Caribeñismo / canibalismo: la vuelta de la esquina y la narrativa breve en un libro

Por: Mario R. Cancel/Escritor y Profesor Universitario

 

Marilyn Bobes, Pedro Antonio Valdez y Carlos Roberto Gómez Beras han tenido la difícil responsabilidad de antologar estos textos polifónicos. Cuando el lector se enfrenta a este tipo de muestra colectiva, lo esencial es buscar las consonancias y las disonancias entre los discursos múltiples de los autores. La tarea no es sencilla, pero vale la pena intentarlo.

 

Varios elementos saltan a la vista de una lectura cuidadosa de estos relatos. El lector se dará cuenta de inmediato del carácter urbano de las tensiones que reflejan. La etnicidad, un problema crucial en la escritura del 1970, está fuera de la discusión. La caribeñidad ha sido tomada por asalto y parece un asunto resuelto. Sin caer en los abarrocamientos de cierta narrativa de la magicalidad, tan sintomática de otro momento de la literatura hispanocaribeña, estos narradores llevan la palabra escrita dentro de las rutas de una oralidad transparente.

 

los nuevos canibalesEn los cuentos la aproximación monologada predomina. El monólogo termina siendo una afirmación de la soledad radical. Es como si los personajes se hubiesen quedado sin interlocutor y se viesen en la necesidad de “insiliarse” para construirse. En cierto modo, “estos no son gente que busca ni descubre respuestas probables.” Si bien esa tendencia es patente en la voces dominicanas y cubanas, pienso en los reveladores textos de Pastor de Moya y Aida Bahr como modelos; la muestra puertorriqueña no está carente de ello. En el relato de Daniel Nina “Down in the lower deck”, Charlie se convierte en el centro emisor que todo lo enjuicia mientras todo parece victimizarlo.

 

En ese juego de la voz sola, los silencios, las soledades e incluso cierta voluntad de huir se hace evidente. El caso del relato de José “Pepe” Liboy resulta obvio cuando el personaje, en su monólogo interior, insiste: “Era martes y estaba escapando, eso lo notaba todo el mundo”. Esta no es una huida cobarde. Se trata de la única salida ante una realidad que no deja de ser mucho más fuerte que el personaje. La huida es una forma de la supervivencia pero también una forma de la conspiración.

 

La pregunta es ¿de qué se huye? ¿Qué cosas tratan de evadir estos personajes? Y las respuestas son tan variadas como las voces. En numerosas ocasiones se evade el rutinarismo de un orden cotidiano ritualizado por el capital y la racionalización. El personaje femenino de “Hansel y Gretel” de Máximo Vega con sus sorpresivos afanes necrofílicos es un ejemplo. En otras se intenta quebrar un orden vital que no se desea porque nadie podría ajustarse al mismo. Ese es el caso de “Ni la muerte lo quería” de Miguel Ángel Gómez; y de ciertos personajes de “Los malvados” de Santiago Gutiérrez—Campo, en especial el del joven que observa el espectáculo de Hog dejándose golpear por dinero.

 

Esa realidad, dura como una espina, produce personajes compulsivos. La figura del escritor, en el relato de Luis Martín Gómez titulado “Ninguna huella,” quien pretende borrar toda señal de poesía con su piromanía, es un buen ejemplo. Este es un ser sicológicamente enfermo que posee una personalidad quebradiza que no puede tolerar la realidad del olvido de todos. En “El señor de los relojes” de Rafael García Romero, el proceso es doble. Si endeble es el personaje del observador, otro homúnculo de poeta, nada le envidia el coleccionista de relojes, el Cronos que ha inventado dentro de su habitación de manecillas. Olvidado de que el tiempo no es el reloj que lo marca sino otra cosa ficticia, estalla la crisis cuando la máquina de hacer tic tac cae al suelo.

 

Una natural resistencia al orden y a toda estructura temporal es la que marca a los protagonistas de Liboy y Nina y la que, de un modo u de otro, caracteriza muchos de los personajes que pululan por este libro manufacturado a la medida de los olvidos y las transgresiones. Me temo que las circunstancias en que se han ido construyendo estos relatos, las décadas de 1980 en adelante, han marcado de una manera definitiva la narrativa antillana del mismo modo que ya lo había hecho con su poesía.

 

La mirada que se echa sobre el tiempo parece producto de una pesadilla. El retorno ritual —impuesto sobre una cotidianidad horrorosa— se manifiesta como una mácula. Parece que la idea de que el ser humano siempre se encuentra en el mismo lugar, condenado a dar vuelta sobre su propio eje, se hubiese impuesto en la preocupación de estos cuenteros. En Ángela López Borrero, la temática de “Dios con nosotros” le permite jugar con la idea del sexo ritual —sexo mágico con la divinidad lúdica o humana masturbación— ante el mito de Abram y Agar. En “Love story” de Abel Prieto, barrio y derrota —entendida como pérdida del poder— dentro de una sociedad jerárquica fuerzan la vuelta al origen. Leonardo Padura traduce una cotidianidad poco común en “La muerte feliz de Alborada Almanza” para darle el matiz de liberación y sublimidad erótica a ese viaje último. El mulato y el aroma del café que ofrece el cielo, casi cielo coránico, justifica el desprendimiento de una materialidad lastimosa.

 

Una sensación de náusea se siente detrás de buena parte de estos relatos. En “Dedos en forma de cáliz de flor” de Eduardo Pérez Chang, la alusión al mito de Jacob, al mundo del sueño y al asco predomina. Lo mismo puede decirse de la historia de Julio Adames, “Unos gatos empujan la pared”. Aquí necesidad y desmoronamiento moral van de la mano. El anuncio es concreto desde la embocadura cuando el autor sostiene: “Tal parece que todo está podrido, muerto, sucio de sombra”. No hay transparencia en aquel mundo donde el simbólico bestialismo y el mundo ficticio de la pornografía se entrelazan. L@s nuev@s caníbales es un panorama excepcional de la cuentística caribeña reciente. Estos autores de las Antillas hispanas apalabrados sin saberlo, demuestran que la semilla de una literatura nueva ha germinado, definitivamente, en las Islas.

 

 

 

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