Viaje al fondo de una botella de ron:

 

calle 2

 

Por Máximo Vega

Caminando por una de las calles de Santiago de los Caballeros, viejas, “tradicionales” se le llama ahora a lo vetusto, en un rincón de un bar de la calle 30 de Marzo (es posible que en el bar Colón, el mejor y más “tradicional” de la ciudad, aunque ya desaparecido), puedo ver quizás, si me ayuda la memoria aunque no trato de esforzarme, a Abersio Núñez hablando con Ramón Peralta, presentándole su libro de poemas “Eternidades” para que Abersio le diseñe la portada, un mes de febrero del año 1992, cuando aún éramos jóvenes y no teníamos documentos para mostrarles a los policías violentos de Joaquín Balaguer. Alzando los vasos, bebiendo a escondidas, en recipientes de polietileno con sorbetes para que nadie pudiese reconocer el Brugal en las rocas escondido en el fondo:

entonces uno toma la copa, la bebe y nace ella

y como ella no puede sostenerse en la memoria de nadie

uno vuelve, toma la copa, la llena, la bebe para que ella

                                                                                             vuelva

No obstante, debido a que nuestra memoria se encuentra intacta, también podemos recordar a Claudio Pacheco suicidándose en otro bar, un poco más oscuro, algo más crapulento, algún lupanar de la calle España adornado con papel crepé y celofán, donde las prostitutas se mostraban a los clientes con sus minifaldas blancas y su olor a esperma mezclado con jabón de cuaba y limón para cortar las infecciones, acompañado de Dionisio López Cabral, escribiendo sobre una servilleta uno de sus poemas brevísimos:

El enigma de la lluvia

es morir para ser flor

O algún otro verso como este. Abersio Núñez se encuentra refugiado en Nueva York, dando clases en inglés a jóvenes latinos que no entienden cómo cayeron en una ciudad tan fría como New York. Ramón Peralta escribió otro libro de poemas y dos novelas, en una edición de cien ejemplares. Claudio Pacheco y Dionisio López Cabral se encuentran muertos, aniquilados por el alcohol que los alejaba de una realidad cada vez más absurda. No hay poesía en los poetas. No existe la poesía en la vida de los poetas, más bien. Santiago de los Caballeros es la ciudad más poética del mundo: “tradicional”, “histórica”, con sus calles estrechas del siglo XIX que no llevan a ningún lado, con sus mercados atiborrados de mercancías baratas en donde contrabandistas dominicanos, haitianos y venezolanos venden camisas usadas y perfumes falsificados de nombres surrealistas: Hugo Bass, Guci, Diar, Chanell, Block Opiumm. Ideal para la literatura, porque la literatura se alimenta de lo extraño:

de repente este día ha perdido su nombre

era lunes ayer, pero sé que hoy no es martes

¿Quién puede reconocer a estos artistas anónimos? ¿Dionisio López Cabral, el ser que más hablaba sobre poesía que he conocido en toda mi vida, que vendía por centavos un libro de Manuel del Cabral para alimentar el vicio; Ramón Peralta, profesor escolar de niños rebeldes que no saben que reciben clases de Lenguaje de uno de los más importantes poetas de su país (aunque tampoco les importa, dicho sea de paso); Claudio Pacheco, un pintor que murió de diabetes y alcoholismo? Pero ya no hay espacio en el mundo para los malditos y los desconocidos. Vivimos la época de los exitosos, los afortunados, los políticos y los mediocres:

el café se dibuja y señala el azar

-el jueves es azul, el domingo ya es verde-

el mapa del café ha detenido al hombre

el hombre sólo cree en el domingo verde

el mapa se ha roto, el destino se rompe

otro café el domingo va dibujando el jueves

-el domingo es azul, el jueves ya es verde-

el mismo hombre espera en un café el azar

Una botella entera de ron por los artistas anónimos. De Santiago de los Caballeros, de Barcelona, de Guadalajara, del Río de la Plata, de Santiago de Cuba o de Timbuktú. Por ellos, más que por los famosos –apartemos de esta lista de famosos, por favor, a Paul Celan y a César Vallejo– que muchas veces no nos dicen nada, que muchas veces ni siquiera los comprendemos, creemos aún en el arte y la literatura:

y como ella no puede quedarse a esperar la muerte

una vez más, uno toma la copa, la llena, la bebe y ella

                                                                                     regresa

y ríe y hasta habla del dolor

y como a ella le aterra lo mismo, se burla del tedio,

entonces uno quisiera tomar la copa,

llenarla, beberla para ver qué continúa

pero la copa no puede seguir sin contenido

entonces uno comprende que ella muere en el vacío

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