El escritor híbrido y la lengua del desconcierto:

Por: José M. Fernández Pequeño

 

El desconcierto, para comenzar

 

Todo código desconocido produce dos formas agudas de desconcierto. La primera es instantánea, apabullante aunque superficial, y proviene de la dificultad para comunicarnos. Es ese susto por el riesgo de no ser comprendido o de no comprender a los otros, que nos hunde en el desasosiego de sentirnos excluidos, incluso cuando el código extraño resulta una variante de nuestra lengua de origen. Vaya un ejemplo. En Cuba, mi país de nacimiento, usamos comúnmente la palabra bolsa para designar lo que en República Dominicana es una funda; bolsa,para un dominicano, es de preferencia cierto atributo masculino situado justo en el centro del punto donde el tronco humano en descenso se bifurca. Cada vez que tuve el desliz de decirle a un colmadero dominicano: «Amigo, necesito una bolsa», el sorprendido infeliz respondió con un alarmado: «¡¿Perdón?!»

Esta forma de desasosiego es medianamente fácil de solventar. A tal fin, los seres humanos hemos amaestrado una ilimitada cantidad de códigos más o menos universales para la comunicación y que por lo general no dependen de las palabras. Desde muecas hasta dibujos, desde gruñidos hasta representaciones mímicas. Supongo que esa habilidad para llenar las lagunas creadas por la falta de palabras viene de nuestros orígenes, en tiempos tan remotos que solo tratar de imaginarlos produce vértigo.

La otra forma de desconcierto provocada por el encuentro con un código extraño resulta menos inmediata pero es más honda, duradera, y podríamos decir que más implacable también. Todo lenguaje humano es una forma diferente de entender, subjetivar y recrear la realidad. Enfrentarse a una nueva manera de nombrar las cosas, impone la desagradable constatación de que el mundo no es exactamente como creímos hasta ese momento; de que existe otra forma de mirar, conocer y apropiarse de la realidad, una que desacomoda nuestros anteriores criterios, valores y seguridades. Es ahí cuando el piso empieza a moverse bajo nuestros pies porque el asunto no se resuelve solo con buen oído para aprender varios cientos de signos o unos cuantos hábitos sintácticos, sino actuando sobre una realidad que de pronto se muestra rebelde y se manifiesta de una manera poco amistosa.

Exactamente así ocurre también frente a una obra de arte o un texto literario cuyos códigos representacionales alteran los parámetros de lo que hasta ese momento hemos concebido como arte o literatura, y a través de estos, como materia ficcional. Esa manera diferente de hacernos mirar la vida nos descentra de lo que creímos ser hasta ese momento, nos restriega en cara que nuestras perspectivas sobre la existencia están incompletas y deben ser transformadas, o al menos reevaluadas. A fin de cuentas, vivir es eso:un continuo ir de desacomodo en desacomodo, a menos que usted prefiera encerrase en el pasado y echar llave a las puertas del prejuicio y la intolerancia.

Pertenezco a una generación especializada en sobrevivir a tales desasosiegos. Formados en torno al libro impreso como código esencial para la educación, la cultura, la instrucción y el prestigio social, en un mundo de andar lento y regido por aspiraciones de perennidad, luego de los años ochenta del siglo pasado, cuando nos movíamos por la calzada que llevaba hacia los cuarenta años de edad, repentinamente nos cambiaron el espacio y las formas de vivir. Durante las últimas tres décadas, hemos tenido que lidiar sin preparación previa –a mano pelá, se diría en la jerga del béisbol callejero– con códigos cada vez más intensos, vertiginosos, envolventes, que llegan de continuo para trastocar los conceptos que habíamos creído más firmes y seguros: cultura, identidad, patria, libertad, erudición, belleza, etc.; pero sobre todo para demostrarnos que la realidad –y nosotros dentro de esta– no era lo que pensábamos, que vivir es empezar de nuevo todos los días. Lo digital, el reino del ordenador, los videojuegos, su majestad Internet… en fin, todos esos poderosos códigos nos han obligado a actuar como profesionales, vivir en sociedad, hacer familia, amar u odiar, leer y escribir literatura en un espacio social organizado sobre la base de lo fugaz, donde el cambio es la norma, la experiencia vale cada vez menos y ser joven constituye un bien supremo. Somos emigrantes de un tiempo clausurado, exiliados sin tierra prometida. Somos lo que en otro lugar he llamado la Edad Heroica.Y a pesar de todo, contra viento y marea, aquí estamos, tratando de arrancarnos al desasosiego persistente, listos para levantarnos cada día y preguntarle a la vida: ¿Y ahora qué?

