Cuento de Máximo Vega:

EL AZAR:

 

Al no tener una muñeca con qué jugar, y ya la maternidad pulsando terrible en el corazón de las huérfanas, las niñas más despiertas habían escondido de la monja la muerte de una de las chicas. Guardaron el cadáver en un armario hasta que salió la monja, y jugaron con la niña muerta, le dieron baños y comiditas, le impusieron un castigo solamente para después poder besarla, consolándola.

Clarice Lispector.

 

 

         Nayib  miró la calle morosa del mediodía, el contén y la acera deteriorada. Se dio cuenta de que una miríada de hormigas caminaba hacia él, en fila india como siempre hacen las hormigas, siguiendo ciegamente a la obrera adelante. Era incómodo percatarse de que la fila lo alcanzaría con rapidez y se le subiría por el pantalón; era desagradable no poder moverse para apartarse, o manotearlas o lanzarles tierra para enterrarlas. Hubiese sido feliz practicando la simple crueldad de tomar una hoja enrollada de periódico para agitar el aire, aterrorizarlas pisando los soldados colorados con las pinzas enormes levantadas, crear un minúsculo caos asesinando a varias decenas de obreras. Recostado como un motete de la pared de la tienda de ropa para niños, tratando de llamar a su hermano que lo cuidaba desde lejos, por lo menos desde la esquina –y en estos momentos no puede ver a su hermano sentado sobre la lata vacía de salsa de tomate habitual; se encuentra orinando quizás, o enamorando sin futuro a la piperita que estaría dispuesta a acostarse con él por cien pesos- se da cuenta, como lo ha hecho innumerables veces, que está solo. Pero Nayib no se da por vencido. Trata de moverse (no puede) pero no se da por vencido. Sopla hacia el suelo (Nayib está sentado junto a la pared con el jarro de aluminio a su lado, en el que la gente echa la limosna por lástima, por fe o espanto, lo que significa que se encuentra muy cerca del concreto de la acera), pero el aire no puede alcanzar a las hormigas; escupe, pero la saliva le cae sobre las piernas desnudas e inservibles. Así que Nayib cierra los ojos, piensa, se concentra: Si Dios quiere, y sé que Dios querrá, por qué no va a querer, las hormigas se irán para otro lado, con la ayuda del Señor. Eso es no darse nunca por vencido.

         Antes, cuando él y su hermano vivían con su madre, tenían otra hermana que era bonita y rubia aunque algo escuálida, y él jugaba con ella a que estaba muerto. Las amigas de su hermana le movían el cuerpo que no respondía, y Nayib, para no contrariarla (él la amaba mucho), cerraba los ojos y casi no respiraba, aunque esto le resultaba dificultoso, de modo que las niñas vecinas podían jugar con el muertito como si fuese un muñeco flaco, un maniquí, a veces lo desnudaban y lo bañaban, lo cargaban entre todas, lo pinchaban con tijeras y agujas de coser, lo vestían de nuevo, lo acostaban en la cama de guate y le daban besos de niñas, ingenuos, no dirigidos a él sino a lo que ellas pensaban que representaba, al juguete, a la marioneta, pero besos al fin y al cabo. Llegaba su hermano y sacaba a las vecinas de la habitación, le reprochaba a su hermana que permitiera que lo mataran, lo acostaran, lo arroparan, a veces lo vistieran de mujercita. Cuando su madre se marchó a vivir para siempre a la capital, se llevó con ella solamente a la niña y los dejó abandonados a ellos dos, a su hermano de catorce años y a él de diez; quizás a su madre no le gustaban las continuas discusiones con su hermano, que era áspero, orgulloso, zamuro, tosco. De modo que hacía mucho tiempo que no veía a su hermana, que quizás extrañaba los juegos atroces con el niño muerto que repentinamente abría los ojos, pensando que nadie lo miraba, y las vecinitas se asustaban con el cadáver que había revivido como un zombi, o el muñeco de trapo que se volvía niño de pronto, como un Pinocho de trapo.

         Las hormigas se desviaron de repente, no llegaron a subírsele a las piernas. Antes había logrado esto: una cucaracha en la casa hacia su cara, un mosquito que chupa la sangre de un muslo. Vuela, mosquito, y el insecto salía volando hacia otras sangres; Muere, cucaracha, y su hermano llegaba y mataba el bicho a chancletazos. Su hermano, callado y hosco, esta vez le sonreía: Por poco te cae arriba, suerte que yo llegué, le decía, y le acariciaba el pelo, siempre el pelo porque si le tocaba el pecho no lo sentía, ni los brazos, ni las piernas, solamente sentía la piel del cuello, de la cara, el cráneo a través de los cabellos, las lágrimas cuando recordaba a su madre y a su hermana (bueno, un poco de melodrama no le hace daño a nadie, además de que esta es la pura verdad).

