LA NARRATIVA DE MANUEL DEL CABRAL:

 

I- EL POETA INMORTAL:

 

Manuel del Cabral fue un gran poeta, uno de los poetas más importantes de América. Estando aún con vida, en Argentina, se habló de él como uno de los cuatro grandes poetas americanos, al lado de Rubén Darío, Pablo Neruda y César Vallejo. Gigantescas voces como las de Gabriela Mistral, Paul Eluard y Andre Gide testificaron acerca de la grandeza de la poesía de del Cabral. Su estatura de poeta se encuentra comprobada, sobre todo por la calidad indiscutible de libros como Compadre Mon, Chinchina Busca el Tiempo o Los Huéspedes Secretos, libros grandiosos y bellos aunque disímiles, lo cual comprueba que era un poeta ecléctico, de intereses variados. Se ha escrito mucho acerca de la poesía de Manuel del Cabral, aunque se ha hablado poco sobre su narrativa, notablemente más reducida que su obra poética.

Manuel del Cabral es, sobre todo, un poeta. Sus cuentos y sus novelas son más bien caprichos de poeta, inspiraciones desiguales, ocurrencias. Es, ante todo, un escritor de cuentos cortos. Quien se acerque a su obra narrativa se dará cuenta de que tres géneros acompañan lo que él llama “cuentos”: la alegoría, la fábula y la parábola. Vamos a definirlos los tres. La Alegoría es “una ficción por la que una cosa representa o significa otra diferente”. La Fábula es una “composición literaria en la que por medio de una ficción alegórica se da una enseñanza”, por lo que vemos que dentro de la fábula se encuentra también la alegoría, y la Parábola es una “narración breve, especie de alegoría, para ilustrar la respuesta a una pregunta o para infundir una enseñanza o moraleja. La narración suele ser sencilla, poco complicada y con personajes u objetos familiares”. Así es que notamos que las tres definiciones se encuentran unidas, puesto que la fábula y la parábola son composiciones alegóricas. Siendo rigurosos, los cuentos de Manuel del Cabral son esencialmente parábolas. Una de las características de la parábola es que, como nos dice Efraim Castillo en un artículo en el que, paradójicamente, alaba y a la vez desarma el libro “Cuentos Cortos con Pantalones Largos”, de del Cabral, “como recurso hiperbólico”, nos dice Castillo, “la parábola guarda una relación de interpretación entre el solipsismo y la intención de la enseñanza”. Las parábolas de Manuel del Cabral pueden ser calificadas como tal por cuanto el escritor no se propone contarnos solamente una historia, sino que intenta enseñarnos algo, dar una moraleja, como en una fábula a veces atroz; aunque esta moraleja intente ser misteriosa o inexplicable, el armazón del cuento, la forma en la que se encuentra escrito demuestra que, aunque no entendamos directamente cuál es el mensaje, sabemos que este mensaje se encuentra, por encima de una finalidad puramente literaria o formal. Como nos dice Anthony Burgess en el prólogo de una edición norteamericana de su novela “La Naranja Mecánica”, “cuando una obra de ficción no consigue mostrar el cambio, cuando sólo muestra el carácter humano como algo rígido, pétreo, impenitente, abandona el campo de la novela y entra en la fábula o la alegoría”.

Es posible que del Cabral entendiera la poesía y la narrativa como formas diametralmente opuestas de producir un texto literario. Un poema es un producto exclusivamente formal, cuya finalidad es el ser y el lenguaje; las palabras son como árboles o flores con las que se construye un bello bosque o un hermoso jardín; la poesía es, en esencia, belleza. Cuando pensamos en las cualidades poéticas que son intrínsecas a las demás formas de arte, siempre estamos pensando en función de esa belleza; cuando decimos que una película es “poética”, por ejemplo, nos referimos a su capacidad de transmitir belleza aun en sus escenas más bruscas o terribles. La narrativa es, y aquí debemos reiterar que especulamos acerca de lo que creía Manuel del Cabral, debido a las características de su obra narrativa, una forma de reflexionar acerca de la vida y la realidad. En esto coincide con Sartre o con Jean Luc Godard, el cineasta, con Susan Sontag o con cantidad de intelectuales de los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo XX; pero Manuel del Cabral escogió como forma narrativa la parábola, no el realismo o el naturalismo tan propios de los dominicanos; Efraim Castillo nos habla también de cierto surrealismo muy natural debido a que algún surrealismo trasciende en los poemas de del Cabral.

 

II- EL HACEDOR DE PARABOLAS:

 

Manuel del Cabral escribió una vez que había leído a Franz Kafka a los 82 años. Lo más probable es que esto no sea cierto. Conociendo los narcisismos del poeta, estamos seguros de que esto no es cierto. Dos escritores pueden ser considerados influencias directas de Manuel del Cabral: Kafka y Jorge Luis Borges. Precisamente las consideraciones de Borges acerca de Kafka pueden ser aplicadas a Manuel del Cabral: La elaboración en Kafka es menos admirable que la invención. El argumento y el ambiente son lo esencial; no las evoluciones de la fábula ni la penetración sicológica. En una narración con estas características (aunque esto ya no lo dice Borges), la alegoría es inevitable, así como la concisión y la brevedad.

