Cuento: La película ciega

 Por: José Martín Paulino

 

(Inmerso en el sueño, e inconsciente de su absoluta enajenación, el personaje pulsa el control remoto y enciende el televisor, el que proyecta imágenes diversas desde la oquedad que antes cubría la pantalla. Sin asombro y sin recordar la explosión en que el aparato perdió su ojo, el hombre ubica el canal 8. De inmediato escucha la primera información ignorando que se refiere a su propio sueño sin regreso).

NOTICIA

Un hombre sin nombre fue encontrado dentro de una casa fabricada de sueños. Un libro de luz ofídica, una serpiente alada y un águila escamosa vigilaban el otro sueño del hombre anónimo. Los custodios de la realidad intentaron arrebatarlo y conducirlo al receptáculo de la materia quieta, pero no pudieron desprenderlo de su entorno onírico. Luego toda la cuidad contempló (azorada y fantasmal) el tránsito del innominado hacia el recipiente ingrávido, sobre las alas de las serpientes, y escoltado por el águila del sueño y la mujer serafín, cuyo resplandor enceguece toda luz.

 

(Antes que inicie el noticiario, el hombre cambia de canal. Ubica el 22, donde se da inicio a una película que está cansado de ver, sólo que esta vez presenta un desenlace que el personaje/espectador no sospecha. Y observa cuando se apagan las luces de la sala del cine Carmelita. De inmediato el proyector llena de luz la pantalla. Con alborotada ansiedad, los niños esperan la tan anunciada película acerca de un hombre que escapa de la saña de una mujer vampiro, un águila violenta y una serpiente enorme. En cambio, la pantalla presenta la imagen de un hombre de aspecto descuidado, sentado sobre una achacosa mecedora. El personaje tiene la parte derecha del rostro cubierta de arrugas; y la otra, como la de un jovencito de 14 años. Sin embargo, su cuerpo aparenta el de un hombre de alrededor de treinta años. Aquella figura empieza a hablar desde su distancia virtual  como si él y los infantes estuvieran en un mismo plano real).

Yo era un niño alegre como ustedes que no faltaba a los matinés que todos los domingos exhibía este cine. Mi afición a las películas y a los dibujos animados me viene desde aquel día único en que llegó el primer televisor al barrio. El dueño de aquel hechizante aparato era el bondadoso pescador Octavio de Jesús, quien me contó la historia. También me refirió que allí habían muerto sus padres y que él había quedado al frente de la casa paterna, poseyendo tanta veneración como la que el barrio le dispensó a sus progenitores.

Todos los niños del lugar nos congregábamos en aquella casa que nos acogía con más calidez que las nuestras, pero las afluencias de niños y adultos fueron más asombrosas desde el día que llegó el televisor. Aquello parecía una gran sala de cine al aire libre, o un espectáculo de feria o carnaval. Octavio tuvo que comprar muchas sillas para la sala y el patio, y colocar el televisor en un lugar desde el cual pudiera repartir de forma equitativa sus encantos.

(Los niños empiezan a alborotarse, debido al fastidio que les produce el hombre triple y sus confesiones acerca de un lugar y un tiempo que no eran los suyos. El personaje narrador lo sabe, pero continúa su historia, confiado en que tal vez se produzca el milagro que derrote su sueño sucesivo y lo sumerja en la inconsciente y deseada quietud)  

No sólo íbamos niños y adultos del entorno, también de barrios aledaños y distantes. Verónica, la mujer de Octavio, iba de un lado a otro brindando café, jugos naturales, tortas de maíz y de yuca, y galletas caseras que preparaba por las noches con la ayuda de su marido. También recuerdo, como si fuese ahora, los inmensos calderos de sopa de pescado cociéndose en el patio bajo la magia del fuego.