 

Las palabras, esa frontera

 

Cuando vivía en el centro de ese desasosiego epocal, en 1998 y con 45 años, llegué a la República Dominicana; es decir, me puse el traje de emigrante en el sentido territorial y clásico de ese término. Lo primero que constaté al llegar fue algo sabido: Los dominicanos hablaban cantando. Seguramente se han dado cuenta. Para el nativo de una lengua, el Otro que utiliza una variante de ésta se reconoce a través del tono, queda denunciado porque nuestros oídos le conceden la extrañeza del canto. En mi caso, era el inicio de un conflicto cuya intensidad y grado de conmoción no podía entonces sospechar, pero que me asaltó de inmediato, justo tres segundos antes de ese momento en que confirmé con intranquilidad que los cubanos y los dominicanos no nos parecíamos tanto como suele afirmarse. Las diferencias entre ambas culturas eran –son– inmensas… comenzando por lo más evidente: las palabras.

Debo a las buenas gestiones de Graciela Azcárate y Diógenes Céspedes los primeros dineros que gané en territorio dominicano. Ellos, además, me cumplieron el viejo sueño de tener columnas fijas en la prensa para escribir lo que me viniera en ganas sin que la sombra del censor reptara entre las líneas queriendo roerme las ideas. En La Cultura de El Siglo, suplemento que entonces editaba Diógenes, publiqué en 1999 –es decir, cuando aún no tenía un año de vivir en el país– el texto “Fronteras, de Santo Domingo a Santiago de Cuba”. Comienza de esta manera:

 

Las fronteras reales se encuentran fuera de la geografía. Están marcadas, de forma tan movediza como verdadera, en la suelta cotidianidad del lenguaje. Entre el paisaje que despide al viajero en Santo Domingo y el que lo recibe en Santiago de Cuba hay poquísimas diferencias. Es en el corpus elocutivo concreto donde nos golpea el cambio que delimita dos culturas en apariencias muy parecidas y tan distintas en el fondo.

A medida que los trámites aduanales avanzan, el señor, don o caballero dominicano va cediendo terreno hasta reducirse a un compañero omnipresente y englobador. Y enseguida, como ejército que ha recibido orden de asalto, hacen su aparición el adverbio poco que, en componenda con su diminutivo poquito, se encarga de borrar el chin breve y el todavía más sonoro chin-chin; el sustantivo espejuelos desconoce a su gemelo lentes; el adjetivo bacán se niega a compartir la admiración hegemónica con chulo, y menos todavía con el superlativo chulísimo.2

 

Era solo la primera conmoción, acompañada por la sospecha de que una sombra aún más pesada acechaba tras del desencuentro entre palabras y sentidos. Para entender la intensidad con que sufrí esa conmoción, hay que tomar en cuenta que, en esencia, los escritores difieren entre sí según la razón por la cual dedican su vida a la literatura. Hay quien escribe para expresarse, y de este modo, crear literatura lo hace sentirse libre. Hay quien escribe como profesión, para contar más y mejores centavos. Hay quien escribe por divertimento, el propio, el ajeno, o ambos. Hay quien escribe en persecución de la fama, y entonces el acto creador toma forma de religión que procura la trascendencia, ese “triunfo” sobre la muerte. Hay quien escribe para obtener relevancia y cimentar un camino seguro hacia la gloria de la crónica social… y así. En mi caso, escribo porque es la única manera a mi alcance para entender cuanto me rodea y para entenderme a mí mismo en cada momento. Vista así, la literatura es, además de un acto de investigación sensible y una forma de conocimiento que garantiza mi estabilidad dentro del medio en el cual me muevo, una función vital tan imprescindible como respirar o comer. Dicho esto, es fácil asumir las inquietudes que me provocaba aquella lengua sabichosa sin cuyo manejo cómodo me iba a ser muy difícil echar raíces en el medio dominicano y dejar de ser algún día extranjero, categoría aviesa si las hay, que solo sirve para trazar distancias estériles.