Leamos, por ejemplo este cuento de Manuel del Cabral:

 

UNIDAD:

 

El hombre estaba solo y quería hacer algo. Hizo una jaula. Se metió en ella. Le puso candado y se tragó la llave.

Ojos llegaron. Bocas hablaron. Y el encerrado indiferente. Rescatarlo quieren y él los insulta. Se niega a ser uno. Uno libre… Es que el encerrado es la muchedumbre.

 

Este cuento parece sacado de dos de las narraciones cortas más famosas de Kafka: Un Artista del Hambre y Un Artista del Trapecio. Nadie entiende el sacrificio del trapecista, nadie entiende el sacrificio y el encierro del faquir. Manuel del Cabral trata de darle un final social a lo que en Kafka es pura angustia existencial, el absurdo de lo intolerable o de lo inexplicable. Pero en este caso, el cuento es inútil: Manuel del Cabral propone la adivinanza y también la solución. Kafka se queda en el misterio, mientras que Manuel del Cabral intenta explicarnos qué es lo que quiere decirnos.

Pero regresemos a las consideraciones borgianas. Recordemos lo que ha dicho: la invención es más admirable que la ejecución. La originalidad de la historia es más importante que la forma en que se encuentra escrita. No es necesaria la psicología de los personajes, puesto que son estereotipos que sirven simplemente para transmitir un mensaje; esos personajes, instrumentalizados, se encuentran corrompidos por el autor, que no los transmite al lector como seres humanos sino como marionetas que sirven a una finalidad que no es estrictamente literaria. Sus personajes no existen como seres reales, sino como invenciones, como productos exclusivos de su imaginación: el avaro del cuento “El Centavo”, por ejemplo, uno de sus cuentos más conocidos, no es un ser real, con peso físico, sino que intenta representar a todos los avaros del mundo, y su único rasgo psicológico es su avaricia; los felinos de su cuento “Amarillo Rayado por la Noche”, no son tigres reales, entendemos que representan otra cosa, y se parecen también a aquellos tigres kafkianos que por su terquedad en beber agua del templo fueron incluidos en los ritos religiosos. Esta necesidad de representación tiene mucho que ver con la propia personalidad del autor, y realmente no es una virtud sino un defecto, y más que un defecto podríamos calificarlo como una carencia. Por cuanto en muchos de los cuentos de Manuel del Cabral el mensaje puede ser dicho directamente, no ocultado alevosamente, y eso es funesto en Literatura.

 

III- LAS PARABOLAS Y LA DIVINIDAD:

 

Porque Jesús las utiliza constantemente en la Biblia, se piensa que las parábolas tienen carácter divino. La mayoría de los profetas bíblicos conversan en parábolas, y en el Corán notamos que Mahoma hace lo mismo. Platón las utilizó, a través de él suponemos que Sócrates también lo hizo. El carácter bíblico de las parábolas, por lo menos para nosotros los occidentales, se encuentra en su propia condición alegórica: toda la divinidad, todo El Verbo con mayúsculas, que es Dios, parece siempre querer insinuarnos otra cosa; al final todo lo que ocurre parece que fue escrito por Dios, sencillamente porque no sabemos exactamente qué es lo que Dios ha escrito. Pero Jesús utilizaba estas parábolas para explicar, en medio de una sociedad de pescadores, campesinos, pastores analfabetos; el Cristo intentaba transmitir a sus discípulos una enseñanza profundísima que ellos no podrían entender de otra manera. La parábola se ha convertido en el género predilecto de los escritores religiosos, sobre todo cristianos. Al final, Jesús llevaba a sus discípulos hacia la luz, mientras que la intención de Manuel del Cabral es absolutamente la contraria: intenta oscurecer lo que puede ser dicho directamente.

Es difícil estar en desacuerdo con algo escrito por un autor tan importante, por un poeta tan enorme. La grandeza de poeta de Manuel del Cabral lo llevó a cometer un error que compartió con Pablo Neruda y Jorge Luis Borges al final de sus vidas: publicar todo lo que escribía. Porque entre la maraña de cuentos cortos con sus moralejas evidentes, encontramos algunos verdaderamente geniales, productos de un azar que solamente les ocurre a los grandes escritores, destellos que demuestran que Manuel del Cabral debió abandonarse al misterio, debió entender la narrativa de la misma forma en que entendía la poesía, dejando a un lado su obsesión por el mensaje, dejándose llevar por la imaginación y la invención puras. Sus cuentos han envejecido mucho más que su poesía precisamente porque su narrativa no llega a la altura de sus poemas. Manuel del Cabral no tiene una sola obra narrativa que llegue a la altura de Compadre Mon, sinfonía compleja y perfecta a nuestra tierra, a su inacabado lenguaje, a una forma que representa una identidad, una personalidad, una idiosincracia dominicana, caribeña y americana.