         Nayib creía que las cosas que deseaba siempre se hacían realidad. Así que trataba de imaginar cosas pequeñas, mínimos apocalipsis, para no quebrar el hechizo, la posible ilusión. Era feliz pensando que las cosas sucedían porque él las anhelaba (una moneda que lanza un aprendiz de filántropo, por ejemplo, parece que caerá fuera del jarro pero al final, gracias a que él lo quiere, se voltea en el aire y desciende hasta el aluminio; está nublado y va a llover, desea que no caiga el vendaval hasta que su hermano no llegue con él cargado al barrio y a la casa, y se desparrama la lluvia cuando ambos se encuentran dentro del barracón). Otras veces recuerda que por culpa de su hermano se marcharon hasta nunca su hermana y su madre, y desea con fervor que caiga la lluvia en el camino, aunque eso signifique que él también se mojará, o pide que la piperita delgada como una línea no le haga caso aunque ya tenga ahorrados los cien pesos, y así sucede, de forma invariable. ¿Es posible que Nayib posea algún don; es decir, ya que no puede mover el cuerpo, que se le hubiese concedido alguna clase de bendición?

         Nayib pensó entonces que debía practicar sus deseos en empresas más grandes, más riesgosas. Algo importante demostraría si tenía o no algún tipo de poder especial. Pensó: Voy a desear que se muera mi hermano. Sin él, mamá volverá, acompañada de mi hermana, aunque sobre su madre los vecinos dicen que no va a regresar porque vive con un hombre feo que trabaja en los muelles, llevando todos los días a su hija a la escuela pública, en Gualey, y yéndola a recoger de nuevo al mediodía. La niña rubia que ha crecido tanto (él no puede crecer, se encuentra aún a la altura del muñeco de trapo que era antes), que ya está hecha una señorita, con la mochila en la espalda y la pregunta en la boca que nunca se atreve a pronunciar: ¿Yo no tuve hermanos alguna vez, dos de ellos, uno muerto, el otro alto, o fue sólo un sueño que tuve de pequeña, o una pesadilla?

         El accidente sucedería como sigue: al cruzar la calle detrás de la piperita, que siempre lo esquiva, a su hermano lo atropellaría un automóvil. Lo haría de forma terrible y lapidaria, de manera que no pudiese sobrevivir, así tampoco padecería luego en la acera o en el hospital. Se imaginó la marca del automóvil, la hora del día con la calle vacía y soleada, los gritos destemplados y ridículos de los peatones. La cabeza destrozada debajo de una llanta, una sonrisa en la boca a pesar de todo, detrás de la sangre. La escena tan real, tan satisfactoria. Y sin embargo tan fácil, como decirle a una hormiga obrera: Apártate, aléjate, no vengas hacia mí, te puedo hacer daño.

         Pero entonces, ¿quién mataría la cucaracha, quién lo movería? ¿Quién levantaría una cuchara hasta su boca? Cerró los ojos: si no respiraba era un cadáver, si no sonreía, si no movía el cuello. Nayib sintió en el  cráneo la caricia de su hermano: No me asustes así, nunca, nunca te hagas el muerto delante de mí, tú eres lo único que me queda. Su hermano pudo ver a la adolescente adicta que lo llamaba con la mano desde la acera de enfrente. Estaba tan entusiasmado que cruzó sin mirar, a esa hora de calles vacías, sin esperar algún auto a alta velocidad. Llevaba los cien pesos en la mano derecha. No empezó a caminar hasta que no le dio un beso a Nayib. Era raro en él ese gesto. Le dio el beso en la mejilla, encima del cuello, para que pudiese sentirlo.

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Máximo Vega nació en el año 1966, en Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Ha publicado los libros: “Juguete de Madera”, “Ana y los Demás”, “La Ciudad Perdida”, “El Final del Sueño”. Ha sido premiado en varios concursos nacionales, en los renglones de cuento, ensayo y novela, y ha sido antologado nacional e internacionalmente. Su obra ha sido traducida parcialmente al inglés, al alemán, al francés, al italiano y al polaco. En el año 2000 el Taller Literario Virgilio Díaz Grullón de la extensión de Santiago de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (CURSA-UASD), lo reconoció como el Joven Intelectual del Año. En el 2002 obtuvo el Premio de Ensayo sobre los 200 años del nacimiento de Víctor Hugo, con el trabajo “Víctor Hugo en la Historia”, traducido al francés. En el año 2005 la editorial de la Feria del Libro de Santo Domingo, publicó la antología “El Cuento Contemporáneo de Santiago”, preparada por él. En el 2005 ganó el Premio Nacional de Cuento de la Universidad Central del Este (UCE), con su libro “El Final del Sueño”. En el 2008 ganó el Primer Premio del Concurso de Novela Corta de la Fundación Global y Desarrollo (FUNGLODE), con la novela “El Mar”. Ha aparecido en antologías literarias en Puerto Rico, México, Italia, España, Colombia, Estados Unidos, Polonia, Venezuela y la Rep. Dom. En 2011 publicó “El Libro de los Últimos Días”, un volumen que recoge varios de sus ensayos. Es fundador y coordinador del Taller de Narradores de Santiago. También publicó el libro “Era Lunes Ayer”, recopilación de sus cuentos editado por el Departamento de Cultura del Banco Central de la Rep. Dom. Participó como invitado en el volumen “Cien Años de Genocidio Armenio”, que recopila artículos y reflexiones sobre el Genocidio Armenio que empezó en el año 1915, traducido a múltiples idiomas y recopilado por Arthur Ghukasian. En el 2018 publicó el libro de cuentos “La Reacción Phillips”, publicado por Ediciones Mediaisla, del cual se extrae este cuento.

 

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