Las tandas televisivas se desarrollaban de lunes a sábado hasta las ocho de la noche, hora en que los anfitriones suspendían la magia. Aunque nadie se disgustaba, todos sentíamos la pena de que nos sustrajeran de un espacio mejor que la realidad. Los domingos, la generosa descansaba, pero en las más de las veces Octavio se iba de pesca. Así que los domingos, ante la imposibilidad de frecuentar la casa del pescador y su mujer, casi todos los niños del barrio nos precipitábamos a esta sala desde la cual ustedes me ven y escuchan mis confesiones.

(La agitación de los niños crece. Vocean groserías, patean butacas y alegan que los engañaron, que no habían pagado para que aquel hombre le contara cosas tristes y pasadas de moda. El innominado lo contempla todo, dormitando desde su esfera onírica y a través de su televisor averiado).

Yo era un niño inquieto y con un desbordado espíritu de aventura, lo que me impulsó a rogarle insistentemente a Octavio para que me permitiera acompañarlo en algunas de sus aventuras pesqueras. Después de mucho empeño lo logré y me convertí en su acompañante habitual. Mientras él lanzaba con maestría su atarraya en busca de peces de todo género y color, yo me aplicaba a la captura de culebras de agua en las profundidades de los charcos.

Él me reprochaba mi afición y me contaba historias fabulosas acerca de aquellos animales que en algunas culturas simbolizaban la sabiduría y eran considerados como vivas representaciones del Diablo. Me relataba aquellas leyendas con el gracejo del hombre natural y ágrafo que mantiene vivas las narraciones de sus antepasados. Recuerdo el día en que me dijo que alguien le había afirmado que las personas que entraban en contacto con aquellos reptiles se acarreaban mala suerte. Él me expresó que no creía en ello, pero entendía era mejor respetarlos y dejarlos tranquilos en sus espacios naturales. Sin embargo, no le hice caso, y a escondidas capturaba culebras que introducía secretamente en mi barrio. Yo no tenía intención de maltratarlas, porque las amaba con devoción, pero siempre que se me escapaban resultaban maltratadas, debido a que casi todas las personas entendían como un deber cristiano eliminar a las criaturas que entendían encarnaban las fuerzas del mal, representadas por Satanás, la gran culebra. Yo era el único responsable de aquellas tropelías porque violentaba los espacios de los ofidios y los exponía a las sañas de los verdugos del barrio. Estoy seguro que si le hubiera hecho caso a Octavio no me habría convertido en el niño más triste de toda la ciudad.

(Bocarriba dentro del sueño y sobre la cama del sueño, el hombre continúa dormitando con el control remoto en sus manos. De manera borrosa observa la ira de los niños, lanzándole papeles, vasos plásticos y otras cosas a la figura. Algunos intentan penetrar al recinto donde se encuentra el proyector para destruirlo, pero no lo logran; otros intentan salir y no pueden. Ante sus impotencias piden que, aunque no les devuelvan el dinero ni le cambien la película, por lo menos los dejen marcharse, pero las puertas están bien aseguradas y no aparece nadie a quien reclamarle. El filme, que parece auto generado y autocontrolado, continúa. Los niños se tranquilizan, esperando que la película esté a punto de terminar y poder marcharse sin contratiempos. Así lo observa casi de forma imperceptible el televidente habitual).

Un día Octavio y yo andábamos de pesca por el río Cuaba, cuando El Cuaba era El Cuaba, aquella madre pródiga y no esta serpiente apestosa y moribunda. Yo no tardé en precipitarme en uno de sus charcos y casi de inmediato atrapé a dos hermosas culebritas y las envolví en papel celofán, como si fuesen para un presente especial, les dejé sus cabecitas descubiertas para que no se asfixiaran y las introduje en los bolsillos frontales de mi pantalón, como si se tratara de prendas de extraordinario valor.

