La muerte del pintor Claudio Pacheco:

Por Braulio Rodríguez.

 

Último paseo no completado por el Quijote Cibaeño. Pacheco se fue ese día a unas andanzas celestiales.

Carta a Pacheco.

Me siento en el deber de ponerte en conocimiento algunos detalles de tu ultima andanza por los predios del Cibao y sobretodo por nuestro Santiago.
Por el inicio del recorrido de tus andanzas celestiales no pudiste acompañarnos todo este tramo esta vez.

Debo manifestarte que Manuel Santana no pudo acompañar al grupo selecto de pachequianos que hicimos la andanza sin ti. Pero él fue una columna vital, inestimable y puntual en la preparación de tus andanzas celestiales. Su dolor inmenso fue de tal magnitud que me cedió su espacio para la dirección y control de tu partida. Me encargó hacer un programa detallado de todo lo relacionado a los altos honores que merecías y de los detalles de tu viaje hacia la eternidad. Me encomendó también decir las palabras de despedida para ti. Hice todo cuanto pude para cumplir esa orden. Mi gratitud hacia él es eterna.

Enegildo bañado de lágrimas enmudeció y a pesar de la debilidad de su corazón, estuvo a tu lado como fiel soldado hasta la salida del tren que te llevaba a la región de lo ignoto.
Tu esposa me hizo un encargo muy especial que cumplí al pie de la letra y consistió que los honores tuyos debían corresponder con tu rango espiritual.
Bajo la dirección de William Alemán; los muchachos de Ranchito y Piche hicieron la demostración más sincera y respetuosa posible y los palos y atabales resonaron hasta el infinito. Rafael Almánzar, aunque no estaba en el programa que elaboré, te hizo un homenaje mágico, ejecutando un instrumento sagrado solo utilizado para los grandes como tú y luego de terminar se puso como soldado fiel bajo la dirección de William Alemán quien no cesaba de llorar.
En el momento intenso, de calor y fervor alucinante, uno de tus hijos mantuvo la serenidad y la calma y dirigió, escudado en William, esos tramos de angustias infinitas y cuando los palos debían sonar con más ardor.

claudio pacheco y amigos
A la izquierda, el pintor recientemente fallecido Claudio Pacheco, a su lado Braulio Rodríguez y varios amigos

Los hermanos Héctor y Rafael Vargas dijeron palabras sinceras y te cantaron la canción de la “Despedida” con profunda tristeza y a la que la asistencia se sumó en coro.
Roberto Kapell declamó como nunca y Pache hizo una demostración como declamador de alto calibre al dedicarte un poema que nos hizo temblar. Tu colega pintor Rafael Aybar te dedicó una canción de Joan Manuel Serrat que acompañabas con las exposiciones del Quijote Cibaeño.
Tus familiares dijeron palabras de agradecimiento muy sinceras.
Por mi parte mantuve la calme durante mis palabras de despedida para ti. En la parte final sentí que perdía la voz y las lágrimas fecundas inundaron mis ojos. No sé cómo terminé, creo que el poeta Luis José Rodríguez puso su mano en mi hombro para darme fortaleza.

No pude contactar un locutor para que desarrollara el programa que diseñé y uno de tus escuderos más controversiales y mayor promotor de tu obra se puso a mi orden a pesar de las presiones inmensas que sentía sobre sus hombros y que yo desconocía. Me refiero a Guillermo Torres Corsino. Sacó un valor espartano y dio una muestra de gran calidad como el maestro de ceremonia de tu viaje.

El Doctor Julián Pichardo, nuestro médico amigo, estaba desconsolado y depresivo durante un largo periodo que no pude percatarme. El Doctor Héctor Vargas me hizo interrogarlo para que él hiciera una especie catarsis, cosa que logré con suma facilidad. Él te debía una cerveza y no encontraba la forma de pagarte.
Al terminar la ceremonia de tu partida iniciamos la andanza pachequiana con motivo de la cerveza pendiente de pago.

Comenzaron las discusiones propias de nuestros encuentros rutinarios donde tú siempre fuiste la chispa que iniciabas el fuego.
Encontrar la cerveza cerca de la casa de Corsino fue una odisea que puso a prueba mi terquedad manifiesta mientras al Dr. Pichardo se desmoronaba por no creer que en más de diez colmados no hubiese una cerveza. No soy fácil de vencer y como había dejado el auto en la casa de Corsino, y ya habíamos recorrido un trayecto de cerca de un kilómetro a pie sin encontrar la cerveza, le propuse a los doctores Héctor Vargas y Julián Pichardo devolvernos y salir a buscar montados la cerveza para ti.

En el mismo lugar que tomé la decisión de devolvernos había un pequeño espacio con varias botellas de refrescos en una simulación de tramo de una casita humilde. Allí vendían cervezas!
Destapé una y llené un vaso para que Pichardo lo echara en medio de la calle brindado a tu nombre. Así lo hizo y nuestro amigo retomó el entusiasmo perdido.

Te recordamos comiendo pan, coconetes, galletitas de soda y café como solíamos hacer en muchas parrandas. Nadie de nosotros quiso cocinar en la casa de Corsino, ¡de seguro tú lo hubieras hecho! Bebimos cervezas también. Las anécdotas fueron muchas y los discursos tuyos fueron tomados por el anfitrión que no nos dejaba hablar a pesar de la protesta unánime.

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Propuse abandonar la casa de Corsino porque se tomó más de una hora en un discurso repetitivo, el poeta Pache, los hermanos Vargas y Pichardo me secundaron y luego vino la magia.
Corsino tenía pendiente el día de tu despedida la partida final que definiría el campeón de la Copa CORAASAN de ajedrez y quería dedicarte esa jugada a ti. Entendí su nerviosismo y su largo discurso de inmediato.
Levantamos todos el puño derecho, y elevamos nuestras vibraciones positivas para que nuestro amigo fuese el campeón.

Esa noche de tu ida Guillermo Torres Corsino levantó la copa que lo ratifica como campeón de ajedrez de Santiago. Toda una proeza a su edad y con competidores jóvenes y agresivos.
Corsino supo dar “la puñalada del chivo”, el tipo de final de una partida que te emocionaba tanto.

 

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