Así, el primer cuento que me brotó en tierras dominicanas se instalaba en el centro de tal conflicto; buscaba, entre otras cosas, taladrar el misterio en busca de qué se escondía detrás de las palabras. Ese relato, titulado “A.M.”, ganó la convocatoria que el Concurso de Casa Teatro abrió por vez primera para Iberoamérica, en 2001, y en él un cubano emigrado a Santo Domingo, Aníbal Sosa, consigue su primer trabajo vendiendo folletos de medicina naturista en las guaguas públicas que recorren la avenida 27 de Febrero. Allí, mientras lucha por sumergirse con fortuna en la sociedad dominicana, tropieza con el enigma de las palabras.

 

También se me impuso otra forma de nombrar. Y en ese trayecto, pescando en las caras de extrañeza que los pasajeros de las guaguas ponían a veces mientras les hablaba, aprendí que la papaya había cubierto la putería de su masa con el casto título de lechosa; la noble malanga ganaba punta y terminaba en yautía; la pimienta dulce, tan de mi gusto mosquita muerta, prefirió la vulgaridad de ser malagueta; la guitarrera naranja había tomado la contraseña exótica de china, tan falta de imaginación que ni siquiera llegaba al juguetón chinola; el boniato, dulce y buena gente hasta en sonido, ganó en batata arrogancia musical… y así, con la marcha de los días, fui cruzando un puente de palabras, acercándome a una mañana que por obligación debía parecerse a cualquier otra mañana.3

 

Era, en fin, el desconcierto. Ahora pienso que en aquellos primeros momentos Aníbal Sosa y yo sospechábamos con mucha fuerza –y mucho miedo, claro– que aquel puente de palabras no conducía a una manera distinta de hablar el español, sino a una forma distinta de paladear la vida, y sobre todo, a otros mecanismos para recrearla a través de la ficción. Es fácil decirlo aquí, pero entonces todo era confusión, malestar, conflicto entre lo conocido y aquello por conocer, entre lo que yo era y lo que podía llegar a ser en el futuro. El libro al que pertenece “A.M.”, Tres, eran tres, recoge cuatro relatos sobre cubanos que emigran; fue un rebuscar en el costado humano de un orden de cosas que, junto a millones de mis coterráneos, me había convertido en emigrante. Terminado el libro y publicado por la editorial Norma, llegó la pregunta: Y ahora, ¿qué viene? Ya lo dije, el más denso y anonadante de los desconciertos.

Entre 2004 y 2012 escribí bosquejos de cuentos que eran más bien impulsos, voces que me llegaban de momento y que yo vertía en el papel sin conciencia de adónde conducían, sin muchas aspiraciones tampoco de que aquellos raptos llegarían alguna vez a consolidar un texto terminado. Una madrugada, por ejemplo, escribí:

 

El señor Rosendo no se asomó al balcón en esas madrugadas; aprendió que si aflojaba las clavijas de su carácter, podía flotar dentro del sonido, en una conversación sin interlocutor ni palabras precisas que de paso favorecía la pésima circulación de sus piernas. La doctora Carmen optó por ponerse a trabajar en su estudio de dos a cuatro y media; simplemente se concentraba en los expedientes que desde la tardecita había ordenado sobre la mesa y dejaba que las ideas fluyeran puntiagudas y enérgicas, vitalizadas por el sonido. Don Antonio salía al balcón del penthouse con una silla plástica en la mano, adoptaba la posición adecuada para el chelo, cerraba los ojos, y se afanaba en seguir con su instrumento imaginario los caprichos del ronquido que le llegaba poderoso, moldeando en compases impredecibles una realidad fabricada con sensaciones, de modo que el arco inexistente podía pasar sin aviso del olor del deseo al sabor misterioso de la aceituna. A mí no me crean, él habla así y esas fueron sus palabras.4

 

En aquel momento solo me ilusionaba la idea de un ronquido que comienza a oírse de madrugada en un barrio de Santo Domingo y va alterando la vida de todos. Ni siquiera tenía idea de quién era el narrador del relato, el dueño de aquella voz ufana y juguetona que me amarraba a la fascinación. Igual, otra madrugada me llegó a la cabeza la historia de un niño al que le nace un ojo suplementario en la frente, y entonces escribí esto:

 

Los padres decidieron confinar a Marcialito en la casa y esperar, resignarse a ser ansiosos espectadores de la suavidad con que los labios de aquella herida incruenta se iban arqueando y dejaban ver cada vez mejor la blanca opacidad cristalina donde en su momento despuntó una isla parda, brillante y absolutamente redonda, que los observó con ingenua serenidad. Fueron meses de callado sufrir, de levantarse cada mañana presas de una expectación lacerante para comprobar que lo fatal se hacía realidad. Nada más hubo que esperar el primer parpadeo de las nacientes pestañas para dar el suceso por terminado y que las preguntas de los vecinos sobre el niño, cada vez más frecuentes y acuciantes, adquirieran un definitivo sentido de amenaza para la pareja indefensa, sin una mentira creíble que alcanzara a explicar tanto encierro.5

 

Nada permitía suponer que el primer fragmento llegaría a ser alguna vez “El arte de roncar”, relato finalista en la última convocatoria del Concurso Iberoamericano de Cuentos Juan Rulfo, la de 2012. Menos todavía que, junto a la segunda pieza –“El cíclope”– y siete cuentos más, fraguaría un proyecto de libro estructurado y coherente bajo el título El arma secreta que, además, recibiría un Premio Nacional de Cuento en la República Dominicana (2013) y ganaría los Florida Books Awards al mejor libro en español publicado durante 2014 por un residente en la Florida. Lo cierto es que escribí decenas de borradores en esos seis años. Algunas historias ocurrían en Cuba; otras, en la República Dominicana; otras más, en ese país improbable que se erige en el reverso de los sueños. Todos iban quedando abandonados a la vera de los días, sin acabar. Tenían un solo y doloroso elemento en común: me era imposible escribir sobre el pasado, toda historiase volvía puro presente, y ese hecho traía la molestia adicional de saber que no estaba en control acerca de mi escritura.

Lo que vivía en realidad era un proceso de hibridación en el que dos discursos –el cubano y el dominicano–, con sus consiguientes maneras de concebir la existencia, pugnaban por fecundarse mutuamente, por coexistir abriendo ventanas inéditas a la mirada de la narración. Aquellas historias deshilvanadas eran agentes de ese proceso; intentaban una investigación sobre el medio, tanteaban posibilidades de fusión y mezcla para que la lengua del desconcierto fuera fecundada gananciosamente por la hibridez expresiva. Debieron ser muchos los elementos que participaron en tal proceso. Me gustaría distinguir tres de ellos.

 

Elemento número uno: el enseñador enseñado

 

No sé si conoce al profesor… Llegó el primer día de clases, nos miró como si en el aula hubiera una balsa de mimes, y dijo: “En esta materia la A es para Dios, la B es para mí y la C, si acaso, para unos pocos de ustedes”. Él es indiecito bien oscuro, pero habla con unas eses y unas zetas que cualquiera lo supone bajándose de un avión de Iberia hace quince minutos. ¿Y después de eso todavía usted quiere que opine sobre la comunicación con mis profesores?6

Estudiante de Ingeniería en Sistemas, INTEC

 

Gracias a personas como Andrés L. Mateo, Carlos Sangiovanni y Manuel Matos Moquete logré vincularme a la docencia universitaria en la República Dominicana. En al menos tres centros de educación superior y durante quince años impartí Lengua Española, así como diversas materias vinculadas a la Comunicación, lo que resultó decisivo para mí pues el contacto continuo con los jóvenes es el mejor curso de actualización que puede recibir un profesional, la forma más eficiente de mantenerse al tanto de lo que ocurre fuera de las aulas y de las normas docentes, es decir, en el mundo real donde todos tenemos que vivir, nos guste o no.