DEL CABRAL

 

IV- LA INUTILIDAD DE LA ACADEMIA:

 

El arte, en este caso la Literatura, se resiste a toda clase de preceptiva. Lo académico es inútil. El arte no puede ser explicado. El lector, el gran olvidado, es al final quien tiene la última palabra. Ni el crítico, que es un lector interesado y prejuiciado debido a su excesivo conocimiento y a su voluntad de criticar, ni el analista, ni el investigador. Los cuentos de Manuel del Cabral han envejecido, porque al final, de todas las estéticas, la más provechosa es la kantiana, debido a su extraordinaria sencillez y pragmatismo: lo que es bueno o malo, en un sentido estético, por supuesto, depende del gusto individual, y cuando ese gusto se convierte en colectivo y atemporal, entonces nos encontramos en presencia de un clásico. Pero, nos preguntamos, ¿por qué esta necesidad de representación en Manuel del Cabral, por qué esta obsesión con que el cuento signifique otra cosa, o algo más, de lo que simplemente se lee? Escuchemos la explicación, ya vieja, de Jean Paul Sartre. Para Sartre, la pintura, al igual que la música y la poesía, son un fin en sí mismo, son objetos artificiales, existen casi en sí mismos, dependen sólo del ser. Una silla en un cuadro no representa una silla, la silla de un cuadro no nos lleva a pensar en otra silla fuera de la pintura, en la realidad; en la medida en que nos concentramos más en la silla de la pintura, y nos olvidamos de las sillas reales, el pintor habrá cumplido más cabalmente con su cometido. Lo mismo puede decirse de la música: escuchamos una sinfonía sin preguntarnos cuál es su significado, qué habrá querido decir el compositor, simplemente nos gusta o no nos gusta, nos emociona o no. Y no debe haber ninguna vergüenza cultural en no emocionarse ni siquiera delante de las grandes obras, porque en eso reside la diversidad del arte. Pero para Sartre la narrativa cumple un papel diferente: las palabras, siempre, representan algo más, una casa verde leída en una novela nos lleva a imaginarnos una casa verde en la realidad. Por eso la narrativa y la cinematografía, que implica también una narratividad, están condenadas a reflexionar sobre la vida y la realidad, como dijo el cineasta Jean Luc Godard, por su característica representación. El problema es que las novelas cuentan una historia, y esa historia puede ser más interesante que la forma en que se encuentra narrada. Pero una cosa es que las palabras representen algo en la realidad, y otra muy diferente es que toda la historia represente algo más, represente otra cosa y se convierta en una alegoría. ¿En qué otro lugar hemos escuchado algo como esto? ¿Quiénes escriben de esa manera? Pues Mellville, por ejemplo, cuyo “Moby Dick” quiere decir otra cosa, contiene resonancias religiosas y pesimistas; Hawthorne, un fanático religioso que también, como Manuel del Cabral, decía las soluciones de sus cuentos; Kafka, que fue un simbolista tardío. Y en esas palabras se encuentra toda la clave de las parábolas de Manuel del Cabral, puesto que narrativamente fue un simbolista, sólo que es posterior, en casi un siglo, a Mellville y a Hawthorne. Manuel del Cabral fue un simbolista, pero no uno religioso como Jesús, Mellville, Hawthorne o Kafka, sino un simbolista social, pretendidamente humanístico, en un tiempo y en un país que nunca fue simbolista y que nunca se ha preocupado, ni antes ni después, por esta clase de simbolismo narrativo.MANUEL 1

Manuel del Cabral no fue un gran narrador, pero sí un buen narrador, cuya narrativa es interesante pero defectuosa. Ahora bien, el gran poeta Manuel del Cabral no puede ser tocado. Se encuentra más allá de cualquier crítica, de cualquier denostación: es, por lo tanto, un clásico, se encuentra sacralizado. Su poesía le pertenece ya a toda la humanidad, aunque la humanidad es veleidosa, y nos atrevemos a criticarlo solamente en el aspecto narrativo. Nos hemos permitido algún cinismo o alguna ironía porque hablamos de sus cuentos, no de su poesía.

Para terminar, vamos a reiterar sus destellos de genialidad, con un cuento extraordinario llamado paradójicamente “Parábola 2000”, puesto que es precisamente uno de los relatos menos parecidos a las demás parábolas que escribió, en el que se olvida un tanto del mensaje y se concentra en la invención, independientemente de su finalidad pedagógica.

 

PARABOLA 2000:

 

El explorador se extravía. Llega a un desierto. Duerme sobre piedras y hormigas de fuego. Pero a dos leguas violadas por sus sandalias encuentra un oasis. Allí espera orientarse.

         Mientras, arena, piedras, hormigueros y viento lo acorralan de vaticinios cada vez más oscuros. De súbito una lejana bandada de pájaros le levanta su esperanza, y siguiendo las aparentes aéreas huellas de aquellas aves abandona enloquecido el oasis.

         Pero apenas camina un kilómetro, cae debilitado, alucinado y febril sobre la ardiente arena. Al amanecer el hambre cruel e irreversible ha comenzado. Se desnuda. Toma su hacha y su cuchillo, y como un carnicero que debe alimentar su propia vida, inicia su autoabastecimiento, su destrozo anatómico.

         Comienza por sus extremidades.

 

 

 

 

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