2 cuentos de Altagracia Pérez:

Los cuentos de Altagracia Pérez abordan temas que son escasamente tratados por los escritores de nuestro país. Ella nació en Santiago Rodríguez, en la Línea Noroeste, y sus cuentos se encuentran ambientados en ese específico espacio rural, aunque ella no lo comente, o en los barrios urbanos marginados formados por emigrantes de las zonas rurales, con toda su carga de miseria, de desarraigo cultural, con toda su realidad caótica e interesante. Todos sus cuentos se encuentran enmarcados en este ambiente mezquino, desolador y desventurado.

Si algo define a estos cuentos de Altagracia, si algo los comunica, sería cierta cualidad poética parecida, pero de ningún modo extraída, a la de los dos libros de Juan Rulfo. El cuento “Bajo la Lluvia”, por ejemplo, apenas cuenta una historia, puesto que es más bien la definición de un personaje, con un lenguaje que lo convierte en opaco y esquivo, casi intangible. Contado en segunda persona, se encuentra alevosamente escrito en clave poética, de manera que la historia cede a las palabras, y a veces es más importante cómo se encuentra escrito, que la historia en sí que se narra, a pesar de su final sorprendente.

Para los que han leído “La Pasión de Mallías González”, antologado en varias ocasiones, no será una sorpresa la historia desdichada de esa familia venida del campo, instalada en un barrio periférico de la ciudad de Santiago, la historia poderosa de ese retrasado mental que vive en su propio mundo, aunque ese mundo sea, por supuesto, terrible. Puesto que dos cuentos pueden ser descontextualizados de este pequeño libro, cuentos que a su vez presentan puntos en común: el ya mencionado “La Pasión de Mallías González”, y “Fin de Semana”: ambos suceden en barrios marginados, sus personajes han emigrado del campo, y ambos tienen un signo trágico que completa la historia.

Los demás transcurren en zonas rurales: están escritos de forma diferente, enfocados de forma diferente; a pesar de que sus personajes no son individuos felices, la poesía de su lenguaje es, a veces, más importante que la historia en sí. En los dos cuentos ya mencionados, se narra abiertamente, y el lector podrá encontrarse con varias imágenes muy bellas, pero la historia es tan vigorosa que olvidamos por completo su forma. En los cuatro restantes (debemos recordar que la infancia de Altagracia transcurrió en el campo, entonces estas historias le llegan, quizás, difuminadas por el recuerdo) el lenguaje y la evocación, cierta melancolía y cierto candor, cierta ternura hacia los personajes en medio de tanta dureza, de tanta tristeza, reflejan la nostalgia de la autora por un tiempo y un espacio que ya ha abandonado, es posible que definitivamente.

Quiero también llamar la atención del lector en el hecho de que la mayoría de los personajes importantes de este libro son mujeres, y que esta preponderancia femenina presagia la inclusión de Altagracia en cierta literatura escrita por mujeres que responde a los intereses de su propio género, a su problemática y a su marginación, que despierta en toda América Latina, aunque no sé si, todavía, podríamos hablar de felices resultados. Futuros trabajos creativos demostrarán el compromiso de la autora con esta temática, con este “ojo femenino” con el que se ve la vida. A pesar de que sus cuentos pueden dar la impresión “de que los estamos leyendo como a través de un cristal”, como se le objetó en algún momento a Virginia Woolf, son completamente sinceros, auténticos, salidos de una experiencia o un dolor, y, más importante aún: son diferentes. En un tiempo literario en el cual todos escriben lo mismo y todas las historias se parecen, este logro, que se manifiesta de manera natural en ella, no es poca cosa.

Siempre es agradable saludar un primer libro. Que ella me haya escogido a mí para representar este papel, me enorgullece profundamente. Al mismo tiempo, cuando varios escritores jóvenes le piden a uno que prologue sus libros –me ha ocurrido dos o tres veces ya –significa que, lamentablemente, uno empieza a madurar, empieza a envejecer. Pero está claro que éstas son sólo algunas escuetas palabras de apoyo y presentación. Espero que Altagracia, mi gran amiga, aprecie la Literatura con la seriedad y la entrega, con la pasión obsesiva que toda actividad que le da sentido a nuestra vida se merece.

MÁXIMO VEGA-2007

portada 4

 

Bajo la lluvia

 

¡Nonona, no te sentarás más en la calzada del frente! ¡No! Los niños no contemplarán más tu garganta abultada,   tus maldiciones  que espantan y esta lluvia que no cesa,  como jarina lenta cae sobre las aceras, sobre una tarde que va mordida, porque un estallido de luz rojiza va hiriendo su paso sobre los tejados y las canas ensopadas, que filtran chorritos de agua sobre tu cama llena de muñecas de trapo y  de cántaros

Y  pronto entra  la noche y tú sola debajo del alero, tan obstinada, en este pequeño espacio de tu morada, presenciando las nubes como rastros de heridas sangrientas  que deshacen el horizonte, porque celebras junto al chillido de tus amigas que el Sol y la lluvia hacen pareja, porque también harán del Sol su marido, pero todo es oscuro sobre este vecindario de palmas retorcidas y cubiertas de canas.

