yo mismo sea entonces un carcamán, un dinosaurio, un individuo escapado del pasado. No sé si se pueda ser un escritor latinoamericano escribiendo en inglés, en alemán o en chino, teniendo en cuenta que las lenguas de Latinoamérica son tres: el portugués, el francés y el español. Y que la lengua de la República Dominicana es el español. Los temas de la escritora canadiense Alice Munro no son los mismos del escritor dominicano Virgilio Díaz Grullón, aunque pertenezcan a la misma generación. Ni sus intereses, ni sus influencias, ni los temas ni la forma de sus cuentos. Como Junot Díaz no es un escritor del Caribe hispánico, puesto que toda su vida ha transcurrido en los Estados Unidos, escribe en inglés y sus influencias son escritores que escriben en su idioma. No hay ningún punto en común entre los escritores dominicanos y Junot Díaz, a pesar de su herencia dominicana, así como no podemos considerar a V. S. Naipaul como un escritor trinitario sino británico, a pesar de que haya escrito novelas que transcurren en el Caribe. Víctor Hugo también escribió una novela que transcurre en el Caribe. V. S. Naipaul escribe en inglés, la lengua de su isla nativa, por lo cual, con él, la confusión podría ser mucho mayor. Pero no hay nada qué hacer en el caso de Junot Díaz. Otro caso peculiar es el de Haití, cuyo idioma nacional es el créole, pero sus autores escriben en francés. La cercanía histórica de sus escritores con Francia, ha provocado que sean sumamente conocidos en Europa, como sucede con otros escritores caribeños (Aimé Césaire de Martinica, en francés; Saint-John Perse de Guadalupe, en francés, premio Nobel de Literatura; V. S. Naipaul de Trinidad y Tobago, en inglés, premio Nobel de Literatura; Derek Walcott de Santa Lucía, en inglés, premio Nobel de Literatura; Jacques Roumain de Haití, en francés), cuyas estancias en Europa o en los Estados Unidos los catapultó a la fama mundial. Y en esta cercanía de los escritores caribeños cuyo idioma no es el español con los países de origen de sus lenguas (en este caso el inglés y el francés: Reino Unido y Francia), o con centros mediáticos y culturales como los Estados Unidos, reside esta notoriedad, pero también en el volumen de su obra, en la estabilidad de las publicaciones, incluso en su periodicidad, puesto que pudieron dedicarse sin grandes incomodidades a la literatura. Pueden contribuir al anonimato o a la fama factores culturales: las grandes metrópolis esperan que los escritores caribeños escriban de una forma determinada, traten una serie de temas específicos, que tienen que ver con la negritud, la esclavitud, el mestizaje, el sincretismo; incluso el sexo, el calor, la música, el color local, el bullicio y la promiscuidad. En su poema “Omeros”, Derek Walcott nos habla de un viaje homérico a través de las islas del Caribe y luego más allá, sin obviar –y quizás aprovechándose de ello- que un lector europeo o norteamericano lo hallará atractivo por exótico; Aimé Césaire apelará a la negritud, al sufrimiento del esclavo, a su pasado africano, pero nunca renegará de que Francia es “la madre patria”, no sólo como colonizadora, sino en un sentido espiritual e idiomático. Pero Jacques Stéphen Alexis nunca apeló a esta clase de romanticismo literario. Ni siquiera al racismo. Su obra más famosa no transcurre en Haití, sino en la República Dominicana. En Jacques Roumain y en Jacques Stéphen Alexis reconocemos la humanidad, la solidaridad, la maldad, el dolor, la poesía y la belleza, llevados al nivel más profundo del lenguaje, a la forma en la que se escribe, a las palabras que se utilizan. No tienen que ver con paisajes exóticos (exóticos para Europa), con vudú, con música tropical, ni con comportamientos alegres y peculiares.