Esa práctica docente constituyó un ejercicio paradójico, reconozco que un chin delirante, en todos los casos sabroso. Mientras dizque yo debía enseñarles a usar el español “correcto”, con los estudiantes iba aprendiendo a paladear esa lengua que invade las calles dominicanas sin complejos, que no precisa autorización de las academias para apropiarse de cuanto le dé la gana, venga de donde venga, y engarzar una comunicación fulgurante, tantas veces ingeniosa. Así, junto a De Saussure, MacLuhan o Pedro Henríquez Ureña, también entraron al aula las formas populares de expresión. Yo los retaba a que tradujeran frases cubanas, y ellos ponían en escena muchas de las formulaciones lingüísticas populares dominicanas que atraviesan varios cuentos de El arma secreta.

En fin, mucho me temo que yo aprendí con ellos bastante más de lo que ellos aprendieron conmigo, o al menos cosas más auténticas y útiles. Y lo mejor es que, si alguna vez llegara a decírselo, nunca me lo iban a creer.

 

Elemento número dos: el arte, la tercera orilla

 

El lenguaje del arte es ambiguo. Las palabras que lo conforman son lo que son, sus opuestos, y el largo camino que va de lo uno a lo otro. Muchas veces estas no tienen necesariamente que ver con el concepto emitido, sino con la sonoridad que aportan a la frase; con la elegancia, superflua o no, que dan al discurso, y así hasta el infinito, o hasta encontrar la otra orilla. Lo cierto es que, en su autonomía, estas palabras desafían constantemente la imaginación del emisor y del receptor, y nos convierten en políglotas de idiomas paralelos y nuevos, ininteligibles muchas veces, que sin embargo tienen la misma estructura que nuestras lenguas maternas.7

Jorge Pineda

 

Mi contacto con el arte contemporáneo dominicano se hizo íntimo cuando en 2007 fui a trabajar en el Centro León, con lo cual debí asentarme en el segundo Santiago de mi vida. Ese laborar en proyectos artísticos marcados por un fuerte carácter procesual, viviendo desde dentro los fulgores y los riesgos de la creación junto a artistas, curadores y gestores, cubre casi todo el período en que fraguaron las narraciones de El arma secreta. Confieso que además fue decisivo para encontrar los caminos que podían llevarme a descubrir los sentidos ocultos en la lengua del desconcierto. A eso contribuyó la soltura y falta de prejuicio con que el mejor arte contemporáneo dominicano mezcla una infinidad de soportes y códigos disímiles, a veces contradictorios, para plantear una obra que ni aspira a la perennidad ni quiere imponer un “mensaje” al espectador; que más bien cuestiona la mirada del otro para que sea él –o ella– quien interpele a la obra.

Cuando todavía tantos escritores en el país creen que hacer una literatura fuertemente afincada en los problemas de su territorio depende de los asuntos tratados, mientras rechazan aquello que consideran ajeno a su tradición literaria, expresan una puntillosa acritud contra los innumerables códigos que llegan desde todas partes –las diversas regiones del planeta, pero también la cultura popular, la cultura de masas, las tecnologías de la comunicación, etc.–, y se desgastan en la defensa de su “sacrosanta individualidad creadora”, los artistas visuales contemporáneos dominicanos han hecho de los discursos híbridos, los procesos colectivos de resignificación y la experimentación abierta el centro de su trabajo. No por gusto han conseguido una difusión en algunos rincones del planeta que ya me gustaría ver replicada para sus colegas escritores.

Arte del cuestionamiento, ajeno a las fórmulas infalibles, sus maneras no demoraron en cuestionarme, en hacer que me preguntara hasta dónde la conflictiva disimilitud que presuponía la lengua del desconcierto –es decir, lo que iba entre lo que yo era y el medio en que luchaba por insertarme– no debía ser considerado una ventaja en lugar de un contratiempo; en qué medida la conjunción de visiones, realidades y lenguajes distintos no podía dar mejores y más incisivas herramientas a la representación literaria. Una tarde vi en una sala de exposiciones permanentes del Centro León el óleo Hojas y ojos, del artista dominicano Mario Grullón, y sentí que aquella imagen insinuaba, a su modo, el aura de sensibilidad y enigma que yo aspiraba a expresar con mi libro de cuentos. Gracias a los herederos de Grullón, Hojas y ojos sirvió como punto de partida para diseñar la cubierta de El arma secreta.