– ¡Lo que nos corresponde! ¡Hemos comprado un rancho en este pueblo, casi al final del río!

En torno a este poblado tan pequeño, puro enjambre de murmullos sobre tu cabeza, que dice: ¡Anda, entra, Nonona, no quiero que nos asustes, ya! No cruces el frente de nuestra calzada, que todos temen verte caminar bajo la lluvia, con ese vestido negro hecho jirones.  ¡Ya, no cruces el frente de nuestra calzada!

De chismes cuando se cierran las puertas y las ventanas, es que temen cuando la noche cae, y la noche y tú no tienen miedo, con ella fabricas  secretos, pero la muerte  violenta a la noche: ¡Anda, Nonona, vete que ellos te odian,  temen verte caminar bajo la lluvia, con esas flores de campanillas moradas y las de cayuco, que trajiste del monte!

¿Y el paraguas  que hicieron añicos los años?! Pero, ya los niños ríen.

– “! Es Matarile!” “! Roba La Gallina!” ¡Vete, no aparezcas por esta casa,  no cruces nuestro frente! Tampoco permanezcas sentada que no soportaremos tu lengua morada ni tu mirada sin fondo. ¿Dónde escondiste los resguardos, las pócimas que te trajiste de tu último viaje?

Tienen miedo, lo sé, esa lengua se revuelve incisiva en tu boca desdentada….

-¡Yo la ví, ella chupa la sangre de los niňos!  Justo donde escondió el paraguas, también escondió las pócimas y los resguardos al lado de una escoba que guarda santiguada, la que hizo de los charamicos,  que trajo de los montes y las praderas, en noches donde conjuraba junto al silencio.

La muerte ahora absorbe a la noche, que nadie sepa que te consume, que te atrapa, y tu sola, con cuajarones de sangre junto a la saliva que va resbalando de  tu boca. ¡Que te asfixia, que te estrangula, sin que nadie te tienda la mano! ¡Muérete, Nonona! No  molestes más a los niños, no te queremos más por estos lugares.

-¡Ah,  desde esa tarde, cuando el sol y la lluvia hicieron de mí su novia,  supe que ser bruja era el mejor de los sueños…! ¡Esta tarde también es perfecta,  me caso con la muerte bajo la lluvia!

 

 

                                   

Un muchacho llamado Higinio Torres:

 

A Higinio Torres lo conocí una tarde de julio, en una guagua de esas que vienen de la Línea Noroeste y ascienden por la avenida  que nos conduce al centro de la ciudad de Santiago. A sus quince años, Higinio Torres lucía ya el semblante y los bríos de un joven de veinte.

Era rubicundo, y llevaba las ropas remendadas, por lo que no le dio vergüenza pedirle dinero a la gente que ansiosa y apretujada esperaba cada parada para desmontarse. Con descaro inquietante se había conducido, desde que de un salto había arribado a los pasillos de la guagua, y estacionado en el centro, gritó que estaba recolectando dinero para hacerse una operación y convertirse en  mujer.

La gente que luchaba por mantenerse estable ante las sacudidas que ofrecía el ritmo veloz que llevaba la guagua, se apretó más nerviosa a sus pertenencias, creyendo que el recién llegado era un ladrón. El cobrador, al ver la expectación de la gente, forcejeó con Higinio para sacarlo del vehículo. Pero Higinio se resistió, y empujando al cobrador volvió a exclamar con saña: “!Es que no entienden que quiero ser una mujer!”.

Al fin el cobrador logró sacarlo. La gente no salía de su asombro. No entendían lo que estaba pasando. Unos ancianos que venían a mi lado inquirieron rezongando que si el muchacho se estaba poniendo loco o era el fin del mundo. Yo no dije nada.

Más tarde, lo vi en una actividad cultural. Higinio otra vez avanzaba resuelto en la multitud y con sus ropas sucias y remendadas,  y su mismo descaro inocente, intentó enseñarle al público allí presente que ya había logrado hacerse la operación y que necesitaba más dinero para continuar con el proceso. La organizadora del evento, ayudada por un guardián, logró callarlo y expulsarlo del escenario. La gente otra vez no entendía. Algunos preguntaron si era un loquito salido del manicomio. Otros simplemente se echaron a reír, porque un muchacho exclamaba: “Qué plumerío, cuántos pájaros, señores”. Yo no dije nada.