Octavio no lo notó ni se lo comuniqué. Inmediatamente regresamos oculté a mis animalillos, de manera que ni siquiera mis padres y mis hermanos conocieran de mis hallazgos maravillosos. Un domingo en que me preparaba para venir a presenciar la película “El Descenso de El Águila”, temí que alguien de mi casa descubriera la presencia de mis ofidios, por lo que los introduje en los bolsillos delanteros de mi pantalón y me presenté con ellos a esta sala. Algunos minutos antes de que finalizara la película, una de las culebras se me escapó y empezó a reptar torpemente por entre una fila de niños. Traté de recuperarla sin escándalo, pero una niña la vio y se alborotó de forma histérica. Pronto todo allí fue un tumulto despavorido, intentando salir al mismo tiempo. Un grupo de niños intentó penetrar por la pantalla como por una puerta de salida, pero en cambio recibió un violento golpe contra la pared que estaba detrás del lienzo-pantalla. Aunque bastante estropeados, lograron escapar de aquella barahúnda infernal, al igual que los demás. Así que no tardé en quedarme solo, profundamente agobiado por un enorme sentido de culpabilidad, agravado por la presencia de mi culebra triturada contra el piso de esta sala. A partir de ese día me prohibieron la entrada a este cine. También, cuando iba a la casa de Octavio y Verónica a ver televisión, todos los presentes me rechazaban, y un día los anfitriones terminaron expulsándome para siempre, cediendo a la presión de los niños que los pusieron en la disyuntiva de elegir entre ellos o yo. Así fue como me convertí en el más triste de los tristes y en el más solitario de los solitarios.

(Ahora la sala está suspendida y en total silencio. Esta vez los niños empiezan a escuchar las confesiones del fantasma narrador con solemne respetabilidad. Él lo nota, y seguro de que el milagro está a punto de realizarse, continúa su relato).

Pedí perdón de rodillas y con abundantes lágrimas, y devolví la otra culebra a su procedencia acuática, pero de nada me valió porque nadie quiso liberarme de los remordimientos. Con ellos decliné hacia la edad de la derrota irreparable, con este cuerpo de hombre joven y la parte derecha de mi rostro arrugada como la de un anciano; y esta otra, con el aspecto de los 14 años que tenía cuando atrapé las serpientes que provocaron mi desdicha, hasta este momento en que leo en sus ojos el perdón que los niños de mi generación no quisieron concederme.

(Finalizada la película, la figura del ícono narrador permanece en la pantalla, sonriendo y en silencio. Se encienden de nuevo las luces. Entonces, una voz grave y pregrabada pide disculpas y anuncia la película que los niños fueron a presenciar, pero los chiquillos rompen el silencio al unísono, y a coro ordenado piden la repetición del filme).

De inmediato se apagan las luces y el narrador inicia su parlamento, sólo que esta vez el aspecto anterior de su rostro ha desaparecido, y su cara y su cuerpo corresponden exactamente a los del hombre que observa la película, pero él no lo sabe, ni lo sabrá, porque acaba de iniciar su traslado al sueño sin imágenes).

Portada

José Martín Paulino nació en San Francisco de Macorís, República Dominicana, el 3 de noviembre de 1963. Narrador, editor, ensayista, corrector de estilo, articulista durante varios años de temas literarios en el periódico digital Acento.com. Además, cofundador y primer presidente de la Unión de Escritores de la Provincia Duarte (UEPD). Varios de sus textos narrativos han sido premiados en diversos certámenes nacionales de literatura. En el de Radio Santa María, en tres ocasiones; en el de la Alianza Cibaeña de Santiago; en dos ocasiones en concursos celebrados en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, recinto San Francisco de Macorís. Muchos de sus relatos han sido incluidos en diversas antologías nacionales y extranjeras, y traducidos a otras lenguas. Actualmente se desempeña como Subdirector Editorial de la Revista Antillense. Ha publicado los siguientes libros: “La burla en el espejo” (cuentos, 2003); “Cuaderno de serpientes” (cuentos, primera edición 2007); “Caballo de la discordia” (cuentos, 2009); “A dos voces”  (artículos políticos, 2016). Este cuento fue traducido al italiano, y apareció en el libro “Voci da Quisqueya”, en Italia.

 

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