El prócer poeta:

Por: Máximo Vega

En el año 1865, sufriendo la persecución del general Pedro Santana, representante de los hateros en la recientemente creada República Dominicana, y por lo tanto del sector conservador que había anexado la nación de nuevo a España, Juan Pablo Duarte partió parsimoniosamente hacia Venezuela, el último país en el que padecería sus exilios hasta su muerte, acompañado por toda su familia, su madre, sus hermanos, sus sobrinos, puesto que todos ellos, sólo por tener el apellido Duarte Díez, habían sido condenados a la persecución y a la cárcel. Pocos países podrían jactarse de tener un poeta y dramaturgo como prócer de su independencia (quizás Cuba, en la figura intelectual de José Martí), aunque en el caso dominicano Duarte tuvo consciencia inmediata de su estatura de prócer, y dedicó sus versos y sus dramas a educar a las masas, lo cual lo alejó de la verdadera literatura, que por supuesto no puede tener en sí misma una finalidad pedagógica. La figura de Juan Pablo Duarte es la del Padre de la Patria total, que dedicó todos sus esfuerzos de forma obsesiva a una sola finalidad: la creación de una nación libre e independiente.

Juan Pablo Duarte murió en Venezuela. Nunca tuvo hijos, pero los descendientes de sus hermanos, es decir la familia Duarte Díez, es venezolana. Por eso existe una unión histórica entre los dos países, puesto que Venezuela fue la nación que acogió hasta su muerte al prócer dominicano. Este exilio forzado, luego de creada la nación dominicana, es característico de nuestros países, tiene una categoría simbólica. Puesto que Juan Pablo Duarte, el ideólogo y forjador de la nación dominicana, un militar que fue capitán del ejército haitiano (puesto que no existía un ejército en la parte oriental de la isla, prohibido por los invasores) y luego general de las tropas independentistas, pero que al mismo tiempo obtuvo una formación liberal en Inglaterra y España, específicamente en Barcelona, en Cataluña, no disfrutó nunca de la nación que había ayudado a forjar. Luego de alcanzada la independencia, le fue entregada la presidencia de la República, pero él la rechazó debido a que, de acuerdo a sus propios argumentos, no podía acceder a un poder que no había sido alcanzado a través del voto popular. El sector conservador del país, liderado por el general Pedro Santana, aprovechó el vacío de poder para proclamar de nuevo una anexión a España, alegando que se necesitaba la protección de un imperio mayor para evitar las constantes invasiones haitianas. Pedro Santana ordenó fusilar a otro Padre de la Patria (en un país que cuenta con tres), Francisco del Rosario Sánchez, a su hermana María Trinidad Sánchez, a José Joaquín Puello, a varios compañeros trinitarios de Duarte. Nuestro prócer, debido al riesgo que corría no sólo su vida, sino la de toda su familia, se exilió finalmente en Venezuela. Para ser nación, la República Dominicana tuvo que perpetrar otra Guerra de Independencia, esta vez contra España, liderada por el general Gregorio Luperón, llamada Guerra de la Restauración.

Pero las consecuencias de esta usurpación de nuestra independencia continúan hasta nuestros días. La nación dominicana fue formada basada en el pensamiento liberal duartiano. Sin embargo, hasta el día de hoy, las élites económicas, ideológicas y políticas conservadoras han sido las que han gobernado el país. El pensamiento liberal no ha tenido cabida en un país pequeño, en una isla dividida en dos naciones colonizadas por dos imperios diferentes. El fallecido presidente Joaquín Balaguer (un presidente ultraderechista que gobernó estando ciego, que fue uno de los presidentes títeres del dictador Rafael Leónidas Trujillo, y que fue el presidente escogido por los Estados Unidos para dejarlo en el poder en 1966 cuando se marcharon del país, luego de invadirlo en el año 1965, otra historia propia de nuestros realismos mágicos latinoamericanos) firmó un decreto para que los restos del general Pedro Santana fueran trasladados al Panteón Nacional, donde se encontraban precisamente los restos de los Padres de la Patria, uno de los cuales ordenó fusilar, y otro al que persiguió hasta que decidió acoger el exilio hasta su muerte, no debido a su propia seguridad, sino a la de su familia. El último, el general Matías Ramón Mella, murió de disentería en la ciudad de Santiago de los Caballeros durante la Guerra de la Restauración. Pero el Joaquín Balaguer presidente estaba actuando exactamente como lo que era: el representante de un poder conservador que prefiere la paz otorgada por potencias extranjeras como España o los Estados Unidos, antes que la inestabilidad propia de una nación que se hace poco a poco y con mucho esfuerzo a sí misma. Es decir, no hay que reprocharle nada a las fuerzas conservadoras que utilizan los mecanismos de manipulación propios de cualquier sociedad, sea esta conservadora o liberal (las religiones, la educación, los medios de comunicación, el poder político, etc.), puesto que las figuras liberales que han tenido la oportunidad de acceder al poder lo han hecho aliadas a esas élites conservadoras que nunca abandonan un poder que piensan les pertenece por derecho y debido a circunstancias históricas, además de que esas figuras liberales utilizan exactamente las mismas artimañas de esas élites y figuras conservadoras (“así es la política”, nos dicen ellos), en lugar de tratar de que los ciudadanos sean mucho más libres y sus instituciones muchos más fuertes, como pretendía el prócer Juan Pablo Duarte.

La República Dominicana ha sido invadida, colonizada, pisoteada, por imperios, monarquías, democracias, incluso por nuestro país vecino, por Haití. La independencia del país se logró no contra España, sino contra Haití, la primera nación negra de América en alcanzar su independencia. Pero esa independencia haitiana significó que, de inmediato, Toussaint Louverture se proclamara emperador de la isla de Haití. Que Henri Christophe creara su corte de nobles negros en La Citadelle, como se puede leer en “El Reino de este Mundo”, de Alejo Carpentier, o en una obra teatral de Aimé Césaire, o en “El Emperador Jones”, de Eugene O´Neill. Christophe construyó castillos y palacios, mientras su pueblo liberado se moría de hambre. Puede parecer una historia burlesca, que ha propiciado obras de teatro o novelas propias del realismo mágico o del realismo maravilloso, pero la realidad real no es tan agradable. Yo prefiero el realismo de Jacques Roumain en “Los Gobernadores del Rocío”, a lo real maravilloso de un Jacques Stéphen Alexis que nunca escribió novelas “real maravillosas”. Es decir, eso es literatura, imaginación. Christophe asesinó niños y mujeres en la parte oriental de la isla, así como Dessalines y Boyer invadieron más de diez veces el territorio de la parte española, que había obtenido su libertad del imperio español de forma pacífica. Con las consecuentes batallas y muertes que conllevaba cada penetración del ejército haitiano. La guerra no tiene nada de romántico ni de glorioso. Claro, esta realidad histórica no será nunca admitida por los falsificadores de la historia de siempre, puesto que Toussaint Louverture era un “líder negro que representa la libertad de todos los oprimidos”, disminuyendo a un terreno racial, étnico, un problema humano. Aunque no lo parezca, esa consideración entre comillas no es de carácter liberal, sino conservador.

La figura de Juan Pablo Duarte debe ser vista además como un faro moral, ético, en una nación que, en el último informe sobre corrupción de Transparencia Internacional, ha quedado en los últimos lugares del mundo. Siempre hemos sido gobernados por élites conservadoras; es hora ya, debido a que es evidente que esto no ha funcionado, de que la nación sea consecuente con el pensamiento liberal con el cual fue fundada la República bajo la tutela de Juan Pablo Duarte.

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