 

Elemento número tres: lo que el tiempo nos ha ido dejando

 

Las divinidades tienen sus formas particulares de hacerse entender. A veces dan vida a lo inesperado para obligarnos a mirar las cosas de todos los días con otros ojos.8

Norayagu en “El arma secreta”

 

Tengo sentimientos encontrados frente a la palabra antropólogo, que siempre me suena cercana a antropófago. Y que conste, no lo digo por mal. Admiro esa parte de la antropología que asume ciertas funciones antropofágicas; es decir, que arrebata los sentidos de la cultura viva mientras esta transcurre; o que deglute la cultura del pasado aderezada con el único condimento que la puede hacer apetecible: el presente. Pues confieso que, mientras me movía en el entorno de los artistas populares dominicanos, también por imperativo de mis funciones en el Centro León, el antropófago que medra dentro de mí pudo capturar la pieza que iba a dar sentido y coherencia a los textos narrativos hasta entonces aparentemente deshilvanadas que entregaba la lengua del desconcierto.

No fue una iluminación, fue una sedimentación de observaciones. Hoy era el encuentro con una instalación en la cual los Reyes Magos llegaban montados en yola a un barrio más que pobre de Santiago; mañana, un Santa venido de culturas frías y distantes hacía un tropical aterrizaje en paracaídas a la entrada del Centro León; después, un artesano pasaba vendiendo escobas hechas a partir del material sintético que usan para amarrar las cajas en Zona Franca los mismos empresarios que asfixian con sus importaciones y su producción seriada el ingenio creador de la artesanía tradicional. Al final, fue inevitable tropezar con el elemento que en mi opinión da sentido a esas formas irónicas y libérrimas de ver y recrear la realidad: lo insólito.

La vida social dominicana está profundamente permeada por lo insólito, esa es su clave para crear sentido: en el transporte público, en los modos de hacer política, en las maneras de diversión, en expresiones por el estilo de: “Ese tíguere es un león”.

 

Idiomas nuevos y nada paralelos

 

Las narraciones que había ido escribiendo durante esos años y que tan distantes parecían entre sí encontraron un punto de contacto definitivo por la súbita irrupción de lo insólito, que en todos los casos obligaba a una lectura diferente y sorpresiva de la cotidianidad. En el cuento “Rebeliones” es un pájaro azul que recorre impenitentemente las paredes de una habitación familiar. En “Imperfecciones” alguien se va haciendo cada vez más tenue bajo el peso de obsesiones tan inútiles como condicionadas. En “Un cierto olor a escalofrío” un vendedor de pasteles confía sus decisiones a la convicción de un olor impredecible y elusivo. Fue entonces que el desconcierto comenzó a evaporarse para ceder el paso a posibilidades expresivas que construían una realidad ficcional cuajada de sentidos donde hasta ese momento las apariencias solo mostraban realidades palmarias y mostrencas.

Comencé a reescribir todas las historias, una por una; a identificar y reafirmar las voces narrativas, a disfrutar el entrecruzarse de códigos que provenían de lugares, culturas y tradiciones bien distantes. Relevada del pesado fardo que constituyen las pertenencias estancas, la lengua del desconcierto se hizo goce y, sobre todo, pudo por fin abrazar el pasado. La historia del niño cíclope enraizó en las luchas por desalojar del poder al Balaguer de los doce años, el peregrinaje del profesor universitario al que un supuesto tumor en la cabeza da inusitada sensibilidad para escuchar el sonido interno de los seres vivos y los objetos que lo rodean se instaló en las complejas relaciones mesiánicas que genera el poder político absoluto, y así sucesivamente.

Cuando por fin había rehecho todas las narraciones, sentí la necesidad de un texto que resumiera el planteamiento central del libro. Por primera vez en mi vida, escribí una suerte de cuento de tesis, y como el pasado estaba de regreso, situé su historia en el siglo I antes de Cristo, aprovechando el contexto de las guerras entre Roma y el Imperio Parto. Igual pude haberla ubicado durante la invasión norteamericana a Irak, pero entonces la pieza habría perdido su capacidad de generalización y el sentido metafórico se habría evaporado bajo el peso del componente político. En “El arma secreta”, el relato, no se habla en cubano, ni en dominicano, ni en un híbrido salpicón de ambas maneras. Es una escritura superadora del desconcierto, heredera de Borges, que apunta hacia la idea de que los verdaderos tesoros están por lo general muy cerca de nosotros, mimetizados en una cotidianidad que no sabemos ver. En cada cuento del libro, de maneras diferentes, los personajes deben enfrentar ese redescubrimiento de su mundo y de sí mismos; es decir, encontrar su arma secreta.