Los dominicanos leen a Junot Díaz como a un escritor estadounidense cuyas obras transcurren esporádicamente en la República Dominicana, y que muchas veces habla como extranjero, sin conocimiento de causa. Sus influencias no tienen nada que ver con el Boom latinoamericano, ni siquiera con la “novísima generación” posterior, ni con ningún escritor latinoamericano ni dominicano. Ciertos ensayistas y articulistas estiman que el mundo es tan homogéneo que estas diferencias ya no tienen ninguna importancia, pero yo prefiero creer en la diversidad y al mismo tiempo en los límites, en el orden. Y en el idioma de mis antepasados. Esa diversidad la justifican las formas y los temas –pero sobre todo las formas-, que son diferentes de acuerdo a la realidad social, a las influencias, a las circunstancias históricas, a la rabia o a la felicidad. Pero también debido a la lengua. Ya llegará el supuesto futuro globalizado, que tal vez nos demuestre lo contrario. Ya llegará (espero que no), un futuro con una supuesta lengua universal (quizás, aunque espero que no, el idioma inglés). Esos escritores son “caribeños” o “latinoamericanos” porque han encontrado en el gentilicio su nicho de mercado, su masa lectorial. Theodor Adorno nos recuerda de nuevo que muchos libros no son sólo obras de arte, sino productos creados de antemano para satisfacer a un comprador.

Es un poco ingenuo pensar que aquellos escritores más conocidos, que ni siquiera escriben en las lenguas de los países con los cuales se les identifica, no cuenten con un manejo mercadológico que los promociona. Así como, a partir del 1963, año de la publicación de “La Ciudad y los Perros” de Vargas Llosa, luego de haber ganado el premio Biblioteca Breve el año anterior, la industria editorial dirigió la mirada sobre los escritores latinoamericanos, rescatando novelas anteriores a ese año y publicitando aquellas que les pedían los lectores, los compradores: una escritora como Elena Garro envió el manuscrito de “Los Recuerdos del Porvenir”, en 1962, a la editorial Seix Barral, que lo rechazó debido a que los lectores, en esa época, de acuerdo a la carta enviada por el editor Carlos Barral a la autora, exigían novelas realistas. La novela fue publicada originalmente por la editorial mexicana Joaquín Mortiz. Pero luego de la llegada de García Márquez y del realismo mágico, de la súbita celebridad de Juan Rulfo y de la notoriedad universal de Carpentier, de la negritud y de las teorías sobre lo real maravilloso, esa novela fue buscada y acogida con entusiasmo por varias editoriales españolas, y Seix Barral la publicó de nuevo en el año 1997. Todo esto sucedió a pesar de que Elena Garro, Octavio Paz y Carlos Barral eran amigos íntimos. Queremos significar que esta clase de comportamiento mercadológico, independientemente de la calidad de una obra, es frecuente en editoriales, agentes literarios, traductores y publicistas, por lo cual la celebridad de un autor en una época determinada no debe tomarse nunca como parámetro para determinar su calidad. Cada época tiene un tipo de lector masificado que busca determinados temas que lo satisfagan: quien no esté dispuesto a escribir sobre esos temas o con una forma determinada (un tema que podía ser, digamos, “la magia de la vida latinoamericana”), corre el riesgo de pasar desapercibido, de no gustar, aunque posea una inmensa calidad literaria.

No obstante, a pesar de nuestras reticencias, a pesar incluso de nuestro habitual sarcasmo, no debemos olvidar que nuestra literatura actual, la verdadera, quizás la desconocida, escrita en español, portugués o francés, que cuenta con las mismas limitaciones, estrecheces y presiones mercadológicas que aquélla de mediados del siglo XX en Latinoamérica, como si no hubiésemos evolucionado, le debe su preponderancia al pasado dentro de lo que hoy conocemos como el Boom, aunque éste sea un término mercadológico. Negar a esos autores es negar al mismo tiempo uno de los más importantes y extraordinarios legados literarios en cualquier idioma. Más de un siglo después del nacimiento de Julio Cortázar, continuamos escribiendo sobre una generación irrepetible que cambió para siempre la literatura universal.

 

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