Seis mese después lo volví a ver por las callejuelas cercanas al mercado principal, hablaba de su proeza, de su recién operación de transexual. Estaba sucio y tenía los cabellos en desorden, y un grupo de hombres lo rodeaban. Se reían a carcajadas del muchacho. Uno de ellos, con gesto petulante, e intentando confirmar su hombría delante de los demás, lo ridiculizaban y lo retaban a bajarse los pantalones, para comprobar si era verdad que era hembra.

Higinio, aunque vestía pantalones y camisas mangas cortas, ya ostentaba el aire de las hembras postizas, y con aire de princesa ufana, rió burlón, retando a todos aquellos varones a que comprobaran si no lo hacía mejor que cualquiera de las mejores prostitutas de esos alrededores.  Los hombres volvieron a pedirle que se bajara los pantalones para contemplar los resultados de la mencionada operación. Higinio, en una muy lograda pirueta de coquetería femenil, se bajó los pantalones, pero en vez de enseñarles la parte delantera, les enseñó las nalgas.

Uno de ellos pareció no poder resistir la osadía del muchacho y de una sola patada lo derribó. Otro no resistió la emoción que se desprendía del grupo enfurecido y le entró a golpes al delgado cuerpo que yacía en el suelo, mientras gritaba enfurecido: “¡Toma por mariconazo!” y los demás lo animaban con risas y palmadas, como si contemplaran una pelea de gallos. El primero que lo había golpeado se abalanzó a tantear las ropas del herido, para ver si tenía dinero. Inmediatamente se escuchó a un policía de tránsito acercarse corriendo, en tanto preguntaba con vozarrón de mando: “¿Qué es lo que pasa aquí?”

Mucha gente se había acercado, agolpándose en torno al herido. Los implicados se asustaron y aseguraron nerviosos: “Na’, este hombre homosexual, convidando a hacer cosa mala. ¿Uté ha vito capitán, tan chiquito y ya un aqueroso?”

-¿Y quién fue  que le dio? – se apresuraba el policía a preguntar, al mismo tiempo que ayudaba a levantar a Higinio, que tenía la boca llena de sangre y se recogía los pantalones sucios.

Algunos intentaron explicarse con excusas, y aprovecharon para argumentar que él estaba de sinvergüenza bajándose los pantalones, por lo que querían darle una buena pela para que no molestara a la gente decente. El policía hizo que la gente se dispersara. Yo también corrí asustada, y escuché al final cómo el policía, después de amenazar con encerrarlos en la cárcel si lo volvían a hacer, entre risotadas sugería: “¡No, hombre, no, no jodan ustedes; dejen tranquilo a ese pobre loquito, que lo único que busca es ganarse la vida ayantando a la gente!”

La última vez que vi a Higinio, iba en la parte delantera de un carro de la ruta A. Su pelo estaba como siempre, sucio y despeinado. Aunque el carro pasó a gran velocidad cerca de mi, creí ver en sus ojos una sombra que enturbiaba su frescura, una sombra parecida al dolor, a la locura. Supe luego por un noticiero que su padrastro lo había violado en una noche de tragos.

De Higinio Torres supe también que lo había matado un camión, en una de esas noches que deambulaba drogado por las calles de la ciudad.

 

 

ALTAGRACIA PEREZ PYTEL nació en la provincia de  Santiago Rodríguez,  perteneciente a la región de la Línea Noroeste, República Dominicana. Es egresada de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), con un Secretariado Ejecutivo Español;  y Bilingüe mediante el “Advanced English  Program” del Centro Cultural Dominico Americano y de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), con una Licenciatura en Comunicación Social, mención Periodismo. Ganadora del Primer Lugar  del XII Concurso Literario Alianza Cibaeňa en el Renglón Cuentos con su libro “A Mitad del Sendero”, año 2007. Además obtuvo la Tercera Mención del XIX Concurso de cuentos Radio Santa María, con “La Cid OLYMPUS DIGITAL CAMERACampeadora”, 2012. Cuarte mención en el mismo concurso, año 2013, con “Mi belly dance”. Cuentos y poemas de su autoría pueden ser leídos en la antología de Cuentos “Para Matar la Soledad”, Ediciones El Bolsillo, Taller de Narradores de Santiago, año  2000. La antología “La Creación Interiorista”, por Bruno Rosario Candelier, Ateneo Insular, año 2001. La antología de Jóvenes Poetas Dominicanas “Safo”, Ediciones Ángeles  de Fierro, año 2004. La antología “El Cuento Contemporáneo de Santiago”, Ediciones Ferilibro, año  2005. La antología de cuentos “Y éste era el Principio”   y  “Caleidoscopio”, Taller de Narradores de Santiago, años 2010 y 2013 respectivamente. Ha sido profesora de inglés y redactora del periódico Listín Diario, en sus revistas Ritmo Social y Oh! Magazine; asimismo,  para la revista  automotriz Makinas y las revistas literarias Mythos y CriticArte. Desde el año 2008 reside en Eslovaquia.

 

 

 

 

 

 

 

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