 

Aparte para regresar a las fronteras

 

El siguiente poema, “Mygraduationspeech” pertenece al escritor Abraham (Tato) Laviera (1951-2013), nacido en Puerto Rico y emigrado en su niñez a Nueva York. Apareció en su primer libro, La Carreta Madea U-turn (1979):

 

i think in spanish

i write in english

 

i want to go back to puertorico,

buti wonder if my kink could live

inponce, mayagüez and Carolina

 

tengo las venas aculturadas

escribo en spanglish

abraham in español

abraham in english

tato in spanish

“taro” in english

tonto in both languages

 

how are you?

¿cómo estás?

i don’t know if i´m coming

or si me fui ya

 

si me dicen barranquitas, yo reply

“¿con qué se come eso?”

si me dicen caviar, i digo

“a new pair of converse sneakers”

ahí supe que estoy jodío

ahí supe que estamos jodíos

 

english or spanish

spanish or english

spanenglish

now, dig this:

 

hablo lo inglés matao

hablo lo español matao

no sé leer ninguno bien

 

so it is, spanglish to matao

what I digo

¡ay virgen, yo no sé hablar!9

 

 

Aquí el desconcierto viene desde todas partes y se expresa en el pavor de no pertenecer, de reposar en un limbo fronterizo que podría no constituir identidad. Ese arremeterse de códigos –que, como se dijo al principio, es esencialmente un conflicto entre formas distintas para entender la vida– semejaba para el poeta un no-lugar: no era esto ni aquello; una formulación donde ambas orillas se apreciaban como esclusas desconectadas, incluso no pocas veces enemigas. Ese, el de legitimar la existencia de una tercera, cuarta, quinta y hasta décima orilla, fue el campo que debieron labrar en su época millones de personas como Laviera, quien se convirtió en una de las voces más reconocidas y respetadas entre los escritores latinos en los Estados Unidos, a partir de su aprecio por la ascendencia puertorriqueña, las tradiciones orales, los componentes de origen africano que él justipreciaba como parte de su cultura, y su derecho a fecundar el espacio en que vivía.

Treinta y cinco años después que la carreta conducida por Tato Laviera ejecutara un decisivo giro en U, en este mundo que apareció tras el puente de los años ochenta del siglo pasado, la amenaza del limbo cultural fronterizo ha desaparecido. Crear en el cruce entre culturas se ha vuelto norma, y para lograrlo, ni siquiera se precisa abandonar el país natal. No creo que los artistas del Dominican York Proyecto Gráfica, o el escritor Juan Dicent, ni menos Junot Díaz, para solo nombrar tres ejemplos dominicanos, tengan la menor duda acerca de su dominicanidad ni de que su multiculturalismo, más que desventaja, es una fuente inmensa de posibilidades creadoras. No creo que haya el menor complejo o miedo ante el cruzarse de lenguas distintas cuando Josefina Báez, escritora, actriz y directora de la Compañía Teatral Ay Ombe en Nueva York, escribe:

 

Regreso a la desconfianza

regreso a tu paciencia

I keptthecallingcard para llamar a mi mamá.

P.S.

Para sellar. Para seguir

Aquí y allá nutriéndose, cantándose y llorándose.

Yo sé.

Yo sé. Nadie ni nada quita lo bailao.

Pero ya exorcizado el recuerdo desando leve.

Now I am here.10

 

No es un traje que se pone o se quita, una herramienta que se usa o se deja, es una condición que se vive, a través de la cual se reflexiona en busca de conocer y conocerse. Mi próximo libro de cuentos, “Memorias del equilibrio”, ya terminado, recoge narraciones de asunto cubano, escritas en la circunstancia de mi encuentro con Miami. No obstante, cualquier ojo atento y entrenado puede encontrar con facilidad cómo su tejido verbal va siendo atravesado por hebras de lo dominicano, que ensanchan sus modos de representación. Incluso, puede que en algún momento un personaje se acerque a un mesero para indagar sobre el resultado de la pelea entre Mike Tyson y Michael Spinks por el título mundial de los pesos completos y reciba esta respuesta: “Ufff, una caballá. El Tyson tumbó al otro pariguayo antes de los dos minutos… ni el primer round le aguantó. Ahí se me fueron doscientos tululuses”. No creo necesario agregar nada más.

 

 

Final que no sueña con moraleja

 

Ya que estamos hablando de cotidianidad, permítanme una anécdota para terminar. Hace dos semanas fui a una tienda de The Home Depot, la descomunal cadena norteamericana de ferreterías. Andaba en procura de unos tornillos con sus respectivas arandelas que me permitieran cumplir el mandato de mi esposa y colocar un espejo en casa. Cuando llevaba un cuarto de hora mirando con indecisión aquellos doscientos metros de estantes, preguntándome cómo era posible que existiera tan bárbara cantidad de tornillos distintos y, lo que es peor, que yo no me hubiera enterado hasta ese momento, un empleado se apiadó de mi expresión aterrada y me preguntó qué buscaba. Por el cantaíto al hablar, identifiqué que había tropezado con un cubano, y aliviado, le expliqué mi demanda.

Con experta satisfacción, el hombre me fue develando el alma intrincada de los tornillos. Supe que los había de carácter punzante y de personalidad roma; que algunos tenían cuerpos parecidos a los aficionados al fisiculturismo y otros eran de apariencia débil pero con una terrible tenacidad para no soltar su presa; que, por ejemplo, no todo tornillo estaba capacitado para sustentar un espejo sin enloquecer con el engaño multiplicado de las apariencias. Cuando finalmente tuve en mis manos los tornillos adecuados para acometer mi empresa doméstica, di las más efusivas gracias al empleado que, ya en un plano de mayor confianza, me preguntó afirmando:

–¿Usted es dominicano, verdad?

–¿Y cómo lo supo? –pregunté yo a mi vez.

Él sonrió con esa suficiencia de la que solo un cubano es capaz y respondió ni corto ni perezoso:

–Porque habla cantando. Lo que no logro adivinar es la parte de la República Dominicana de donde viene.

Y entonces me tocó a mí. Le dije:

–De Cuba. Yo soy dominicano de Cuba.

Él se quedó mirándome estupefacto, quizás preguntándose si tanta explicación sobre la fenomenología de los tornillos me habría vuelto loco. Pero no valía la pena ponerme a explicarle, de seguro lo habría confundido más si le participaba lo orgulloso que me había hecho sentir su pregunta. Y no precisamente por los tornillos.

Conferencia leída en la Academia Dominicana de la Lengua el sábado 6 de septiembre de 2014.

 

[1]http://palabrasdelquenoesta.blogspot.com/2012/11/la-edad-heroica.html.

2 “Fronteras: de Santo Domingo a Santiago de Cuba”, en La mirada en el camino. Santo Domingo, Instituto Tecnológico de Santo Domingo, 2006, p. 179.

3 “A.M.”, en Tres, eran tres. Santo Domingo, Grupo Editorial Norma, 2007, p. 29.

4 “El arte de roncar”, en El arma secreta. Santo Domingo, Editora Nacional, 2014, p. 17.

5 “El cíclope”, en El arma secreta, p. 64-65.

6 José M. Fernández Pequeño y Jorge Ulloa Hung: Las voces y los ecos; brecha generacional e incomunicación en la universidad dominicana. Santo Domingo, Editorial UNIBE, 2012, p. 83.

7 Jorge Pineda: “Iceberg a la vista, en el mar Caribe”, en “Trenzando una historia en curso: Arte dominicano contemporáneo en el contexto del Caribe”, libro en preparación por el Centro León y J.P. Morgan.

8 “El arma secreta”, en El arma secreta, p. 145.

9 “Mygraduationspeech”, en Del Caribe, No. 19, 1992, Santiago de Cuba, p. 107-108.

10 Josefina Báez : “Para exterminar” (fragmento), http://www.cielonaranja.com/jotabe1.htm#4.

fernandez pequeno
el escritor cubano José Fernández Pequeño en Santiago, República Dominicana
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